Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 6 El recuerdo que no le pertenece a una sola vida

Clara no durmió esa noche.

No porque el sueño le faltara, sino porque el sueño dejó de parecerle un lugar seguro.

Cada vez que cerraba los ojos, sentía que algo se acomodaba detrás de sus pensamientos. No imágenes claras, no voces definidas, sino una especie de presión interna, como si su memoria estuviera siendo revisada por una mano invisible que no pedía permiso.

Se quedó sentada en la cama, en la pequeña habitación que alquilaba cerca del taller, escuchando los sonidos de la ciudad apagarse uno a uno.

Los pasos tardíos.

Un carruaje distante.

Una puerta cerrándose con demasiada fuerza.

Y luego nada.

Solo el latido de su propia respiración.

El vestido antiguo.

La palabra “volver”.

El taller reconociéndola.

Todo eso no encajaba en ningún orden lógico que ella pudiera sostener sin romperse.

Y sin embargo, estaba ahí.

Persistente.

Como una puntada mal cerrada en la tela de la realidad.

Cuando regresó al taller al amanecer, la ciudad aún estaba húmeda.

El aire tenía ese olor metálico que dejan las lluvias largas sobre la piedra.

Clara caminaba más despacio de lo habitual.

No por cansancio.

Sino por precaución.

Cada paso parecía acercarla a algo que no terminaba de comprender.

La puerta del taller estaba entreabierta.

Eso fue lo primero que la inquietó.

Agnès siempre cerraba con exactitud.

No por rigor.

Sino por algo más profundo: la creencia de que el edificio debía mantenerse contenido, como si abrirlo demasiado pudiera dejar escapar algo.

Clara empujó la puerta.

El taller estaba encendido.

Pero no había nadie visible.

El silencio era distinto al de otros días.

No era ausencia de sonido.

Era contención.

Como si el lugar estuviera esperando una instrucción.

—¿Agnès? —llamó suavemente.

No hubo respuesta.

Avanzó unos pasos.

Las mesas estaban ordenadas.

Demasiado ordenadas.

Las telas cubiertas con precisión quirúrgica.

Los hilos alineados.

Las agujas colocadas con una simetría que no pertenecía al trabajo cotidiano.

Clara sintió un leve vacío en el estómago.

—No es normal —susurró.

Entonces lo escuchó.

Un sonido leve.

Como una tela moviéndose sin viento.

Se giró.

Y la vio.

El vestido antiguo estaba sobre la mesa central.

Desplegado.

Abierto.

Clara sintió que la sangre se le detenía un segundo.

—No… —murmuró.

Agnès apareció desde la escalera superior.

Su presencia fue silenciosa, pero no inesperada.

Como si Clara ya hubiera sabido que estaba allí.

—No deberías estar sola —dijo la anciana.

Clara no apartó la mirada del vestido.

—Está abierto.

Agnès bajó lentamente.

—Sí.

Silencio.

—No lo dejamos así —añadió Clara.

Agnès no respondió.

Eso fue suficiente confirmación.

Clara dio un paso hacia la mesa.

—¿Quién lo abrió?

Agnès tardó.

—No lo hizo alguien.

Clara frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

La anciana la miró con calma.

—Aquí, el sentido es una consecuencia, no una regla.

Silencio.

Clara sintió un escalofrío.

El vestido estaba distinto.

No físicamente.

Pero su percepción había cambiado.

Los pliegues parecían más profundos.

Las costuras más visibles.

Como si ahora la tela mostrara lo que antes ocultaba.

—Esto no estaba así ayer —dijo.

Agnès asintió.

—Porque ayer no estabas lista para verlo.

Clara giró lentamente la cabeza.

—Eso no es una explicación.

—Es la única que tenemos —replicó la anciana.

El aire del taller se volvió más denso.

Clara sintió que algo dentro del vestido la observaba.

No como una entidad.

Sino como una estructura.

Un sistema de significados que se reorganizaba al ser mirado.

—No quiero tocarlo —dijo Clara.

Agnès la observó.

—No hace falta.

Silencio.

Clara frunció el ceño.

—Entonces ¿por qué está abierto?

Agnès bajó la mirada.

—Porque algo dentro de ti también lo está.

La frase cayó con un peso inesperado.

Clara sintió un leve temblor en el pecho.

—Eso no tiene sentido —repitió, pero ahora sonaba más débil.

Agnès caminó hacia la mesa.

Se detuvo junto al vestido.

—El taller no funciona solo con materia —dijo.

Pausa.

—Funciona con continuidad.

Clara la miró.

—¿Continuidad de qué?

La anciana respondió sin mirarla:

—De lo que no se cerró correctamente.

Un sonido leve interrumpió el silencio.

Clac.

El reloj.

Pero era distinto.

Clara lo sintió de inmediato.

No era el mismo ritmo.

No era la misma cadencia.

Era… desplazado.

Como si el tiempo hubiera perdido una fracción de sí mismo.

—El reloj está mal —dijo Clara.

Agnès no lo negó.

—No está mal.

Pausa.

—Está recordando.

Clara sintió un frío interno.

—¿Recordando qué?

La anciana levantó la vista hacia el techo.

—Lo que no terminó de ocurrir.

El vestido comenzó a reaccionar.

No movimiento visible.

Sino una especie de tensión en el aire que lo rodeaba.

Clara dio un paso atrás instintivamente.

—Está cambiando —dijo.

Agnès asintió.

—No. Está completando.

Clara la miró.

—¿Completando qué?

La anciana tardó.

—La parte que faltaba.

Silencio.

Clara sintió que el estómago se le tensaba.

—Yo no quiero formar parte de esto.

Agnès la miró por fin.

Y su expresión fue más humana que cualquier otra desde que Clara la conocía.

—Eso ya no depende de querer.

El aire del taller se volvió más frío.

Clara sintió un impulso fuerte de alejarse.

Pero no lo hizo.

Porque algo dentro de ella se lo impedía.




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