Clara dejó de respirar durante un segundo.
No fue una decisión consciente.
Fue el cuerpo reaccionando antes que la mente, como si una parte de ella hubiera entendido algo que la otra aún no podía aceptar.
El taller permanecía en silencio.
Pero ya no era el mismo silencio de antes.
Ahora era un silencio con densidad, con dirección, como si el aire hubiera adquirido una estructura invisible que sostenía todo en una tensión constante.
Clara miró sus manos.
Otra vez.
Como si en ellas pudiera encontrar una respuesta que no provenía de palabras.
—No —dijo en voz baja.
La palabra no era firme.
Era una defensa.
Agnès la observaba sin moverse.
Adrien Beaumont tampoco interrumpía.
Ambos parecían esperar algo que Clara todavía no sabía que tenía que ocurrir.
El vestido sobre la mesa permanecía abierto.
Ya no parecía solo una pieza de tela.
Era una forma de continuidad.
Una línea extendida hacia algo que no terminaba de definirse.
Clara dio un paso atrás.
—No he hecho esto antes —dijo.
Agnès bajó la mirada.
—No exactamente como lo recuerdas.
Clara frunció el ceño.
—Eso no significa nada.
Adrien respondió con calma:
—Significa que el recuerdo no es el único lugar donde ocurren las cosas.
Silencio.
Clara sintió una presión en el pecho.
—No entiendo.
Agnès finalmente habló.
—Eso es lo único que no importa aquí.
El taller parecía más estrecho otra vez.
No físicamente.
Sino en la percepción.
Como si las paredes hubieran avanzado unos centímetros durante la conversación.
Clara sintió la necesidad de moverse.
De salir.
De romper el campo de tensión que la rodeaba.
Pero algo la mantenía allí.
No era Adrien.
No era Agnès.
Era el vestido.
Había algo en él que la retenía sin tocarla.
Como una memoria que no había sido cerrada correctamente.
Clara dio otro paso atrás.
—Si esto ya ocurrió antes… entonces ¿por qué no lo recuerdo?
Agnès la miró con una expresión casi dolorosa.
—Porque no todo lo que eres cabe en una sola vida.
El silencio que siguió fue absoluto.
Clara sintió un escalofrío lento recorrerle la espalda.
—Eso es absurdo —susurró.
Adrien la observó con una paciencia extraña.
—No es absurdo. Es estructura.
El reloj del taller volvió a cambiar.
Clac.
Pero esta vez no era solo un cambio de ritmo.
Era un desplazamiento.
Como si el sonido llegara un instante antes de producirse.
Clara levantó la cabeza de golpe.
—El reloj… está mal.
Agnès negó suavemente.
—Está sincronizándose.
Clara sintió un nudo en el estómago.
—¿Sincronizándose con qué?
Adrien respondió sin apartar la mirada del vestido:
—Contigo.
Silencio.
Clara retrocedió un paso más.
—Eso no tiene sentido.
Agnès dio un paso hacia ella.
Su voz bajó.
—Tiene demasiado sentido.
El aire del taller comenzó a cambiar.
No de forma visible.
Sino perceptiva.
Clara sintió que la luz se volvía más pesada, como si cada rayo de claridad tuviera más masa que antes.
El vestido sobre la mesa parecía más cercano.
Aunque no se hubiera movido.
—No quiero estar aquí —dijo Clara.
La frase salió más firme que las anteriores.
Pero no tuvo el efecto que esperaba.
Adrien la miró.
—Eso no es una opción que el taller reconozca.
Silencio.
Clara sintió rabia.
—Entonces ¿qué soy aquí?
Agnès respondió antes que él.
—Eres lo que vuelve.
La frase quedó suspendida.
Como un hilo tensado sin remate.
Clara sintió que algo dentro de su memoria se desplazaba.
No era un recuerdo claro.
Era una sensación.
Una textura emocional que no pertenecía a su vida consciente.
Parpadeó.
Y por un instante breve, casi imperceptible, el taller cambió.
No el espacio.
Sino la percepción.
Las mesas estaban en otro orden.
Las luces eran distintas.
El aire más antiguo.
Y había otras manos trabajando.
Manos que no eran las suyas.
Clara dio un paso hacia atrás, mareada.
—No… —susurró.
La visión desapareció.
Todo volvió a su lugar.
El taller era el mismo.
Pero ella no.
Agnès la sostuvo por el brazo.
Con firmeza inesperada.
—Respira —dijo.
Clara lo hizo.
Pero el aire parecía más denso dentro de su pecho.
—Eso no era real —dijo rápidamente.
Adrien respondió con calma:
—Era una superposición.
Clara lo miró, confundida.
—¿Qué significa eso?
El maestro tardó un segundo.
—Que dos versiones de la misma estructura intentaron ocupar el mismo espacio.
Silencio.
Clara sintió un escalofrío profundo.
—¿Qué estructura?
Agnès la miró directamente.
—Tú.
El taller se volvió completamente silencioso.
Ni siquiera el reloj parecía intervenir.
Clara retiró su brazo lentamente.
—No soy una estructura —dijo.
Agnès asintió.
—No solo.
Pausa.
—Pero tampoco solo una persona.
Silencio.
Clara sintió que su identidad se volvía inestable.
—Eso no tiene sentido —repitió, aunque la frase ya no tenía fuerza.
Adrien caminó hacia la mesa.
—El vestido que tocaste ayer no te mostró algo nuevo.
Pausa.
—Te recordó algo antiguo.
Clara lo miró con tensión.
—¿Qué?
El maestro no respondió de inmediato.
Miró el tejido abierto.
Como si buscara la forma correcta de decir algo que no debía simplificarse.
—El taller no crea recuerdos —dijo finalmente.
Pausa.
—Los conserva.
Silencio.
—Y a veces los reencuentra.
Clara sintió un frío interno.
—¿Eso qué significa?