Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 8 El lugar donde la memoria no termina de cerrarse

Clara dio un paso atrás instintivo.

No por miedo.

No todavía.

Sino por esa reacción corporal que aparece cuando la realidad pierde un punto fijo y el cuerpo intenta recuperar equilibrio antes de que la mente entienda qué está ocurriendo.

El hilo seguía señalando el vestido.

No como una metáfora.

Sino como una dirección real.

Una inclinación mínima pero insistente, como si la materia hubiera decidido expresar una preferencia.

Clara lo observó sin parpadear.

—Esto no es posible —dijo en voz baja.

Agnès no respondió.

Adrien tampoco.

El silencio del taller, en cambio, pareció asentir.

El aire se volvió más denso otra vez, como si la habitación se cerrara alrededor de ellos sin moverse físicamente.

Clara sintió el impulso de retirar el hilo de inmediato.

Pero no lo hizo.

Porque algo dentro de ella, una sensación leve pero persistente, le decía que ya era demasiado tarde para corregir ese gesto.

El hilo no estaba reaccionando al vestido.

Estaba reaccionando a ella.

Agnès caminó lentamente hasta la mesa.

No tocó el hilo.

Solo lo observó.

—Está alineándose —dijo.

Clara frunció el ceño.

—¿Alineándose con qué?

La anciana tardó un segundo.

—Con lo que recuerda.

Silencio.

Clara sintió un nudo en el estómago.

—Yo no estoy recordando nada —respondió con firmeza.

Adrien la miró con calma.

—Eso no es del todo exacto.

Clara lo miró de vuelta.

—Claro que lo es.

Pausa.

—No recuerdo nada de lo que están diciendo.

Agnès la observó con una mezcla de paciencia y gravedad.

—No todo lo que eres está disponible al mismo tiempo.

El vestido sobre la mesa volvió a cambiar de estado perceptivo.

Clara no lo vio moverse.

Pero lo sintió.

Como una presencia que se reorganiza sin alterar su forma visible.

El aire alrededor parecía más tenso.

Como si el tejido fuera el centro de una gravedad distinta.

Clara retrocedió un paso más.

—Si esto sigue así… —dijo— no voy a poder distinguir qué es real.

Adrien respondió con tranquilidad:

—Ese límite ya no es estable en este lugar.

Silencio.

Clara lo miró con creciente incomodidad.

—¿Y eso les parece normal?

Agnès negó suavemente.

—No es normal.

Pausa.

—Es funcional.

El sonido del reloj volvió a cambiar.

Clac.

Pero esta vez el eco llegó antes que el golpe.

Clara giró la cabeza de inmediato.

—Eso… no está sincronizado.

Adrien asintió.

—Ya no puede estarlo.

Clara sintió un escalofrío lento.

—¿Qué significa eso?

Agnès respondió sin apartar la vista del hilo:

—Que el taller está recordando más de un momento a la vez.

Silencio.

Clara sintió que el suelo se volvía menos confiable.

—Eso no es posible —repitió, pero su voz ya no tenía la misma convicción.

Adrien caminó lentamente alrededor de la mesa.

—Sí lo es cuando la estructura deja de ser lineal.

Clara miró sus manos otra vez.

Esta vez no por sospecha.

Sino por necesidad.

Había algo en la forma en que el hilo respondía que le resultaba inquietantemente familiar.

Como si sus dedos supieran algo que su mente había olvidado.

—Yo no hice esto —dijo.

Agnès la observó.

—No en este nivel.

Silencio.

Clara frunció el ceño.

—¿Entonces en cuál?

La anciana tardó.

—En otro.

El aire del taller se volvió más frío.

No físicamente.

Sino en la percepción del cuerpo.

Clara sintió un leve mareo.

No intenso.

Pero suficiente para alterar su percepción del espacio.

Por un instante, las mesas parecieron más largas.

El techo más alto.

Las sombras más densas.

Y el vestido… más cercano.

Como si la distancia entre ella y la mesa hubiera dejado de ser consistente.

Clara parpadeó.

Y todo volvió a su lugar.

Pero la sensación permaneció.

—Esto no es normal —repitió Clara, esta vez con más firmeza.

Adrien la miró.

—No lo ha sido nunca.

Silencio.

Clara sintió una frustración creciente.

—Entonces ¿por qué lo aceptan como si lo fuera?

Agnès respondió suavemente:

—Porque resistirse no cambia lo que ya está ocurriendo.

El hilo volvió a moverse.

Pero esta vez no hacia el vestido.

Sino en dirección contraria.

Clara lo vio claramente.

Se alejaba.

Como si hubiera dudado.

O como si algo lo hubiera llamado desde otro punto del taller.

Clara lo siguió con la mirada.

—Está cambiando de dirección.

Agnès asintió.

—Está dudando.

Silencio.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Un hilo puede dudar?

Adrien respondió sin mirarla:

—En este taller, sí.

El vestido emitió una vibración leve.

Clara la sintió en el aire antes que en la vista.

Y esta vez no fue el vestido lo que la inquietó.

Fue su propia reacción.

Porque algo dentro de ella respondió a esa vibración.

Como si reconociera el ritmo.

Clara dio un paso atrás.

—No —susurró.

Agnès la miró.

—Lo sientes.

No era una pregunta.

Clara negó con la cabeza.

—No.

Pero su cuerpo no estaba de acuerdo.

Adrien se detuvo.

—Hay algo que aún no entiendes —dijo.

Clara lo miró con tensión.

—Son muchas cosas.

El maestro asintió.

—Pero hay una principal.

Silencio.

Clara esperó.

Adrien continuó:

—El taller no distingue entre objeto y memoria.

Pausa.

—Para él, son la misma sustancia.

Clara sintió un vacío interno.

—Eso no tiene sentido.

Agnès respondió:

—Sí lo tiene. Solo que no en tu orden.

Silencio.

Clara respiró más lento.

—Entonces ¿qué soy yo aquí?




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