Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 15 La mujer que cosía cuando nadie permanecía despierto

Clara no apartó la vista del último piso.

La luz seguía allí.

No era intensa.

Temblaba suavemente detrás del cristal esmerilado de la puerta, como si una llama respirara al otro lado de la madera.

Durante unos instantes permaneció inmóvil en el centro del taller.

Las mesas estaban vacías.

Las tijeras descansaban perfectamente alineadas.

Los dedales brillaban bajo la escasa claridad que aún entraba por los ventanales.

El edificio entero parecía contener la respiración.

«Agnès dijo que nunca queda ninguna lámpara encendida.»

La frase volvió a su memoria con una claridad inquietante.

Podía marcharse.

Olvidar aquella luz.

Convencerse de que había sido un reflejo de los faroles de la calle.

Pero algo dentro de ella se negó.

No era curiosidad.

Era una sensación mucho más antigua.

Como si alguien hubiera esperado durante años que ella levantara la vista exactamente en ese momento.

Respiró hondo.

Y comenzó a subir la escalera.

Cada peldaño respondía con un crujido distinto.

Los conocía.

O, al menos, creía conocerlos.

Sin embargo, esa noche descubrió sonidos que nunca antes había escuchado.

Uno parecía un suspiro.

Otro recordaba el roce de un vestido largo sobre la madera.

Otro…

casi una risa lejana.

Se detuvo.

Escuchó.

Nada.

Solo el latido acelerado de su corazón.

Continuó ascendiendo.

Cuando llegó al descanso del último piso, la luz seguía brillando bajo la puerta del archivo silencioso.

Era real.

No un reflejo.

No una ilusión.

Una luz viva.

Clara acercó lentamente la mano al picaporte.

El metal estaba tibio.

Como si alguien acabara de tocarlo.

Empujó con cuidado.

La puerta cedió sin resistencia.

La habitación estaba completamente oscura.

Clara quedó inmóvil.

La luz había desaparecido.

Miró alrededor.

Las estanterías.

Las cajas.

La mesa redonda.

Todo permanecía exactamente igual que la noche anterior.

No había lámparas encendidas.

No había velas.

No había nadie.

Sintió un estremecimiento.

Había visto aquella luz.

Estaba completamente segura.

Avanzó unos pasos.

El suelo de madera respondió con un leve gemido.

Entonces volvió a escucharlo.

La aguja.

Entrando en la tela.

Saliendo.

Entrando otra vez.

El sonido no provenía del archivo.

Venía de mucho más arriba.

Clara levantó lentamente la cabeza.

El techo era alto.

De vigas oscuras.

No había ninguna escalera visible.

Pero, casi oculta entre las sombras, descubrió una pequeña trampilla de madera.

Nunca la había visto.

Era estrecha.

Disimulada entre las vigas.

Y estaba entreabierta.

El sonido procedía de allí.

Puntada.

Silencio.

Puntada.

Silencio.

Como el pulso paciente de alguien que no conocía el cansancio.

Clara sintió un impulso inmediato de subir.

Buscó con la mirada alguna escalera.

No encontró ninguna.

Solo un viejo armario apoyado contra la pared.

Lo acercó lentamente bajo la trampilla.

Subió con cuidado.

Empujó la madera.

La abertura se desplazó con un leve crujido.

Un aire frío descendió desde la oscuridad superior.

Olía a lino antiguo.

A cera.

Y a rosas secas.

Introdujo primero la cabeza.

Luego los hombros.

Finalmente logró entrar.

Se encontró en un desván.

Era mucho más amplio de lo que permitía imaginar el exterior del edificio.

Las vigas dibujaban un bosque de sombras.

Montones de baúles descansaban cubiertos por sábanas blancas.

Había antiguos maniquíes de madera.

Marcos vacíos.

Rollos de papel amarillento.

Y, al fondo…

una única silla.

Junto a una ventana diminuta.

Vacía.

Pero balanceándose lentamente.

Como si alguien acabara de levantarse.

El sonido de la costura había cesado.

Clara avanzó despacio.

El polvo danzaba en el aire.

No había huellas recientes sobre el suelo.

Solo las marcas antiguas del tiempo.

Llegó hasta la silla.

La tocó.

La madera estaba caliente.

No mucho.

Lo suficiente para que resultara imposible atribuirlo únicamente al clima.

Sintió un escalofrío.

Sobre el asiento había un bastidor de bordado.

Dentro, un pequeño trozo de lino blanco.

Y una aguja aún enhebrada.

El hilo era rojo.

Profundo.

Oscuro.

No parecía recién colocado.

Pero tampoco antiguo.

Como suspendido fuera del tiempo.

Clara sostuvo el bastidor.

El bordado estaba incompleto.

Solo podían distinguirse unas pocas ramas de olivo.

Y el comienzo de una palabra.

”…anza.”

Las primeras letras habían desaparecido.

O nunca llegaron a bordarse.

Clara acarició el hilo.

En cuanto sus dedos rozaron la tela, una imagen cruzó fugazmente su mente.

Una mujer joven.

Sentada exactamente en aquella silla.

Trabajando de noche.

Mientras el resto del taller dormía.

No logró verle el rostro.

Solo las manos.

Las mismas manos.

Seguras.

Precisas.

Silenciosas.

Las mismas que había sentido dentro de sí días atrás.

La visión desapareció con la misma rapidez.

Clara retrocedió un paso.

Respiraba con dificultad.

Aquello ya no eran simples intuiciones.

Los recuerdos comenzaban a buscarla por sí solos.

—Sabía que subirías.

La voz de Adrien sonó detrás de ella.

Clara se volvió sobresaltada.

El maestro permanecía junto a la abertura del desván.

No parecía enfadado.

Tampoco sorprendido.

Solo cansado.

Como quien contempla el cumplimiento de algo inevitable.




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