Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 17 La fotografía donde el tiempo todavía sonreía

Clara sostuvo la fotografía entre las manos con un cuidado casi reverencial.

El papel era grueso, ligeramente curvado por el paso de los años. En algunos bordes la emulsión comenzaba a desprenderse, como si el tiempo hubiese intentado borrar lentamente los rostros sin conseguirlo del todo.

Cinco mujeres.

Cinco sonrisas.

Cinco historias detenidas en un único instante.

Y, sin embargo, era el espacio entre ellas lo que más llamaba la atención de Clara.

Había una cercanía imposible de fingir.

No posaban para un retrato.

Parecían haberse reído un segundo antes de que el fotógrafo disparara la cámara.

Aquella alegría era auténtica.

Y precisamente por eso resultaba dolorosa.

Porque la frase escrita al dorso convertía esa felicidad en una despedida anticipada.

“Primavera de 1928. Antes de que el mundo volviera a romperse.”

Clara pasó lentamente el dedo sobre la quinta firma, la que había sido borrada con obstinación.

No era un desgaste natural.

Alguien había raspado cuidadosamente la tinta.

No hasta destruir el papel.

Solo hasta hacer ilegible el nombre.

Como si hubiera querido conservar la presencia de aquella mujer, pero no su identidad.

—¿Quién hizo esto? —preguntó.

Adrien recibió la fotografía.

La sostuvo unos segundos frente a la luz.

—Nunca lo supimos.

Agnès permanecía inmóvil.

Su mirada no estaba en la fotografía.

Estaba muchos años atrás.

—Yo sí.

Los dos volvieron la cabeza.

Era la primera vez que Agnès respondía con tanta seguridad a una pregunta sobre el pasado.

Clara sintió que el aire del taller parecía detenerse.

—¿Lo sabes?

La anciana asintió.

—Lo hizo ella.

Silencio.

—¿La mujer cuya firma desapareció?

—Sí.

—¿Por qué?

Agnès respiró profundamente.

—Porque quería que la olvidaran.

La respuesta cayó sobre el salón con una tristeza inesperada.

Clara frunció el ceño.

—¿Alguien puede decidir ser olvidado?

Adrien habló despacio.

—Olvidar un rostro es difícil.

Olvidar un nombre…

a veces resulta necesario.

Clara no entendía.

Cada nueva explicación parecía abrir un misterio aún mayor.

—¿Qué puede llevar a una persona a borrar su propio nombre?

Agnès tomó la fotografía.

La observó durante largo rato.

Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro.

—La culpa.

Las demás costureras trabajaban ajenas a aquella conversación.

El sonido de las agujas mantenía el ritmo cotidiano del taller.

Pero Clara ya no escuchaba las costuras.

Solo aquella palabra.

Culpa.

Miró nuevamente el rostro de la mujer del centro.

Había serenidad en sus ojos.

No miedo.

No desesperación.

Era difícil imaginar que alguien con aquella expresión hubiera terminado queriendo desaparecer de la memoria de todos.

—No parece culpable.

Murmuró.

Adrien sonrió con melancolía.

—Las fotografías nunca retratan aquello que ocurre después.

La jornada continuó.

Una clienta acudió para recoger un abrigo de lana gris.

Otra encargó un vestido de luto.

Dos hermanas discutieron durante casi una hora sobre el color de unos bordados.

La vida seguía avanzando.

Y, sin embargo, Clara descubría algo nuevo en cada conversación.

Las personas nunca hablaban únicamente de ropa.

Siempre terminaban confesando algo.

Una pérdida.

Una esperanza.

Un miedo.

Como si el taller poseyera una forma silenciosa de invitar a decir aquello que permanecía oculto en otros lugares.

Mientras ajustaba unas mangas de terciopelo, Elise se acercó discretamente.

—¿Puedo preguntarte algo?

Clara levantó la vista.

—Claro.

La joven dudó unos segundos.

—¿Tú también los escuchas?

Clara dejó la aguja sobre la mesa.

—¿Escuchar qué?

Elise bajó la voz.

—Los pasos.

Un escalofrío recorrió la espalda de Clara.

—¿Qué pasos?

—Los del último piso.

Por las noches.

A veces creo que alguien camina arriba.

Pensaba que era imaginación.

Pero ayer…

La muchacha guardó silencio.

—¿Qué ocurrió ayer?

Elise sonrió con cierta vergüenza.

—Escuché a alguien cantar.

Aquella revelación sorprendió a Clara.

Hasta entonces había creído que solo ella percibía aquellas presencias.

—¿Se lo contaste a Agnès?

Elise negó inmediatamente.

—No.

Aquí nadie habla de esas cosas.

Dicen que el taller escucha.

Y que no conviene nombrar todo lo que uno oye.

La conversación terminó cuando una clienta llamó a Elise desde el salón de pruebas.

Pero las palabras quedaron resonando en la mente de Clara.

No estaba sola.

Otros también percibían algo.

Aunque eligieran callarlo.

Al finalizar la tarde, Adrien pidió a Clara que lo acompañara al despacho.

Era una habitación amplia, revestida de madera oscura.

Las paredes estaban cubiertas de libros sobre tejidos, arte, historia y restauración.

En una esquina descansaba un viejo gramófono.

Sobre el escritorio había una caja metálica muy pequeña.

Adrien la abrió.

Dentro había varias placas de cristal para fotografía.

Negativos antiguos.

—¿Sabes qué son?

Preguntó.

Clara negó.

El maestro sostuvo una de las placas frente a la ventana.

Poco a poco apareció una imagen.

Era el taller.

Muchos años atrás.

Las mesas ocupaban otra posición.

Las ventanas tenían cortinas diferentes.

Había más costureras.

Y, en el centro…

la misma mujer de la fotografía.

Trabajaba inclinada sobre un vestido.

No miraba a la cámara.

No sabía que estaba siendo retratada.

—¿Es…?

Adrien asintió.




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