La lluvia continuó cayendo mucho después de que Madeleine desapareciera al final de la calle.
Clara permaneció junto a la puerta principal del taller, inmóvil, observando el lugar donde la anciana había dejado de ser visible.
No sabía cuánto tiempo había permanecido allí.
El sonido de la ciudad comenzaba a apagarse.
Los últimos tranvías avanzaban lentamente entre la niebla.
Los comerciantes recogían los toldos.
Las luces de los escaparates se encendían una a una, convirtiendo los adoquines mojados en un mosaico de reflejos dorados.
A sus espaldas, el taller seguía respirando.
Porque ahora Clara estaba convencida de una cosa.
El edificio respiraba.
No era una metáfora.
Había momentos en los que podía sentir cómo la madera se expandía lentamente, cómo las vigas parecían exhalar el calor acumulado durante el día y cómo las paredes devolvían, en un silencio casi imperceptible, todos los secretos que habían absorbido durante décadas.
Era un organismo construido con piedra, roble y memoria.
Y ella comenzaba, por fin, a comprender su lenguaje.
—Va a hacer frío.
La voz de Agnès llegó con la misma serenidad de siempre.
Clara volvió lentamente la cabeza.
La anciana sostenía un chal de lana gris.
Lo colocó sobre sus hombros sin esperar permiso.
Era un gesto maternal.
Tan sencillo que hizo que Clara recordara inmediatamente a su madre.
—Gracias.
Agnès sonrió.
—No me des las gracias a mí.
Este chal siempre espera a quien permanece demasiado tiempo mirando la lluvia.
Clara acarició la tela.
Era extraordinariamente suave.
Y volvía a ocurrir.
Cada objeto parecía contener una historia.
—¿También tiene memoria?
Preguntó con una sonrisa apenas perceptible.
La anciana sostuvo su mirada.
—No.
Pausa.
—Tiene compañía.
Aquella respuesta quedó dando vueltas en la mente de Clara durante toda la noche.
Al regresar a su habitación, colocó cuidadosamente el chal sobre el respaldo de una silla.
Encendió la lámpara de queroseno.
Sacó del cajón la carta de su madre.
La fotografía.
La etiqueta mutilada.
El medallón de nácar.
El pequeño cuaderno de símbolos.
Los acomodó sobre la mesa.
Era la primera vez que contemplaba todas aquellas piezas juntas.
Parecían pertenecer a una misma historia.
Y, sin embargo, seguían negándose a revelar el dibujo completo.
Abrió nuevamente la carta.
Había leído ya casi todas sus páginas.
Solo faltaban las dos últimas.
Había evitado llegar hasta ellas.
No por miedo.
Sino porque intuía que, una vez leídas, ya no habría regreso posible.
Respiró profundamente.
Y continuó.
“Si un día conoces a Madeleine, no le preguntes inmediatamente por Lucienne.”
Clara sintió un vuelco en el pecho.
Aquella línea había sido escrita muchos años antes.
Y, sin embargo, describía exactamente lo que acababa de ocurrir.
Continuó leyendo.
“Espera a que sea ella quien pronuncie ese nombre.”
“Solo entonces sabrás que ha llegado el momento de conocer la parte de la historia que yo nunca tuve fuerzas para contarte.”
Las manos comenzaron a temblarle.
Su madre había previsto aquello.
No podía entender cómo.
Pero lo había previsto.
Las siguientes líneas estaban escritas con una tinta ligeramente distinta.
Como si hubieran sido añadidas tiempo después.
“Cuando yo era apenas unos años mayor que tú, Madeleine me entregó algo.”
“Me pidió que lo escondiera.”
“Me juró que solo debía volver a la luz cuando una muchacha llamada Clara estuviera preparada para terminar aquello que otras no pudieron concluir.”
Clara dejó escapar lentamente el aire.
Aquella frase coincidía demasiado con la anotación encontrada por Adrien.
Todo parecía converger hacia un mismo punto.
“Nunca abrí ese paquete.”
“No porque no quisiera.”
“Porque prometí que no lo haría.”
“Si la promesa sigue intacta, él todavía debe estar donde lo oculté.”
El corazón comenzó a latir con violencia.
“Búscalo detrás del tercer ladrillo de la vieja chimenea del desván.”
La habitación quedó en silencio.
Clara releyó aquella última frase una y otra vez.
Detrás del tercer ladrillo.
La vieja chimenea.
El desván.
Nunca había visto ninguna chimenea allí arriba.
¿Existía realmente?
¿O había desaparecido durante alguna remodelación?
Dobló cuidadosamente la carta.
No podía esperar al día siguiente.
Necesitaba comprobarlo.
Pero el taller estaba cerrado.
Y Adrien guardaba la única llave.
Intentó convencerse de esperar.
No lo consiguió.
Aquella noche apenas durmió.
Los primeros rayos del amanecer la encontraron ya vestida.
Llegó al taller incluso antes que Agnès.
La puerta seguía cerrada.
Esperó bajo el alero mientras la lluvia fina humedecía lentamente la calle.
Pocos minutos después apareció Adrien.
La observó.
Sonrió apenas.
—Sabía que hoy llegarías antes que yo.
Clara respondió directamente.
—Mi madre dejó una carta.
El maestro dejó de buscar la llave.
—Lo imaginaba.
—Hay algo escondido en el desván.
Adrien permaneció inmóvil.
Su expresión cambió.
No era sorpresa.
Era reconocimiento.
—Entonces llegó el momento.
Subieron juntos.
Esta vez Agnès también los acompañó.
Ninguno habló durante el ascenso.
El desván los recibió con el mismo aroma a lino envejecido y cera de abejas.
La silla permanecía inmóvil junto a la pequeña ventana.
El bastidor seguía exactamente donde Clara lo había dejado.
Pero ella ya no buscaba eso.