Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 23 Donde las telas empiezan a responder

Clara no retrocedió por miedo.

Retrocedió porque el aire cambió.

No era una metáfora esta vez.

El aire del último piso del taller se había vuelto más denso, como si la habitación hubiera ganado peso en cuestión de segundos.

La voz —o las voces— que salían del archivo silencioso no se desvanecían como antes.

Se superponían.

Una encima de la otra.

Dos melodías que intentaban ocupar el mismo espacio sin destruirse, pero sin ceder.

Clara sintió cómo la piel se le erizaba lentamente en los antebrazos.

Agnès no apartó la mano de la puerta.

Sus dedos seguían apoyados sobre la madera como si pudiera sentir a través de ella la vibración de lo que ocurría dentro.

—No escuches con los oídos.

Dijo.

Clara la miró.

—¿Con qué entonces?

Agnès tardó unos segundos en responder.

—Con lo que te cosieron.

El silencio que siguió a esa frase no fue vacío.

Fue lleno.

Clara sintió que algo dentro de ella se tensaba, como un hilo que ha sido tirado desde ambos extremos sin romperse aún.

Las voces dentro del archivo continuaban.

La primera era la de siempre.

La reconocía ya.

La había escuchado en sueños, en el taller, en la noche.

Lucienne.

Pero la segunda…

La segunda no tenía forma definida.

No era joven ni vieja.

No era triste ni alegre.

Era algo intermedio.

Algo que aún no había decidido qué era.

Agnès retiró lentamente la mano de la puerta.

—Ha empezado.

Murmuró.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Qué ha empezado?

La anciana no respondió de inmediato.

Bajó la mirada hacia el suelo de madera.

Como si estuviera escuchando algo que venía desde abajo.

—El taller nunca estuvo terminado.

Dijo finalmente.

—Solo estuvo en pausa.

Clara sintió que esa frase cambiaba algo en su interior.

No era información.

Era desplazamiento.

Como si una pieza invisible se hubiera movido dentro de un engranaje que ella aún no podía ver.

Miró la puerta del archivo silencioso.

—Si abrimos…

Agnès la interrumpió.

—No.

Un silencio breve.

—Si abres ahora, no encontrarás lo mismo que encontraste antes.

Clara frunció el ceño.

—¿Por qué?

La anciana la miró por fin.

Y en sus ojos había algo que Clara no había visto antes.

Incertidumbre.

—Porque ahora el taller está escuchando de vuelta.

El regreso al salón principal fue más lento de lo habitual.

El pasillo parecía más largo.

Las escaleras más estrechas.

Como si el edificio estuviera reorganizando su propia estructura interna sin mover físicamente nada.

Cuando llegaron abajo, Adrien ya los esperaba.

No preguntó qué habían visto.

Eso fue lo primero que inquietó a Clara.

Porque Adrien siempre preguntaba.

Siempre quería saber.

Pero esta vez solo los observó.

Como si estuviera verificando algo.

—Ya lo sintió.

Dijo finalmente.

No era una pregunta.

Agnès asintió.

—Sí.

Adrien cerró los ojos por un instante.

—Entonces ya no hay marcha atrás.

Clara sintió cómo la frase se instalaba en su pecho.

—¿Marcha atrás de qué?

Adrien la miró con calma.

Pero era una calma distinta a la habitual.

Más cansada.

Más antigua.

—Del equilibrio.

Respondió.

El taller seguía funcionando.

Las costureras trabajaban.

Las telas se cortaban.

Los vestidos avanzaban.

Pero Clara notaba pequeñas anomalías.

Detalles casi invisibles.

Un hilo que cambiaba de color al ser tensado.

Una tela que parecía más pesada en una zona específica.

Un patrón que no coincidía exactamente con el molde original, aunque nadie lo hubiera modificado.

Se acercó a Elise.

—¿Ves algo raro en este borde?

Elise observó el vestido.

Frunció el ceño.

—Está perfecto.

Clara insistió.

—Míralo otra vez.

Elise lo hizo.

Se quedó en silencio.

Luego negó lentamente.

—No hay nada raro.

Clara retiró las manos.

Pero ella sí lo veía.

El borde no era el mismo.

Había un segundo contorno debajo.

Como si la tela tuviera dos versiones de sí misma superpuestas.

Agnès la llamó desde el otro extremo del salón.

—Clara.

La voz era firme.

Clara se acercó.

La anciana sostenía un pequeño fragmento de tela blanca.

—¿Qué ves aquí?

Clara lo tomó.

Lo observó.

Al principio, solo vio lino.

Luego, lentamente, algo emergió.

Un patrón.

No bordado.

No impreso.

Sino… recordado.

Era una espiga.

Pero incompleta.

Como si alguien hubiera comenzado a coserla y luego la hubiera olvidado en mitad del gesto.

—Es la espiga del cuaderno.

Dijo Clara.

Agnès asintió.

—Sí.

Pausa.

—Pero no pertenece a este vestido.

Clara sintió un estremecimiento.

—¿Entonces de dónde salió?

Agnès la miró con una expresión grave.

—Del otro ritmo.

El sonido del metrónomo, que había estado ausente desde la mañana, regresó de forma inesperada.

No estaba sobre la mesa.

No estaba visible.

Pero se escuchaba.

Tic.

Tac.

No uniforme.

No constante.

Más bien como si alguien estuviera intentando sincronizar dos relojes que no compartían el mismo tiempo.

El taller entero pareció reaccionar.

Las costureras detuvieron brevemente su trabajo.

Algunas miraron a su alrededor.

Otras continuaron como si nada.

Pero el aire había cambiado otra vez.

Adrien caminó hacia el centro del salón.

—Está intentando ajustarse.

Dijo.

Clara lo miró.

—¿Qué cosa?

El maestro señaló el aire.

—El segundo ritmo.

El sonido se intensificó.

Ya no era solo auditivo.




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