Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 24 La costura que no pertenece a este tiempo

Clara no entró inmediatamente a su habitación.

Se quedó de pie frente a la puerta, con la mano apoyada en la madera, como si el simple contacto pudiera confirmar que el mundo seguía obedeciendo a una lógica estable.

Pero no la seguía.

Lo sabía.

Desde el momento en que el segundo ritmo había aparecido, todo había comenzado a dividirse en capas invisibles.

No eran cambios bruscos.

Eran desplazamientos.

Pequeñas variaciones en la textura de la realidad.

Como si el taller no estuviera alterándose…

sino recordando versiones alternativas de sí mismo.

Respiró hondo.

Entró.

La lámpara seguía encendida.

No la había dejado así.

Estaba segura.

El sobre con el símbolo del lirio ya no estaba sobre la mesa.

Clara se detuvo en seco.

Miró alrededor.

La silla.

La cama.

El cuaderno.

Todo parecía igual.

Excepto por la ausencia.

Avanzó lentamente.

Revisó la superficie de la mesa.

Nada.

Abrió el cajón.

Vacío.

El sobre había desaparecido.

Sin ruido.

Sin señal.

Sin explicación.

Clara sintió un frío súbito en el estómago.

No era pérdida.

Era sustitución.

Como si algo hubiera sido retirado sin dejar hueco.

Se acercó a la ventana.

La ciudad seguía allí.

Las luces.

El movimiento lejano.

El mundo exterior parecía intacto.

Pero el interior del taller…

ya no respondía a las mismas reglas.

Se sentó lentamente.

Apoyó las manos sobre la mesa.

Cerró los ojos.

Intentó recordar exactamente cómo había sonado el segundo ritmo.

No el del metrónomo.

El otro.

El que se escondía debajo.

Y entonces lo notó.

No estaba en su memoria como sonido.

Sino como gesto.

Como movimiento corporal.

Sus dedos comenzaron a moverse ligeramente sobre la madera.

Sin intención.

Como si estuvieran reproduciendo una secuencia aprendida sin su consentimiento.

Tic.

Tac.

No con sonido.

Con tensión.

Abrió los ojos de golpe.

Retiró las manos.

—No…

Susurró.

Se levantó.

Fue hasta el espejo.

Se observó.

Nada diferente.

Pero no era necesario ver cambios físicos.

Lo que estaba ocurriendo no pertenecía al cuerpo visible.

Pertenecía al ritmo interno.

En el silencio de la habitación, volvió a escuchar la canción.

No venía del exterior.

Ni del taller.

Venía de ella.

Pero no era su voz.

Era otra voz usando su memoria como instrumento.

Clara dio un paso atrás.

El espejo permaneció inmóvil.

Pero la sensación no.

Decidió salir.

Necesitaba aire.

Necesitaba confirmar que el mundo aún tenía una única capa.

Bajó las escaleras rápidamente.

Las luces del pasillo parpadeaban suavemente.

El edificio parecía más estrecho que antes.

Más alto.

Más comprimido.

Cuando llegó al salón principal del taller, encontró a Adrien allí.

Solo.

De pie frente a la mesa central.

El metrónomo estaba desmontado.

Sus piezas distribuidas cuidadosamente sobre un paño de lino.

—No debería estar así.

Dijo Clara.

Adrien no levantó la vista.

—Ya no es un instrumento.

Pausa.

—Es un registro.

Clara se acercó.

Observó las piezas.

El mecanismo interno estaba intacto.

Pero algo había cambiado en su disposición.

No era daño.

Era reorganización.

Como si alguien hubiera reinterpretado su función.

—¿Qué registra?

Preguntó.

Adrien tardó en responder.

—La superposición.

Clara frunció el ceño.

—¿Superposición de qué?

El maestro levantó finalmente la mirada.

—De lo que fue… con lo que nunca terminó de ser.

El silencio que siguió fue pesado.

Clara sintió que aquella frase no era filosófica.

Era técnica.

Como si describiera un fenómeno real.

Agnès apareció desde el fondo del taller.

Traía una caja pequeña de madera.

La colocó sobre la mesa.

—Esto ha cambiado.

Dijo.

Clara miró la caja.

Era la misma donde se guardaban los hilos especiales.

Pero algo en ella parecía distinto.

No su forma.

Su presencia.

Agnès la abrió.

Dentro, los carretes estaban organizados de forma diferente.

El hilo rojo oscuro que Clara había tocado antes ya no estaba en su lugar.

Ahora estaba en el centro.

Y los demás lo rodeaban.

Como si hubiera sido elevado a una posición principal.

Clara lo señaló.

—Eso no estaba así.

Agnès asintió.

—Lo reorganizó el taller.

Clara sintió un escalofrío.

—El taller no tiene manos.

Elise, que acababa de entrar, escuchó la frase.

Y respondió sin dudar:

—Tiene algo peor.

El silencio volvió a instalarse.

Adrien no corrigió a Elise.

Eso fue lo más inquietante.

Clara se acercó al hilo rojo.

Esta vez no lo tocó.

Solo lo observó.

Y entonces lo vio.

No con los ojos.

Con la percepción.

El hilo no era un objeto único.

Era doble.

Dos versiones superpuestas.

Una ligeramente más desgastada.

Otra más reciente.

Como si el mismo hilo hubiera sido tejido dos veces en distintas realidades.

—Esto no es posible.

Murmuró.

Agnès la miró.

—Lo es.

Pausa.

—Pero no debería serlo aquí.

Clara levantó la vista.

—¿Qué significa “aquí”?

Adrien respondió.

—El ritmo dominante.

El concepto volvió a repetirse.

Pero esta vez Clara sintió que comenzaba a entenderlo.

No era una metáfora.

Era una estructura.

Un sistema de coherencia interna del taller.

El segundo ritmo volvió a aparecer.

No como sonido externo.

Sino como presión.




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