Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 26 Cuando la tela deja de obedecer al presente

El taller no se rompió.

Pero algo dentro de él cedió.

No hubo estruendo, ni grietas visibles, ni caída de estructuras. Sin embargo, Clara sintió con absoluta claridad el instante exacto en que la realidad del edificio dejó de sostenerse como una sola pieza.

Fue un desplazamiento sutil.

Como cuando una costura se descuadra un milímetro y, aunque todo parece en orden, la prenda ya no volverá a sentar igual.

El aire cambió de densidad.

La luz se volvió ligeramente más fría.

Y el sonido…

el sonido se dividió.

Clara lo notó primero en su respiración.

Inspiraba.

Y sentía dos inspiraciones.

Una que pertenecía al taller tal como lo conocía.

Otra más lenta.

Más antigua.

Como si alguien, en algún otro plano del mismo instante, estuviera respirando con ella pero sin sincronía.

Llevó una mano al pecho.

—Esto no es posible…

Murmuró.

Adrien no respondió.

Estaba mirando la mesa.

Donde las telas ya no eran una.

El tejido que antes había mostrado costura espontánea ahora se comportaba de forma diferente.

No era movimiento.

Era duplicación.

Clara lo vio claramente.

Sobre la superficie de la mesa había dos versiones del mismo vestido.

Superpuestas.

Una ligeramente desplazada hacia la izquierda.

Otra hacia la derecha.

Ambas completas.

Ambas reales.

Ambas incompatibles.

Agnès dio un paso atrás.

Por primera vez desde que Clara la conocía, su expresión perdió firmeza.

—El tejido está divergente.

Dijo.

Clara la miró.

—¿Qué significa eso?

La anciana tardó en responder.

—Que ya no está eligiendo una sola forma.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue saturación.

Como si el taller estuviera intentando sostener demasiadas versiones del mismo instante al mismo tiempo.

Elise volvió a entrar.

Nadie la había visto salir.

Tenía el rostro pálido.

—En el salón de corte…

Se detuvo.

Tragó saliva.

—Las tijeras están cortando dos patrones distintos.

Clara sintió un escalofrío inmediato.

—¿Dos patrones?

Elise asintió.

—El mismo vestido.

Pero uno no coincide con el otro.

Adrien cerró los ojos.

—Ya se extendió.

Murmuró.

Clara sintió cómo el aire se hacía más pesado.

—¿Qué se ha extendido?

El maestro respondió sin abrirlos.

—La superposición.

Agnès caminó lentamente hacia el centro del salón.

—Esto no es un fallo.

Dijo.

—Es una reconciliación incompleta.

Clara sintió un nudo en el estómago.

—Eso no tiene sentido.

Agnès la miró.

—Lo tiene.

Solo que no pertenece a una sola historia.

El segundo ritmo volvió a aparecer.

No como sonido.

Como estructura.

El taller entero pareció dividirse en dos frecuencias de existencia.

Las mesas ya no ocupaban un solo lugar exacto.

Los maniquíes parecían ligeramente duplicados.

Las sombras no coincidían con los objetos que las generaban.

Clara retrocedió.

—Esto va a romperse…

Susurró.

Adrien negó lentamente.

—No se rompe.

Pausa.

—Se separa.

El sonido de agujas aumentó.

No era más fuerte.

Era más numeroso.

Como si múltiples versiones del taller estuvieran cosiendo simultáneamente sobre el mismo espacio físico.

Clara cerró los ojos.

Intentó concentrarse.

Pero el intento solo amplificó la división.

Podía sentirlo en los dedos.

En cada articulación.

En cada movimiento mínimo.

Dos impulsos diferentes guiaban sus manos incluso cuando no las usaba.

—Esto empezó con el metrónomo.

Dijo de repente.

Adrien la miró.

—No.

Pausa.

—El metrónomo solo lo hizo audible.

Clara abrió los ojos.

—¿Entonces qué lo inició?

Agnès respondió con voz baja.

—La carta.

El silencio fue inmediato.

Clara sintió un frío profundo.

—¿La carta de Lucienne?

La anciana asintió.

—No como causa.

Como permiso.

Elise dio un paso atrás.

—Yo no entiendo nada de esto.

Dijo.

Su voz temblaba.

Adrien se acercó a la mesa.

Tomó el tejido superpuesto.

Lo sostuvo con cuidado.

—Lucienne no desapareció.

Dijo.

Pausa.

—Se dividió.

Clara sintió que esas palabras atravesaban algo dentro de ella.

—Eso no es posible.

El maestro la miró.

—Lo es cuando una historia no se cierra correctamente.

El aire volvió a vibrar.

Esta vez, la vibración fue visible.

No físicamente.

Pero perceptible en la forma en que la luz titiló sobre los bordes de los objetos.

Agnès habló más despacio.

—El taller siempre registró lo que no se resolvía.

Pausa.

—Pero ahora está intentando mantenerlo todo a la vez.

Clara sintió que su mente comenzaba a fragmentarse.

No de forma psicológica.

Sino perceptiva.

Cada pensamiento parecía duplicarse ligeramente antes de consolidarse.

Miró sus manos otra vez.

Y lo vio.

Dos versiones.

Sutilmente distintas.

Una con una pequeña mancha de tinta que no recordaba haber tenido.

Otra completamente limpia.

Ambas eran suyas.

—No…

Susurró.

Retrocedió.

Elise se llevó las manos a la cabeza.

—Yo también lo veo.

Dijo de repente.

Adrien cerró los ojos con más fuerza.

—Ya no hay observador único.

Murmuró.

Clara lo miró.

—¿Qué significa eso?

El maestro respondió con voz grave.

—Que el taller ya no tiene un solo testigo.

El segundo ritmo se intensificó.

Y el espacio pareció inclinarse.

No físicamente.

Sino narrativamente.

Como si dos versiones del mismo instante estuvieran intentando ocupar el mismo segundo exacto.




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