Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 27 El taller dividido en dos respiraciones

El metrónomo volvió a moverse.

Pero ya no era un objeto.

Era una herida abierta en el tiempo del taller.

Clara lo observó como si estuviera viendo algo indecente, algo que no debería existir en el plano de lo cotidiano. El péndulo oscilaba con una precisión imposible, pero esa precisión estaba contaminada.

Cada movimiento tenía dos intenciones.

Cada regreso contenía dos finales.

Y lo más perturbador no era verlo.

Era sentirlo.

El taller entero respiraba distinto.

Clara lo percibía ahora con una claridad insoportable.

No era una metáfora.

Era fisiología arquitectónica.

El edificio tenía dos pulmones.

Dos ritmos de inhalación.

Dos maneras de sostener el aire.

Y ninguno coincidía con el otro.

Agnès se acercó lentamente al centro del salón.

No miraba el metrónomo.

Miraba el espacio alrededor.

Como si la verdadera anomalía no fuera el objeto, sino lo que lo rodeaba.

—Se estabilizó.

Dijo.

Pero su voz no sonaba aliviada.

Sonaba preocupada.

Clara frunció el ceño.

—¿Eso es bueno?

Adrien respondió antes que Agnès.

—No.

Pausa.

—Significa que ha encontrado equilibrio entre las dos versiones.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Equilibrio… o separación?

Adrien la miró.

—Es lo mismo aquí.

El Elise se había quedado inmóvil cerca de la puerta.

Sus ojos no parpadeaban.

—Yo puedo ver los dos talleres.

Dijo de repente.

Clara la miró.

—¿Qué estás diciendo?

Elise levantó lentamente una mano.

—Si cierro un ojo… veo el taller como siempre.

Pausa.

—Si cierro el otro… hay más cosas.

Se hizo silencio.

Nadie la contradijo.

Eso fue lo más inquietante.

Clara intentó replicarlo.

Parpadeó lentamente.

No ocurrió nada.

Intentó concentrarse.

Nada.

Pero entonces comprendió.

No era un fenómeno visual.

Era perceptivo.

No dependía de los ojos.

Dependía de la aceptación.

Agnès caminó hacia una de las mesas.

Se detuvo frente a un vestido en proceso.

Lo observó en silencio.

—Este no pertenece a ninguna versión completa.

Dijo.

Clara se acercó.

Miró el vestido.

Era el mismo que habían estado trabajando antes.

Pero ahora lo veía distinto.

Había dos estructuras superpuestas.

Una ligeramente más formal.

Otra más orgánica.

Una obedecía a reglas estrictas de confección.

La otra parecía seguir una intuición que no había sido aprendida.

—Se está bifurcando incluso lo que no está terminado.

Murmuró Clara.

Adrien asintió.

—Porque ya no hay un único proceso de finalización.

El metrónomo cambió otra vez.

El sonido se profundizó.

El taller entero vibró levemente.

No físicamente.

Sino en la percepción del orden.

Agnès apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Esto no es estabilidad.

Dijo.

—Es indecisión estructurada.

Clara sintió que esa frase era demasiado precisa para ser tranquilizadora.

—Entonces… ¿qué hacemos?

Preguntó.

El silencio fue inmediato.

Nadie respondió.

No porque no supieran.

Sino porque la pregunta no tenía un único destinatario.

Adrien finalmente habló.

—El taller no puede volver a un solo ritmo.

Pausa.

—Pero puede aprender a trabajar con ambos.

Clara lo miró con incredulidad.

—¿Cómo se trabaja con dos realidades al mismo tiempo?

El maestro respondió con calma.

—Como siempre lo hicimos.

—Cosiendo.

El Elise soltó una risa nerviosa.

—Eso es imposible.

Dijo.

Agnès la miró.

—Lo imposible es lo único que no ha cambiado aquí.

El silencio volvió a instalarse.

Pero esta vez era distinto.

Menos opresivo.

Más… expectante.

Clara volvió a mirar el metrónomo.

Ahora podía verlo con claridad total.

No era un solo mecanismo.

Era dos sistemas superpuestos.

Dos engranajes que no chocaban, pero tampoco coincidían.

Se movían con una lógica compartida… pero incompatible.

—Esto no debería funcionar.

Dijo.

Adrien asintió.

—Y sin embargo, funciona.

Clara sintió una presión en el pecho.

—¿Por cuánto tiempo?

El maestro tardó en responder.

—Mientras alguien lo observe.

El silencio que siguió fue absoluto.

Agnès se giró hacia Clara.

—El problema no es el taller.

Dijo.

—Es el observador.

Clara frunció el ceño.

—¿Yo?

Agnès no respondió directamente.

—Cada vez que intentas fijar una sola versión, las dos se tensan más.

Clara sintió un frío en la espalda.

—Entonces… ¿debería dejar de mirar?

Adrien negó lentamente.

—No.

Pausa.

—Deberías aprender a mirar sin elegir.

El Elise bajó la cabeza.

—Eso no es posible.

Susurró.

Agnès respondió sin mirarla.

—No todavía.

El metrónomo se detuvo.

Esta vez sin transición.

El silencio posterior fue diferente al de antes.

No era ausencia.

Era suspensión total.

Como si el taller hubiera dejado de decidir en qué estado continuar.

Clara sintió que el aire se volvía extremadamente liviano.

Demasiado liviano.

Como si el edificio hubiera perdido peso interno.

Y entonces ocurrió.

El sonido de la aguja volvió.

Pero no desde una mesa.

Ni desde el archivo.

Ni desde las telas.

Venía de todas partes.

Al mismo tiempo.

Clara cerró los ojos por instinto.

Pero no ayudó.

Ahora el sonido estaba dentro.

No en forma de voz.

Sino de estructura.

Cada parte de su pensamiento parecía cosida con una aguja invisible.

Cuando abrió los ojos…

vio algo nuevo.

El taller estaba duplicado.




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