Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 29 El lugar entre dos puntadas

El taller no vibró esta vez.

Se suspendió.

Como si alguien hubiera levantado el tejido del mundo unos milímetros por encima de su soporte habitual, dejando que todo quedara flotando en un estado intermedio, sin peso definitivo.

Clara lo sintió en los huesos antes de entenderlo con la mente.

No era un temblor.

Era una falta de anclaje.

El intervalo —esa palabra que Agnès había pronunciado como si fuera un lugar real— no tenía forma visible.

Pero sí tenía efecto.

Las dos versiones del taller, que hasta ahora coexistían con una extraña estabilidad forzada, comenzaron a perder definición en sus bordes.

No se borraban.

Se deshilachaban.

Como una tela que ha sido demasiado veces descosida y vuelve a intentar sostenerse en el aire.

Clara miró a Adrien.

—Si el intervalo se cierra…

No terminó la frase.

No hacía falta.

El maestro asintió lentamente.

—Solo una coherencia puede sobrevivir.

El Elise retrocedió un paso.

—Entonces no es equilibrio.

Dijo.

Pausa.

—Es selección.

Agnès la miró.

—Siempre lo fue.

Solo que ahora lo vemos.

El metrónomo volvió a activarse.

Pero esta vez no como dos ritmos separados.

Sino como uno intentando recordar cómo era ser uno.

El sonido era inestable.

No errático.

Sino dubitativo.

Como si el mecanismo estuviera dudando de su propia existencia.

Clara sintió algo nuevo.

No en el oído.

En la percepción del espacio.

Las dos versiones del taller comenzaron a superponerse de forma imperfecta.

Ya no eran dos estructuras completas.

Eran dos intentos de estructura.

Una mesa apareció y desapareció en el mismo lugar.

Un maniquí se inclinó ligeramente en una versión mientras permanecía recto en la otra.

Las sombras dejaron de coincidir incluso dentro de su propia duplicación.

—Se está agotando.

Murmuró Agnès.

Clara la miró.

—¿El qué?

La anciana respondió sin dudar:

—La capacidad del taller de sostener contradicción.

El Elise se llevó una mano a la cabeza.

—No puedo pensar con esto.

Dijo.

Adrien la observó.

—No pienses.

Pausa.

—Observa.

El Elise negó.

—Eso es lo mismo que elegir.

Silencio.

Clara dio un paso hacia el centro del salón.

Sintió el aire más denso en ese punto.

Como si el intervalo tuviera gravedad propia.

—¿Dónde está?

Preguntó.

Agnès respondió:

—En ninguna de las dos versiones.

Pausa.

—Pero afecta a ambas.

Clara frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

Adrien la corrigió suavemente:

—Tiene el mismo sentido que una puntada invisible sosteniendo dos telas al mismo tiempo.

El Elise miró alrededor.

—No veo nada.

Dijo.

Agnès respondió:

—Porque no se ve.

Se siente.

Clara cerró los ojos.

Intentó percibirlo.

Al principio, nada.

Solo ruido interno.

Dos pulsos.

Dos respiraciones.

Dos versiones de sí misma intentando coexistir.

Pero entonces lo sintió.

No como imagen.

Sino como falta.

Un espacio sin definición.

Un hueco estructural entre ambas realidades.

—Ahí…

susurró.

Cuando abrió los ojos, lo señaló.

Nadie más reaccionó.

Adrien asintió lentamente.

—Lo estás tocando.

Dijo.

Clara retiró la mano.

—¿Qué pasa si lo toco del todo?

El silencio fue inmediato.

Agnès respondió con voz baja:

—Depende de qué versión de ti lo toque.

El Elise la miró confundida.

—Eso no ayuda.

Agnès la ignoró.

Siguió mirando a Clara.

—Cada acción en el intervalo se resuelve de dos formas posibles.

Pausa.

—Pero solo una se fija.

Clara sintió un escalofrío.

—¿Y la otra?

Adrien respondió:

—Se pierde.

El aire se volvió más pesado.

El metrónomo volvió a cambiar.

Esta vez, el sonido era más débil.

Como si estuviera siendo consumido por algo que no podía identificar.

Las dos versiones del taller comenzaron a desincronizarse.

No en estructura.

En existencia.

Una mesa desapareció por completo en la versión más luminosa.

Mientras en la más oscura permanecía intacta.

Pero nadie sabía cuál era la original.

Clara sintió un vértigo profundo.

—Estamos perdiendo cosas…

dijo.

Agnès negó lentamente.

—No.

Pausa.

—Estamos decidiendo sin saberlo.

El Elise retrocedió.

—Yo no quiero decidir nada.

Dijo.

Adrien la miró con calma.

—Ya estás decidiendo al mirar.

Silencio.

El taller vibró otra vez.

Más fuerte.

No físicamente.

Sino narrativamente.

Como si ambas versiones estuvieran intentando imponer su coherencia sobre la otra.

Clara sintió algo en el pecho.

Una presión creciente.

No dolor.

Sino urgencia.

—Lucienne…

susurró.

Agnès asintió.

—Está empujando desde el intervalo.

Clara la miró.

—¿Empujando qué?

La anciana respondió:

—Una resolución.

El Elise frunció el ceño.

—¿Por qué ahora?

Adrien respondió sin dudar:

—Porque el taller la está obligando a existir de una sola forma.

Silencio.

El metrónomo se detuvo.

Esta vez definitivamente.

Y en ese silencio absoluto…

el intervalo habló.

No con voz.

Sino con desplazamiento.

El aire se dobló ligeramente entre ambas versiones del taller.

Como si algo invisible intentara coserlas juntas de nuevo… o separarlas para siempre.

Clara sintió que su cuerpo respondía antes que su mente.

Sus manos se levantaron ligeramente.

Sin orden.

Sin intención consciente.

Agnès la observó con alarma.

—No.

Dijo.




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