Cómo Puntada en Carne Viva

Capítulo 43 El vestido de la violinista

Durante varios días, Clara evitó abrir la gaveta donde descansaban la aguja y la pequeña bobina de hilo.

No por miedo.

Por reverencia.

Había comprendido que existían objetos cuyo verdadero valor no residía en su antigüedad ni en el metal del que estaban hechos, sino en el momento para el que habían sido destinados.

Y el suyo todavía no había llegado.

Cada mañana, antes de comenzar la jornada, abría el armario únicamente para comprobar que ambos seguían allí. Después cerraba lentamente la puerta, como quien saluda a dos viejos guardianes.

El vestido de Lucienne permanecía inmóvil sobre el maniquí.

La abertura junto al corazón seguía esperando.

Pero ya no parecía una herida.

Parecía una respiración contenida.

Como si toda la prenda aguardara el instante exacto para exhalar después de muchos años.

El otoño avanzaba.

Las mañanas eran más frías.

Las hojas secas comenzaban a acumularse frente a la puerta del taller, y Elise había adquirido la costumbre de barrerlas antes de abrir.

Nunca conseguía retirarlas todas.

Al día siguiente siempre aparecían nuevas.

Una mañana, mientras las observaba girar impulsadas por el viento, dijo en voz alta:

—Las hojas se parecen a las personas.

Clara sonrió.

—¿Por qué?

—Porque ninguna cae cuando quiere.

Caen cuando llega su tiempo.

Agnès, que acomodaba unos carretes de hilo cerca de la ventana, levantó la vista.

—Y aun cuando caen, siguen alimentando la tierra.

Elise permaneció pensativa.

Cada día comprendía mejor que en aquel taller nadie enseñaba mediante largas explicaciones.

Las lecciones aparecían escondidas en las cosas más sencillas.

Una hoja.

Una aguja.

Un botón.

Un silencio.

Aquella misma tarde, cuando el reloj marcaba las cuatro, la campanilla volvió a sonar.

Entró una mujer joven.

Debía tener poco más de treinta años.

Vestía con extraordinaria sencillez.

Llevaba un abrigo marrón gastado por el uso y un pequeño sombrero negro sin adornos.

En sus manos sostenía un estuche de violín.

Lo abrazaba con tanta fuerza que parecía proteger algo infinitamente más valioso que el instrumento.

Su rostro era hermoso.

Pero estaba atravesado por un cansancio profundo.

No el cansancio del trabajo.

El del alma.

Adrien se acercó.

—Bienvenida.

La mujer respondió con una leve inclinación de cabeza.

Su voz era apenas un susurro.

—¿Podrían hacer un vestido para mi último concierto?

El silencio cayó sobre el taller.

Clara sintió inmediatamente que aquella frase escondía mucho más de lo que decía.

La condujo hasta la pequeña sala donde acostumbraban conversar con las clientas.

La mujer dejó cuidadosamente el violín sobre la mesa.

Durante varios segundos permaneció observándolo.

Después apoyó una mano sobre el estuche, como si necesitara sentir que todavía estaba allí.

Clara esperó.

Ya había aprendido que las personas siempre encontraban el momento para comenzar a hablar cuando dejaban de sentirse apuradas.

Finalmente ocurrió.

—Los médicos dicen que pronto perderé completamente la movilidad de las manos.

Su voz no tembló.

Era una verdad aceptada.

—No podré volver a tocar.

Guardó silencio.

Luego sonrió con una serenidad conmovedora.

—Quisiera despedirme del violín llevando un vestido que no hable de mi enfermedad.

Quisiera que hablara de todo lo que la música me regaló.

Clara sintió un estremecimiento.

Miró aquellas manos.

Eran manos delicadas.

Largas.

Elegantes.

Los dedos conservaban la memoria de miles de horas sobre las cuerdas.

Y sin embargo, había un leve temblor.

Apenas perceptible.

Pero suficiente para comprender que la mujer decía la verdad.

—¿Cómo se llama?

Preguntó Clara.

—Élise.

La respuesta quedó suspendida en el aire.

Clara sonrió involuntariamente.

La joven aprendiz, que ordenaba unas cajas en la habitación contigua, levantó la cabeza al escuchar su nombre.

Por un instante ambas mujeres se miraron.

La violinista sonrió.

—Es un nombre hermoso.

Elise respondió desde la puerta.

—Mi madre también decía eso.

Ninguna añadió nada más.

Pero bastó aquel pequeño intercambio para que la atmósfera cambiara.

Mientras Clara tomaba las medidas, ocurrió algo inesperado.

La violinista comenzó a hablar de la música.

No de los grandes teatros.

Ni de los aplausos.

Hablaba de los pequeños conciertos en hospitales.

De las tardes tocando para niños huérfanos.

De un anciano ciego que lloraba siempre al escuchar a Bach.

De una mujer que recuperó las ganas de vivir después de oír un nocturno interpretado junto a su cama.

Clara dejó de escribir.

Comprendió que aquellas historias eran mucho más importantes que cualquier medida.

—¿Extrañará los escenarios?

Preguntó.

La violinista reflexionó largo rato.

—No.

Extrañaré el instante en que el primer sonido sale del violín y deja de pertenecerme.

Porque la música nunca fue mía.

Solo pasaba por mis manos.

Aquellas palabras atravesaron a Clara.

Pensó inmediatamente en Lucienne.

En las costureras.

En todas las mujeres que habían trabajado en aquel taller.

Los vestidos tampoco les pertenecían.

Solo pasaban por sus manos antes de continuar su camino.

Cuando regresaron al salón principal, Adrien observó discretamente a la clienta.

Después se acercó a Clara.

—¿Qué has escuchado?

No preguntó qué vestido imaginaba.

Ni qué tela utilizaría.

Preguntó qué había escuchado.

Clara respondió sin vacilar.

—No quiere despedirse del violín.

Quiere agradecerle.

Adrien sonrió.




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