El bosque empezaba antes del cartel.
No había una línea clara entre el camino y la espesura, solo una sensación: el aire se volvía más frío, más húmedo, como si alguien hubiera abierto una puerta invisible. Marco lo notó en cuanto bajó del autobús. El conductor ni siquiera apagó el motor; dejó su maleta en el suelo y se marchó sin despedirse.
El silencio que quedó no era natural.
Frente a él, el camino de tierra descendía hacia un valle cubierto de árboles rojizos, tan densos que parecían tragarse la luz. Las ramas se entrelazaban arriba como si el bosque no quisiera que nadie mirara demasiado dentro. El cartel inclinado al borde del camino crujía con el viento:
“Límite de Avenal — Zona forestal restringida.”
Marco no creía en advertencias.
Pero tampoco ignoraba las sensaciones.
Ajustó la correa de su bolso y empezó a caminar.
El sonido de sus pasos desapareció rápido bajo la tierra húmeda. A cada metro, el mundo parecía más lejano: no se oían autos, ni voces, ni perros. Solo el roce del viento entre hojas secas… y algo más profundo, irregular, como si el bosque respirara.
Fue entonces cuando la vio.
A unos metros del sendero, entre los árboles, una mujer estaba agachada recogiendo ramas. Llevaba una camisa arremangada, botas embarradas y el cabello recogido sin cuidado. Cantaba en voz baja, como si el bosque fuera su casa y el silencio no le perteneciera.
No pareció asustada al notarlo.
Ni siquiera sorprendida.
Alzó la vista, lo observó apenas un segundo… y sonrió, una sonrisa clara, viva, fuera de lugar en ese paisaje.
—No deberías quedarte parado ahí —dijo con naturalidad—. Si no te mueves, el bosque cree que estás perdido.
Marco no supo por qué esa frase le dejó una incomodidad extraña en el pecho.
—Acabo de llegar —respondió.
—Sí, eso se nota.
Se puso de pie con facilidad, limpiándose las manos en el pantalón. Detrás de ella, entre los troncos, algo se movió. Un niño pequeño salió corriendo y se sujetó a su brazo con confianza, mirando a Marco con curiosidad silenciosa.
—Soy Luna —dijo ella—. Y él es Tomás.
Marco asintió, pero no respondió de inmediato.
Porque por primera vez desde que había llegado…
tuvo la sensación de que no era él quien había encontrado el lugar.
Sino que el lugar lo había encontrado a él.
Y el bosque, detrás de ellos, seguía respirando.