Mi niñez tuvo destellos de felicidad, pero nunca fue completa. Hubo risas breves, momentos que parecían normales, pero siempre estaban atravesados por sombras que, aunque entonces no sabía nombrar, ya comenzaban a habitarme.
Crecí rodeada de personas que, por lazos de sangre, debían cuidarme. Algunos de ellos eran mis propios hermanos, aquellos que se suponía que debían ser escudo y refugio. Sin embargo, fueron todo lo contrario. En lugar de protección, hubo maltrato. En lugar de cuidado, hubo dolor. Aprendí demasiado pronto que el hogar no siempre es un lugar seguro.
Tenía apenas ocho años cuando algo se rompió dentro de mí para siempre. Fui abusada. No entendía del todo lo que estaba ocurriendo, pero mi cuerpo y mi alma sí lo supieron. Desde ese momento, el miedo se volvió silencioso compañero, y la inocencia se me escapó sin permiso. Ese hecho no quedó en el pasado; se quedó conmigo, marcándome, acompañándome hasta el día de hoy, apareciendo a veces como recuerdo, otras como herida abierta.
Con el tiempo, cuando ya era un poco más grande, la vida volvió a sacudirme. Mi madre partió hacia otro país buscando quizás un futuro mejor, pero su ausencia dejó un vacío imposible de llenar. Nos dejó al cuidado de una hermana, y ahí comenzó otra etapa de desamparo. El esposo de ella nos echaba de la casa una y otra vez. Éramos solo niños: dos hermanos y yo, pequeños, indefensos, sin entender por qué no éramos bienvenidos en ningún lugar.
Recuerdo caminar sin rumbo fijo, cargando más miedo que pertenencias. Finalmente llegamos a casa de una tía. Allí nos quedamos un tiempo. No era el hogar soñado, pero al menos era un techo. Yo me aferré a esa mínima estabilidad como quien se aferra a un salvavidas en medio del mar.
Con la esperanza de que las cosas mejoraran, pensé en llamar a otra hermana para que nos cuidara en la casa de mis padres. Creí, ingenuamente, que esa decisión traería paz. Ella vino desde otra ciudad... y con su llegada comenzó lo que puedo llamar, sin exagerar, la guerra de mi vida y la de mis hermanos.
Desde ese momento, la infancia dejó de existir por completo. Empezó una lucha silenciosa, diaria, una batalla que no se libra con armas visibles, sino con lágrimas escondidas, con noches sin dormir y con un corazón que aprende a endurecerse para sobrevivir.
Ahí entendí que mi historia no sería fácil, que el dolor iba a ser parte del camino, pero también —aunque aún no lo sabía— que cada herida estaba escribiendo la fuerza que un día me permitiría contarla.