Mi Dios, se dijo a sí mismo dentro de su diminuta mente, él, levantándose del suelo despacio, cuidadoso, limpiando sus pantalones del fango en ellos con sus manos y contemplando con sus oscuros ojos abiertos, aterrados y asombrados, los descomunales barrotes de acero a pocos metros por delante, resguardando un monumental túnel de más de cien metros de altura, sobrecogedor en su extensión, extenso hasta donde alcanzaba la vista, cuyo fondo solo era oscuridad, ¿qué tipo de monstruos habría allí? ¿Pequeños como él? ¿Grandes como edificios? Sentía mucha curiosidad, hambre.