Raily se miraba al espejo. Su rostro era bastante blanco, casi pálido, y su cabello, rubio claro casi blanco, un hermoso cabello, le decía su madre cuando era amable. Sin embargo sus compañeros en el colegio no eran tan amables. Y su tez, su rostro, era delicado, fememino, demasiado para él, un chico. En eso, los comentarios de su madre superaban en crueldad a los de sus compañeros. Pero, ¿por qué? No lo sabía, no había indagado sobre ello, y en verdad temía hacerlo.
Siempre, aparte de colérica al ver su rostro cuando regresaba ebria a casa, parecía en el fondo tan nostálgica y triste, como anhelando al borde del llanto el recuerdo de algo... ¿Pero qué? Si algo había, ¿por qué su madre no le hablaba de ello? Al fin y al cabo, sabía que ella no lo odiaba, pese a lo cruel que podía mostrarse en ocasiones.
En ese momento quiso llorar, siempre era tan fácil para él echarse a llorar cuando pensaba demasiado la cosas. Pero se contuvo, no estaba ante el espejo para eso. Así que despacio, elevó el lápiz labial color rojo de su madre, que sostenía con una esbelta mano derecha, y con el corazón martillandole el pecho, empezó a aplicarselo sobre los labios.