El pueblo de Cantares era una pequeña localidad rural en una aislada zona de España, y allí se celebraba anualmente una peculiar festividad que consistía en pequeños desfiles donde se presentaban carruajes artesanales, casi siempre tirados por toros, siempre toros negros. Sin embargo, ¿qué era lo realmente especial de estos desfiles, de esta festividad? Pues, la temática.
Se celebraba y alababa a los demonios de Cantares. Los carruajes lucían macabras decoraciones en rojo y negro, en honor a los demonios; y aún más, algunos se disfrazaban de ellos, los llamados Diablos, que iban de aquí para allá saltando y bailando erráticamente entre la multitud que se reunía a los costados de las calles para contemplar el paso de los llamativos y macabros carruajes el día de la peculiar festividad, acosando a los niños presentes, amagando con secuestrarlos o simplemente asustándolos, lo que casi siempre terminaba en el llanto de los pequeños. Sin embargo, de vez en cuando ocurría lo impensable, la auténtica desaparición de un pobre niño o niña. Por lo cual, algunos de los miembros más jóvenes del pequeño pueblo rural de Cantares habían empezado a llamar a aquel día de festividad, el Día del Rapto.