Ellos bailaban en la pista, iluminados por una luz espectral como los rayos de la luna, a ojos de nadie, y rodeados solo por oscuridad.
Él, el esbelto y alto joven vestido en traje de rojizo tan oscuro que casi era negro, la sujetaba a ella por la cintura, en un delicado agarre, con el cual la guiaba en la danza en que estaban envueltos.
Ella, en un bellísimo y ajustado vestido color sangre, lo miraba a los ojos sin detenimiento al dar vueltas. Sus ojos dorados, y su sonrisa sincera y colmada de alegría, le parecían lo más hermoso y sincero que había observado en el temprano transcurso de su vida.