Completa Extraña

Capítulo 19

Lo que nadie te dice del amor no correspondido, es que no te duele el hecho de que no te quiera o te elija a ti, si no, saber que no es esa persona que idealizaste tanto.

Si bien ya es bastante trágico que no te elija, ser consciente de que no te amara como a ti te gustaría es aún más deprimente. Porque piensas que esa persona te va a corresponder como lo imaginas y cuando no llega, te sientes triste o decepcionado.

Y puede que quizá no es porque no te ame, sino porque no te ama como a ti te gustaría. Lo cual es totalmente válido.

Amas y extrañas a la persona de tu imaginación, aquella que es atenta, que dice chistes, que te hacen reír, que te consuela cuando estás triste, que te mima para que estés feliz.

Aferrarse a esa idea, a un imposible, un futuro que no existe, duele más que saber que no te ama.

Y todo eso fue lo que me llevó de vuelta a la oscuridad.

Aferrarme, me mantenía en una especie de limbo sin fin, no ayudaba pero tampoco empeoraba.

Sin embargo, todo eso solo me hacía cuestionar cosas que sabía su respuesta.

¿Realmente Ansel era tan importante en mi vida como para que me deprimiera de tal manera? La respuesta a ello era clara. No, no lo era.

Pero quería creer que sí, ¿Por qué? Muy probablemente se debía a esa parte rota de mí, aquella que él había roto hacía muchos años y que Ansel llegó a destapar.

Había estado tanto tiempo ahogándome que cuando toque una cuerda en las oscuras aguas, me aferré con fuerza a ella. A pesar de que esa cuerda no era ni de lejos lo que necesitaba.

Y en ese momento, fuera de esa oscuridad, podía ver a una Amaris pequeña, que yacía en un ovillo en un suelo fangoso, que por alguna razón, en algún momento decidí que era correcto cubrir su cuerpo con una especie de capa de invisibilidad.

No quería ver lo dañada que estaba, aquellas heridas de gravedad y cicatrices que debía tener por todas partes. Por qué prefería ocultar mi pasado para vivir bien, lo cual resultó ser una estupidez, pues es algo que siempre te sigue por más que trates de negarlo.

Quería esperar a que desapareciera, convencerme hasta el final de mis días que aquello nunca sucedió. A pesar de todos mis esfuerzos, aquello terminó pudriéndose, mientras fingía que esa parte de mí no existía.

Una vez que comprendí que no podía seguir así, que no importaba cuánto me esforzara por convencer a mi mente, mi cuerpo; tomé la decisión de quitar esa manta que cubría a esa Amaris a la que tanto aborrecía.

Me llevé una gran sorpresa cuando me di cuenta de la gravedad del asunto.

El estado de descomposición de ese cuerpo había hecho que la manta se pegara a la piel y hueso. Era como quitar la ropa de una persona con quemaduras de tercer grado.

Para sanar aquello que yo misma me empecine por ocultar sería un camino largo y doloroso, pues se trataba de desbridar la herida supurante.

Dolían demasiado esos recuerdos, nublaban mi mente y las náuseas se apoderaban de mí.

Podía escucharme, podía sentir mi agonía. Era yo, era mi yo de pequeña y no podía hacer nada por ayudarla.

Sanar, no es fácil.

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Sobre pensar las cosas era algo jodido que a mi cerebro le encantaba, llevándome a lugares recónditos y oscuros de mi pasado, cosas vergonzosas, errores garrafales, y por supuesto, situaciones traumáticas, las cuales solo ocupaba para autoflagelarse.

Con normalidad sufría ataques de ansiedad, los cuales podría mitigar con mucha facilidad siempre y cuando no me sobrepasara.

Pero en aquel momento, estaba más allá de poder reprimir esa sensación de pánico, amenazaba con desembocar todos esos sentimientos en plena clase.

La última semana había estado llena de sobre estímulos, crisis, tantas que me dolía el cuerpo en consecuencia de todo lo que mi cerebro quería callar.

Sentada en mi banca, moviendo la pierna con nerviosismo, las manos sudorosas, tocando con insistencia las yemas de mis dedos con el pulgar, el corazón latiendo con fuerza, con un pitido en mi oído gracias al mar de ruido que me aturdía.

Cuando el dolor se asentó en mi estómago, fue la señal de que todo se estaba descontrolando. Una punzada en mi pecho me hizo doblar, mientras trataba de respirar con dificultad.

Me recosté sobre la mesa de mi butaca, tratando de desviar mis pensamientos a cosas más agradables, pero la vista de esa Amaris en agonía ocupaba cada parte.

«¿Por qué ahora? ¿Por qué en este momento?»

Traté de respirar calmadamente, de contenerlo; sin embargo, el nudo de mi garganta crecía como bola de nieve.

Solo tenía que aguantar, como lo hacía siempre.

Tenía que aguantar hasta el final.

Esa bola de sentimientos que había estado conteniendo decidió que era buen momento salir a flote frente a casi treinta adolescentes, en su mayoría estúpidos, en un salón de clases donde estábamos repasando técnicas del dibujo.

El profesor había comenzado a dar su explicación final de la clase, reinando el silencio mientras su voz resonaba en las cuatro paredes.

De reojo podía ver a todos meter sus cosas disimuladamente a sus mochilas.

Solo un par de minutos y estaría afuera.

Cerré mis puños con fuerza clavando las uñas en mis palmas, tenía que concentrarme en algo, y el dolor punzante de mis uñas al clavarse en mi piel estaba funcionando bastante bien, estaba...

Comencé a hiperventilar.

El aire que respiraba comenzó a ser muy pesado, quería llorar. Las lágrimas quemaban mis ojos, tragar saliva se sentía como si hubiera tragado alfileres.

«¡Basta!».Me gritaba silenciosamente, para callar todo el ruido que mi mente hacía, lo que me acorralaba en lo más recóndito de mis recuerdos, de mi pasado.

No entendía por qué mi cuerpo estaba reaccionando de esa manera, no había peligro. Sin embargo, en mi mente, estaba en peligro.

Me había acercado demasiado al precipicio y este comenzó a resquebrajarse.




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