Complicado

Capitulo 5: Sin Valor

Scarlett

—¿Qué? No puedes creerle —gritó—. Soy tu hijo.

El hombre le dedico una mirada poco impresionada antes de decir.

—Justamente por eso —respondió con simpleza—. Sé que lo que ha dicho es cierto, no soy ciego. Te conozco. Puede proceder con el papeleo, le servirá el escarmiento.

—No, no lo acepto. No te saldrás con la tuya. No seré expulsado por un estúpido audio. Ella pudo pagarle para que dijera eso, ¿no se dan cuenta? Es un estúpido truco. No puedes creerle. Soy tu hijo.

—¿Hasta donde quieres llegar? —hablé de pronto, un ligero tono inocente, lo suficiente para que el director no subiera sus alarmas conmigo, no permitiría que se atrevieran de colgarse de algo tan trillado para desmontar mi coartada—. ¿Quieres que el director revise las cámaras?

La mirada del idiota viajo hasta mí, clavándose en mis ojos.

—¿Qué? No es nada descabellado. —Me volteé hacía el director, ciertamente yo no tendría nada que temer, siempre y cuando no revisaran de más, manteniendo la sonrisa inocente en mi rostro, confié en que el troglodita a mi costado, carecería de las neuronas suficientes para delatarse por sí mismo—. ¿Podríamos verlo, director? Solo para terminar este pequeño altercado, no quisiera robarle más tiempo y que dejara de atender asuntos más importantes —mi tono inocente y dulzón de forma exagerada, no importaba, podía hacer el ridículo siempre que eso me ayudará a salirme con la mía.

El director no respondió, dedicándome una mirada evaluadora.

Fabián, por otro lado, parecía no comprender el significado de la palabra calma. Su postura, su tono, las palabras que salían de su garganta, la furia en sus ojos. Me hizo acordar a un perro rabioso que conocí hace años, uno que fue sacrificado por destrozarle el brazo a una recién nacida. Una pequeña sonrisa apareció en mis labios, sería mucho pedir que a este tipo tuviera el mismo destino.

Quizá sí.

La idea de que para eso tuviera lugar, tuviera que dejarme destrozar no me entusiasmaba demasiado, sin embargo, había más formas de acabar con un perro.

—Silencio —ordenó el director, atrayendo mi vista hacía él de nuevo.

—Si la idea te molesta tanto —comencé, mi voz demasiada pequeña, incorporando el miedo en mi tono con cuidado, debía ser creíble—. Puedo conformarme con una disculpa —mascullé, mentí, ver su cara retorcerse, aceptando que perdió, sería reconfortante.

Escuche la puerta ser golpeada, azotada cuando Fabián abandonó la oficina. Su padre lo siguió luego de darle una mirada al director, no pude comprender bien que significaba exactamente, pero el director asintió, el enojo en sus facciones disipándose un poco.

El silencio se acentuó en su oficina. Cuando su mirada por fin recayó en mí, se sentó.

—Puede retirarse —concedió con neutralidad, sin ningún atisbo de vergüenza o arrepentimiento por haberme, erróneamente inculpado.

—Gracias. —La dulzura en mi tono, esperando que le remordiera la conciencia si es que tenía un poco de eso.

Pude respirar con tranquilidad una vez que cerré la puerta tras de mí. Encendí mi móvil para ver la hora, no debía haber pasado mucho tiempo. Unos veinte minutos. No fue demasiado, podría regresar al aula, de hecho, es lo que debería hacer, sin ni siquiera plantearme otra alternativa.

Aún así, luego de casi ser expulsada por las patrañas de ese... mi mente tardó un poco en encontrar un adjetivo lo suficiente repulsivo como para describir al sujeto, varías alternativas se instalaron en mis labios, ni una sonaba particularmente bien, ese tipo era un salvaje, un ser nefasto, con poca capacidad mental, era un retroceso en la evolución humana, un hombre de las cavernas, un... cavernícola.

Sí.

Cavernícola.

Le quedaba.

Un suspiró cansado salió de mi garganta, en este instante, mientras caminaba, lo único que deseaba era empapar el rostro en agua fría, enfriar mis pensamientos, relajarme y esperar a la salida sin otro inconveniente. No es que de pronto hubiera empezado a tener miedo o alguna locura parecida, solo..., puede que fuera una persona muy reactiva, pero después de haberme involucrado con cada desquiciado que tuviera un problema conmigo, un pequeño momento de tranquilidad no se me hacía nada despreciable.

Así que continué, buscando un baño.

Baños.

Mi mente recordó, siendo consiente de lo que ello implicaba.

Mis pies se detuvieron.

Bueno, al parecer ese no era un lugar seguro para poner la mente en blanco. Aunque, la pregunta rondo en mi cabeza, ¿Lincy estaría allí todavía? Había pasado poco más de dos horas. Alguien debió haberle dado un cambio de ropa o quizá utilizó el incidente a su favor y salió de aquí. Si tenía alguna neurona funcional, la rubia sin duda habría elegido la segunda alternativa.

Aún sin estar del todo convencida, mi mirada recorrió la longitud del pasillo y luego viajo hacía el techo. Este lugar era inmenso, aunque fuera a los baños, me encontraba en un ala diferente a la que Beverly me había llevado, así que aunque las neuronas de Lincy hubieran desaparecido era poco probable encontrarme con ellas. En todo caso, tenía oídos y el llanto estridente de la rubia funcionaría como alarma para no acercarme.

Mis pies avanzaron, las caminatas también eran relajantes. En especial cuando podía disfrutar de una vista enriquecedora. Si había algo que tenía que conceder a este lugar, era el cuidado con el cual cada espacio estaba decorado. Mis ojos se perdieron un poco, en el acabado de las ventanas y en el relieve de las paredes, específicamente en los patrones repitiéndose una y otra vez. Quizá esa fue esa la razón por la que no noté lo que ocurría al final de pasillo.

Cuando estuve a punto de doblar a la mano izquierda. Unos gritos a lo lejos me despertaron, con la suficiente fuerza para regresarme al presente a pesar de no ver a nadie al rededor.




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