Complicado

Capítulo 7: Nueva niñera

Fabián

Maldita sea.

Mis ojos no dejaban de ver al estúpido reloj.

Cada maldito segundo registrándose, jodida mierda, ¿por qué esa idiota aún no enviaba el maldito mensaje?

Dije que lo pensaría.

Pura mierda. Sino fuera por esa maldita grabación nada de esto estaría pasando. Pero quien mierda es tan psicópata para llevar una grabadora en el bolsillo. Estaba enferma. Y por su culpa me estaba enfermando a mi también.

—Señorito, ¿prefiere la roja o la marrón?

Ese era otro puto problema.

Mi padre había ordenado a la servidumbre que hiciera mis maletas. No importaba cuantas veces haya querido sacar a esa anciana desquiciada de mi habitación, regresaba la maldita. Aparentemente tenía que apurarse para meter las maletas en el auto que me estaba esperando en la plata baja.

Mis manos subieron por mi cabeza, si pudiera arrancar cada uno de mis cabellos lo haría. Uno por uno, hasta que me internaran en un psiquiátrico. No importaba. Eso era mejor que ir con esos viejos.

—Señorito, faltan cinco minutos, debería bajar.

—¡Silencio! —vociferé estrellando mi puño contra la pared—. Lárgate.

—Señorito tenga cuidado —el tono amable me enfermaba en lo más profundo, es una maldita sirvienta, tendría que obedecerme—. Se podría lastimar si...

—¡Nadie te ha pedido tu opinión! ¡Tu estas aquí para servirme! ¡Obedece y lárgate! —probé otra vez, esta vez con más fuerza.

—Señorito, baje la voz o su padre...

—¡No necesito un puto consejo de una sirvienta! —bramé caminado de un lugar a otro. Iban a volverme loco—. ¡Ya he tenido suficiente por hoy!

—Señorito, ¿Cuál abrigo quiere? —me pregunto la sirvienta, por más que me esforzaba por hacerla resentir no lo conseguía.

¿Qué demonios le pasa a la gente? Habrían enloquecido de pronto. Esto no era posible. Mi padre debía entrar en cualquier momento, diría que esa maldita había aceptado. Primero muerto a ser su juguete, pero tenía que aceptar, mañana podría deshacerme de ella a mi gusto. Vería quien soy en verdad, se arrepentiría, tan fuerte que suplicaría por mi perdón.

Mis manos se relajaron un poco.

Sí.

La imagen era satisfactoria.

La puerta se abrió, captando mi atención. Vislumbre la silueta de mi padre, ingresando.

Sí. Esa maldita por fin había enviado el puto mensaje.

—Por fin lo mando, es una... —mordí mi lengua, cuando estuviera solo la insultaría como quería, pero delante de mi padre sería una excusa más para enviarme a ese dichoso lugar.

—No.

Mi pulso se aceleró.

¿A que te refieres con "no"?

De pronto, un revoltijo apareciendo en lo más hondo de mi estomago. Sí. Estaba enfermo, maldita sea.

—Fabián, ella no acepto. —Maldita, me las pagará, tuvo su jodida disculpa y no fue suficiente, solo quiso humillarme, me las pagará a como de lugar—. Solo subí para informarte que agarres tus maletas y subas al auto —ordenó con indiferencia.

—No. Pierdes tu tiempo. No iré con esos viejos decrépitos. Golpéame, átame a un poste o échame de la casa, pero yo no iré con ellos.

La mirada de mi padre se volvió oscura. Él odiaba que lo desafiara, pero luego de dieciséis años, debía haberse acostumbrado.

—Piensa bien tus palabras, puedes ser hijo mío, pero eso...

Un sonido lo interrumpió, un pitido en el bolsillo de su pantalón.

Mis ojos fijos en ese lugar.

Maldita sea, estas jugando conmigo hasta el último segundo.

***

Scarlett

Echada en la cama de mi recamara, con la cabeza suspendida sobre una de mis almohadas, mantenía la mirada fija en la pantalla de mi movil.

Bueno, hace un par de horas ya había tomado la desición.

Aún así, mandarlo demasiado a prisa no era mi estilo, en cambio, imaginar el martirio de incertidumbre que hundía el cuerpo del cavernícola era mucho más divertido.

—¿Ya lo enviaste? —me preguntó papá mientras cogía unas lapiceras de mi escritorio.

Al parecer estaba trabajando en una especie de mapa mental para uno de sus casos, los plumones rojos se le acababan con demasiada facilidad.

—No —respondí con un tonito contento porque estaba contenta, tenía un par de ideas rondando mi mente—. Quiero que sufra un poco más.

—Las personas no son juguetes.

Mi ceja se arqueó.

Okey eso podía tener su margen de verdad, pero, eso jamás saldrían de la boca de mi padre, el simplemente no era de ese modo. En cualquier otro momento quizá lo hubiera dejado pasar, si fueran eventos aislados con una separación de tiempo prolongado, pero esto. Se estaba comportando demasiado extraño.

Una cosa es que quisiera que me controlará y otra que dijera que las personas no podían ser cosas usadas para nuestra diversión. Quiero decir, él me enseño a hacerlo, fue lo que presencié en cada caso que defendió, el destelló en sus ojos, la rapidez con la que podía poner a todos en contra de quien le convenía, como deslizaba sus pies sobre el juzgado como si fuera una pista de baile. Sus contrincantes se veían estresados, visiblemente cansados, mi padre mantenía su postura, hasta se permitía compartir chistes internos con el juez sin levantar sospechas.

Era un juego.

Todo lo que no fuera él y yo, era un juego.

Así que mantuve la mirada fija en él, intentando descifrar quien era la persona que tenía en frente.

—¿Entonces con que voy a jugar? —pregunté, hasta cierto punto, realmente quería una respuesta.

—Eres lo suficientemente inteligente para responderte esa pregunta.

Fruncí mis labios, sentándome al borde de la cama. Quería una respuesta real y mi padre aún no había salido por completo.

—Si hay un árbol de mazanas y tengo hambre, cogeré una manzana. Eso no me hace mala persona.

Mi padre dio un par de golpecitos con los dedos en la puerta. Un ligero tamborileo, debía estar sonriendo, aunque no podía precisar si era por algún sentimiento positivo, esperaba que sí.




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