Complicado

Capitulo 9: Desplazando sentimientos

Scarlett

Me apresuré a ir a los baños, dejando a Leonel con el maldito de Fabián, correr no parecía una mala idea y menos cuando nadie podía verme.

Al llegar lo primero que hice fue colocarme frente al espejo.

Demonios, esta horrible.

Una asquerosa oleada recorrió mi cuerpo, Leonel probablemente debió haber comprendido lo que paso y si no, sería cuestión de tiempo que las marcas rojas que se extendían por mi cuello era culpa del maldito de Fabián.

Al menos había tenido la delicadeza de no mencionarlo explícitamente. Era menos humillante de esa forma.

Trabe la puerta de los baños, una pequeña oleada de seguridad acaricio mi piel, no fue lo suficiente para sentirme segura, aún así, basto por el momento. Urge en mi maletín, buscando una pequeña cosmetiquera.

Nadie podía ver las marcas en mi cuello. Nadie.

Así que, conteniendo el asco, mire al espejo, para saber las partes precisas que debía maquillar. La parte complicada no fue cubrir las mañanas rojizas, fue contemplar mi imagen frente al espejo.

Lo odiaba. Odiaba la paranoia en mis ojos al todavía ver aquellas marcas en mi piel cuando el maquillaje ya había logrado ocultarlas por completo.

Mierda. No era suficiente.

Estaba mal, mi cuello estaba mal, dolía, un poco, no demasiado, solo si presionaba, solo si recordaba.

Maldita sea.

Camine por el baño, alejándome del espejo, tratando de calmarme. No funcionaba, lleve las manos a mi cuello, acariciándolo, protegiéndolo, se sentía tan mal tenerlo al descubierto, indefenso, vulnerable, si al menos pudiera cubrirlo con alguna pañuelo. Cualquier cosa que no me hicieran ver esas asquerosas marcas.

Nadie sabrá lo que paso, tenía que calmarme. Nadie podría adivinar que me habían ahorcado y que fui tan inútil como para poder hacer algo al respecto.

Adelaida y Catalina tampoco sabrían, solo tendría que fanfarronear que me libre de nuevo.

¿Fanfarronear? ¿Así lo llamaría ahora?

No.

Respire hondo, volviendo a colocarme frente al espejo, aleje mi vista de mi cuello, esta vez, por un segundo, se quedo sobre el moño abultado que adornaba mi cabeza.

Puede servir.

Levante ambas manos, destruyendo el moño con intensidad, no importaba si dolía, al menos mi cuello estaría cubierto. Lo estuvo, con el cabello suelto, algunos mechones esparcidos cuidadosamente para ocultar cualquier rastro.

Volví mi vista hacía el espejo, mi respiración se estabilizo un poco, no demasiado, pero ayudo. Continúe mirando, peinando los nudos de mi cabello con los dedos, detestaba el cabello enmarañado, fue una de las razones por las que prefería mantenerlo sujeto. Escudriñe en la cosmetiquera buscando un pequeño peine, lo encontré, no tan rápido como quise, pero no importó, peine mi cabello, mi mirada fija en el reflejo de mi cabello, desenredando una y otra vez.

No me detuve hasta que mi respiración volviera a regularizarse, plana, uniforme, controlada. Antes de guardar todo en mi maletín, moje mi rostro, el agua del grifo enfriando mis emociones, pensamientos, todo, lo hice de nuevo y una vez más y otra. Volví a observar mi reflejo, mi rostro goteando, las puntas de mis mechones mojados, mis manos empapadas apoyadas contra el mármol del lavabo, no podía reconocerme.

Respiré hondo cuando la campana sonó.

Bien. Era hora de salir.

Sequé mi rostro, con la vista fija en la puerta trabada, en cualquier momento alguien trataría de ingresar, tendría que abrir, harían preguntas.

Mi pulso se aceleró, cogí mi maletín y salí de inmediato, con el rostro aún un poco húmedo.

Esperé un poco para ingresar a la siguiente asignatura, rehusándome a ingresar a un lugar con pocas personas. Cuando me autoconvencí que quince estudiantes era un número decente, ingrese, la clase fue lo suficiente exigente como para concentrarme cualquier cosa que no fuera mi cuello. Funciono. Salvo quela clase termino demasiado rápido.

No importaba que estuviese en un lugar con muchas personas, mi mente no lograba eliminar lo ocurrido con el maldito de Fabián, de hecho, parecía tener una especie de obsesión con recordármelo una y otra vez, causando repulsión de mi propio cuerpo, asco por lo débil e indefensa que me vi. Si tan solo mi patada hubiera alcanzado su pelvis, si le hubiera dado un puñetazo en el rostro, si hubiera oprimido mi dedo contra su ojo hasta hacerlo reventar, si lo hubiera mordido tan profundo hasta que su piel se pudriera, si yo...

—Scarlett.

La voz me despertó.

Parpadeé un poco, intentando reconocer el lugar en donde me encontraba.

¿Dónde estaba?

Mis sentidos se agudizaron. Mi piel sintió calosfríos.

No había nadie a la vista, había una fuente y alguien con la voz de Leonel estaba en frente.

—¿Cómo llegue aquí?

La sorpresa en mi tonó me asustó, esa, ¿esa era mi voz?

Leonel no mostro reacción, fue tranquilizador. Quizá estaba paranoica, de nuevo, o quizá ni siquiera le importaba. Como sea, servía.

—No lo sé. Te vi caminando mientras murmurabas algo.

¿Qué?

No podía permitir que esto siguiera avanzando.

—Necesito tratar un tema contigo.

La desconfianza reinó en mis ojos por un momento. Bueno, si me negaba, levantaría más sospechas, ¿verdad?

Asentí, sin estar de humor para una conversación, de hecho no estaba para ningún humor que implicara quedarme sola con una persona que apenas conocía. Al menos no había paredes cerca, muros tampoco, respiré un poco, bien. Podía con esto. Era una charla. No tenía que ponerme incomoda, Leonel no se veía como si fuera a atacarme.

Maldita sea, las nauseas subieron por mi garganta. ¿Realmente eso es lo que acabo de pensar?

Maldita sea, todo era culpa de ese maldito, debí haberle pisado el cuello y presionar hasta que se rompiera. Respire hondo, aplacando la rabia que nacía en mis venas, renunciando a mi fantasía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.