Complicado

Capitulo 10: Sensaciones Desagradables

Scarlett

Fue normal.

O es lo que mi mente repetía una y otra vez.

Las manchas en mi cuello ya habían desaparecido, así que para el tercer día no era necesario usar maquillaje, aún así me encontré colocándolo de forma compulsiva, al igual que los mechones de mi cabello alrededor.

Mis problemas habían menguado considerablemente, o era una forma distorsionada de verlo. Lincy, no fue un problema, no uno del que tuve que lidiar quiero decir. ¿Hubieron provocaciones? Sí. ¿Respondí con ingenio y desdén? Me gustaría decir que sí, pero la seguridad era una cualidad que poco a poco iba desgarrándose de mi piel. La parte rescatable era que Leonel había cumplido su parte del acuerdo, por lo cual la mayor parte de la pelea se la llevaba él.

No parecía disgustarle, de hecho más de una vez recuerdo haber visto como la comisura de su labio se levantaba ligeramente. Puede que solo haya interactuado con él dos veces, de forma prolongada, quizá me estaba precipitando en sacar una conclusión, pero Leonel parecía gustarle ser del tipo controlado, era una de las razones por las cuales no comprendía su comportamiento alrededor de la rubia plástica. Lincy parecía ser una clase de excepción.

Así que me dedique a estudiarlos. Era entretenido hasta cierto punto.

Después de todo, cualquier cosa sería catalogado como entretenido siempre que me disuadiera lo suficiente para evitar que recuerdos desagradables se colaran en mi mente.

Catalina y Adelaida también ayudaron, para mi sorpresa, cuando tuve la delicadeza de apaciguar mis prejuicios y comenzar a poner atención en lo que decían, podían ser, no tan aburridas, incluso me encontré sonriendo ante uno de los comentario ingeniosos de Catalina.

Todo se sentía extraño, como si las cosas que estuviera viviendo no me pertenecieran. Como si no fuera yo la persona que caminaba en los pasillo y subía al auto de mi padre.

Las charlas con él habían disminuido un poco, al menos las charlas en el auto, después de todo, por mi lado no había mucho de lo que sentirme orgullosa para contar. Por el suyo, a veces, no podía concentrarme en las palabras que salían de su boca, así que quizá el distanciamiento no era precisamente culpa suya.

La noche anterior, luego de dar vueltas en mi cama, había decidido visitar a papá, nuestras habitaciones estaban frente a frente, separadas por el pasillo de la planta superior. Su puerta siempre permanecía sin seguro, así que jalar de la manija no fue problema. Cuando lo vi tendido en la escuridad, cierta envidia se inundo en mi cuerpo.

Mi padre estaba durmiendo, placido, tranquilo. Durmiendo de lado, su cuarto debidamente ordenado y su ropa planchada en la mesa de descanso para apresurar la salida el día siguiente.

Nada en su vida había cambiado.

Me senté al borde de la cama. El frio calando en mi piel, las ventanas estaban cerradas y había calefacción en todas las habitaciones, así que lo más probable es que fuera psicológico o que hubiera desarrollado una extraña enfermedad aún no descubierta.

—¿Te encuentras bien?

La voz de mi padre salió aterciopelada, medio sentándose en la cama, apoyado superficialmente sobre su brazo derecho, mirándome con detenimiento. Ya había sacado a flote la conversación con anterioridad, dos veces, fracasando en hacerme obtener una respuesta clara. Esta vez no sonaba así. La preocupación era lo único que podía detectar, latiendo en sus ojos grises, en la oscuridad, era lo único que podía ver.

Me derrumbe en sus brazos en menos de tres segundos, acurrucándome contra su pecho. Se sentía seguro estar aquí. Se sentía bien. Era mi papá. Papá. Él podría protegerme, él podría acabar con media ciudad si se lo pidiera, él podría.

Yo no.

Lo abrace con fuerza, como un mono que ve por primera vez a su mamá. Mi padre me cubrió con la sabana, colocando su mentón sobre mi cabeza, envolviéndome con sus brazos. La calidez llego a mi cuerpo, la tranquilidad también, como si esto hubiera sido lo que estuve buscando los últimos dos días.

El miedo salió de mi cuerpo, la seguridad extendiéndose por mi piel, cubriéndome. Alejando aquellos recuerdos de mi mente, aunque quizá por lo fuerte que estaba cerrando los ojos, no del todo. Aún llegaban pequeños chispazos a mi psique, haciéndome estremecer.

A mi padre jamás le habría pasado algo así. A él nadie lo detenía. A él todos lo temen. A él lo respetan.

Quería ser como él. Quería ser él. Quería ser mejor que él. Quería tener la seguridad que desprendían sus ojos en cada tribunal. Quería reír con el mismo asco cada vez que viera a mi contrincante ser esposado como un animal. Quería su poder. Quería sentirme a salvo.

En el fondo esa era la verdadera razón por la que aún no le había contado a mi padre o al señor Brown. Estuve tentada a hacerlo, mis dedos habían redactado el texto algunas horas atrás, pero mi pulgar se negaba a presionar el icono de color verde. Estuve así durante una hora.

Si lo enviaba no habría vuelta atrás. Lo trasladarían con sus abuelos o a un reformatorio. No lo volvería a ver, nunca más. No es que no me gustará, de hecho, cuando llegó a mi mente fue muy reconfortante, pero luego, cuando lo analizaba con detenimiento la sensación asquerosa que latía en mi piel no desaparecía.

No era lo que necesitaba.

No era lo que quería.

Yo quería.

Quería hacerlo pagar, con mis manos, con mis palabras, con mi mirada. Quería que se hincará a suplicar. Quería que se retorciera. Quería que me temiera. A mí. Solo a mí. Quería destruirlo tan hondo que se pudriera en vida. Quería ser capaz. Quería hacerlo yo.

Mi padre dejo un beso en mi frente antes de dormirse, lo note, era su forma de desear buenas noches. Mi mente cedió también, poco a poco apagándose.

***

Creí que cuando amaneciera sería despertada por una larga lista de preguntas, cada una más difícil que responder que la anterior, no tenía intensión de ser interrogada tan temprano, así que mientras me ocultaba entre la sabanas con los ojos cerrados, decidí dormir un poco más.




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