Scarlett
Cuando cerré la puerta de mi casa, un sentimiento nuevo me inundo, no era miedo, en contra de mi voluntad había aprendido a reconocer cuando ese sentimiento se colaba en mi piel, quizá era ansiedad o emoción o el impulso de no dejarme vencer.
Impulso.
Respiré hondo.
Luego de haber pasado cinco horas recostada en la cama de Adelaida, había tenido el tiempo suficiente para reflexionar. Puede que al principio me haya costado reconocer algunas actividades impropias en mí, pero ahora, al haber escarbado cada recuerdo en profundidad, fue algo más que vergonzoso lo evidente de la respuesta.
Fui impulsiva.
Desde el pleito con Fabián, Lincy, Beverly y... bueno, con Leonel había logrado mantener la compostura, también era con el único de los cuatro con quien podía sostener una conversación civilizada, o bueno, una que no terminara en una amenaza homicida.
Volví a respirar hondo.
Yo no era así.
Yo era mejor que esto.
La impulsividad jamás fue la vara con la cual me manejaba, pese a como pude haber actuado en los días anteriores, yo era más racional, o solía serlo. Aunque me enfadara admitirlo, puede que el exceso de seguridad me hubiera jugado en contra, quiero decir el año anterior fue fácil reducir a los brabucones en mis súbditos abnegados, un par de palabras bien usadas y cada uno ocupo el lugar que le correspondía, ahora por el contrario, parecían tener una mayor resistencia.
Subí a mi habitación con la resignación tatuada en mis facciones. Si quería que mi realidad volviera a ser dictada por mí, tenía que volver a escuchar a mi cabeza. Pensar las cosas, analizarlo tanto que no existiera la posibilidad que un misero cable suelto se convirtiera en un incendio, o bueno uno que no tuviera la capacidad de apagar.
No.
Justo por eso había acabado así.
Me había permitido fallar, me había permitido dejar estúpidos cables para extender mi diversión, mi curiosidad. El resultado en definitiva no era el que había previsto. Por el momento, hasta que no recobrará, hasta que no consiguiera el control de sus cuerdas, no dejaría nada al azar, aún si eso lo volvía metódico y aburrido.
Las comisuras de mis labios se levantaron, bueno, jamás sería aburrido moldear una persona a mi antojo, o varias para ser más exactos.
Me puse en cuclillas luego de unos minutos, cuando nos mudamos había escondido una pequeña caja debajo de alguno los muebles, bueno solía esconder muchas cosas, no por temor a que mi padre los encontrará, me gustaba una buena investigación y por más ágil que fuera mi cerebro solía fallar en algunas cosas, como por ejemplo recordar en donde guardaba ciertos instrumentos, tampoco ayudaba que tuviera varios escondidos en diferentes lugares de la habitación.
Una solución rápida era coger mi móvil, abrir un par de carpetas y dar con la ubicación de la caja. Lo haría, pero al parecer estar tirada en suelo con el brazo extendido debajo de un mueble, en mi cabeza, era mucho más divertido.
Me tomo diez minutos encontrar la caja, al parecer la había colocado detrás del armario. Me sorprendía que no lo hubiera notado antes considerando que era mi lugar predilecto para esconder cosas de valor.
Mi ceño se frunció cuando quite la tapa de cartón, apreciando el interior, casi me daban ganas de arrojarlo debajo de la cama y fingir que no existía.
Respiré hondo.
Esta fue la principal razón para volver a casa y no ceder ante las peticiones de Adelaida y Catalina. Luego de una larga exposición de porque sí debería ir con ellas a la fiesta de Bienvenida cometí el error de aceptar. Una parte de mí porque quería que se callarán y la otra movida por la principal causa de mis males, la curiosidad.
Mis ojos se volvieron a posar en los artefactos dentro de la caja de cartón, estaban cubiertos de polvo, prueba que jamás los había sacado y de no haber experimentado el miedo, nunca me habría tentado a replantearme su utilidad.
Pero, aún si era una patada en mi ego, me encontraba en desventaja. De no llevar al menos una de estas chucherías, no tendría la confianza suficiente para poner un pie dentro del santuario de depravación al que me veía obligada a asistir.
Introduje mi mano y sostuve uno de los objetos, el recuerdo aún vivo en mi memoria cuando mi padre me lo compro. Acaricie su superficie, no era tan duro como cuando lo sostuve a mis seis años, mientras lo apretaba contra los dedos me acostumbraba a su textura gomosa y suave, encajaba perfecto, como si perteneciera en mi mano, su tonalidad oscura me gustaba, contrastaba con los bordes metálicos de la punta, brillaba. Mis ojos no se despegaron del objeto, acariciando un poco la parte lateral, encontrando el botón demasiado rápido, mi pulgar se mantuvo ahí, dudando en presionar, hasta que lo hizo.
Mis viajaron hacía la pequeña chispa de electricidad que se extendía en la punta del objeto, admirando, imaginando como se sentiría hincar la punta en alguien más, como sus músculos temblarían hasta caer contra el suelo, un saco de huesos sin voluntad listo para moldear. Mis dedos se apretaron contra el objeto, oculto, tan pequeño.
Eres pequeña, necesitas protegerte.
El pensamiento atravesó mi mente, mis dedos se extendieron al instante, soltándolo como si quemara, probablemente habría sonado al caer contra el suelo, si lo hizo mis oídos no lo registraron.
Sí.
Ese fue el problema, racionalmente comprendía que mi padre no lo había echo para humillarme, pero no podía evitar sentirme de ese modo. A los seis años, la molestia no había sido tanta, quizá lo suficiente para poner el objeto en la caja y jurar nunca usarla.
Me había prometido nunca ser tan pequeña como para necesitar un objeto que completara mi deficiencia. Me había prometido no ser deficiente.
Yo podía.
Yo podría defenderme sola. Ser capaz. Lo suficientemente capaz para no depender de algo, de alguien. Si lo usaba, si yo iba y lo usaba, estaría firmando mi sentencia. Estaría aceptando que era pequeña, diminuta, que jamás seria tan buena, que siempre necesitaría de un objeto para sentirme segura. Ya era bastante malo tener que depender de mi padre como para colocar otro grillete en la cadena que envolvía mis manos. Necesitaba hacerlo sola, probar ante mí misma que si veía, que sí era capaz.
#351 en Joven Adulto
#504 en Detective
#420 en Novela negra
amor odio, misterio comedia verdades y mentiras, manipulacion mental
Editado: 05.03.2026