Complicado

Capítulo 16: Cosas extrañas

Scarlett

Era consiente que eran cerca de las cuatro de la mañana. Parada frente a la puerta de la casa, sabía que, bueno no, jamás había llegado tan tarde sin la compañía de mi padre, así que sí, cualquier cosa que pasara no podía preverlo.

Luego de introducir la llave y que el cerrojo cediera, me asomé por la puerta. Mi ceño se frunció al encontrarme con la misma imagen al salir.

—¿Papá?

¿Hasta ahora no había vuelto? ¿Cómo podía no haber llegado? Okey. Esto empezaba a asustarme.

Luego de salir de aquella Bienvenida, creí que al llegar estaría más tranquila, pero a medida que avanzaba, me daba cuenta de mi error. El sofá no tenía ni una arruga y la habitación de papá aún seguía vacía. Recordaba su nota, pero esto era ridículo. Mi padre no era un hombre que trabajará de amanecida. El solía decir que solo los débiles de mente se dejaban explotar por sus superiores.

Mi padre no era ningún débil de mente.

Me puse a buscar mi móvil. Debía llamarlo. Luego de la quinta llamada que entro al buzón de voz, mi pulso comenzó a acelerarse.

Esto no tenía ningún precedente. ¿Si le había pasado algo malo?

No, era ilógico. Mi padre tenía un manto invisible que lo cubría de cualquier accidente, y sí por manto invisible me refería a mafias y bandas organizadas a los cuales mi padre había salvado sus cuellos de la pena de muerte.

Así que esa idea quedaba descartada.

No me tranquilizaba en absoluto.

¿Dónde estas?

Aún permanecía en la segunda planta, revisando cosas en su habitación que pudiera darme cualquier indició de donde se encontraba. Cuando de pronto escuché un ruido en el primer piso. En una fracción de segundo ya me encontraba en el portico con los brazos envueltos en el hombre que acababa de llegar.

—¿En donde te habías metido? —pregunté con los sentimientos a flor de piel.

No es mi culpa que me pusiera tan sensible cuando se trataba de mi padre. Era lo único que tenía, sin él, estaría completamente sola.

—Scarlett —me llamó, aún manteniéndome cerca con una mano acariciando mi espalda y la otra sosteniendo un maletín—. Estas asfixiándome.

Una instintiva sonrisa adorno mi rostro. Con lentitud desenvolví mis brazos de su cuello. Lo inspeccioné por unos segundos. No parecía herido y no, ninguna mancha de sangre brotaba de su cuerpo. Mi respiración se tranquilizo, no lo suficiente para comenzar a enojarme con él.

—¿Dónde estabas? —volví a preguntar cuando de pronto un aroma llego a mis fosas nasales.

Aspiré. Ese olor era nuevo. Me acerqué un milímetro. No era el aroma de mi padre y menos el mío. Olía diferente.

—¿En donde estuviste? —repetí al no poder detectar de que era ese particular aroma.

Por un segundo pensé que era licor. Que ridiculez. Mi padre no bebía. Además, no era todo lo que podía oler, había otra esencia más ligera. Demasiado ligera para retenerla en mi olfato por mucho tiempo.

—En el trabajo —respondió con normalidad mientras pasaba por mi lado y dejaba el maletín sobre la mesa—. Un cliente me pidió que lo ayudará con algunas cosas.

Eso no me dejaba nada tranquila.

—¿No podía esperar hasta mañana? —increpé mientras lo seguí por la cocina.

—Si puede —avisó agarrando una jarra y sirviéndose un vaso de agua—, podía —corrigió antes de ingerir el liquido de una solo bocarada.

Respiré hondo, esperando algo más.

Mi padre era del tipo que hablaba a medias, pero eso no aplicaba conmigo. Hasta el día de hoy.

Resople algo más que enfadada cuando escuche otro bostezo. Debía estar cansado o de lo contrario sus pisadas no se habrían dirigido hacia las escaleras sin ni siquiera despedirse. Mi vista se fijo en el saco que había dejado sobre el borde de la mesa cuando claramente padre odiaba dejar la ropa regada por doquier, me lo enseño a los cuatro años. Mi vista volvió hacía la prenda. Lo más lógico era que yo también subiera a mi dormitorio. Faltaría poco más de dos horas para que amaneciera. Faltaría poco menos de dos minutos para que yo enloqueciera con la tarjeta que acababa de encontrar en el bolsillo.

Bien. No podía quedarme sentada en la cocina hasta que amaneciera. Menos podría quedarme a esperar que mi padre bajará y me encontrará con esa tarjeta en las manos. Con pasos presurosos subí a mi dormitorio y me tire en la cama aún con la mirada fija en aquella tarjeta.

Traté de modular mi respiración. Entre mi padre y yo no habían secretos.

Bueno, puede que bajo las nuevas circunstancias de esta noche yo era la menos indicada para jactarme de eso, pero aún así. No lo escusaba. Detestaba haberle puesto el pestillo a la puerta y detestaba aún más el nudo en mi estomago.

No.

Por algo tan banal como una simple tarjeta de presentación yo no echaría a la borda todos los años de honestidad y confianza ciega que nos tuvimos, aún teníamos, el uno con el otro.

Un bostezo repentino adormeció mis pensamientos. Mi mirada cayo sobre el reloj.

Dormir.

Debería dormir.

Sería imposible dormir sin guardar el número que estaba escrito en aquella tarjeta. Así que lo hice, sellando el pase para mi futura investigación. Mis dedos acariciaron el pequeño rectángulo de cartón. Su apariencia era demasiado minimalista como para no llamar la atención, el tono blanco contrastaba con la oscuridad de la habitación, de nuevo, haciendo imposible la idea de ignorarlo, tenía un número de nueve dígitos en el centro, impreso en alto relieve, la tipografía no tenía nada de especial, demasiado neutra para dar algún indicio si el emisario era varón mujer, deslice mis dedos sobre los números cuando un delicado aroma llego a mi nariz.

Perfume.

Aspiré más hondo.

Esta era la misma esencia que había olido en él cuando lo abrasé, era ilógico creer que una tarjeta aromatizada guardada en el bolsillo sería lo suficientemente potente como para impregnar todo su aroma en quien la llevaba. ¿Cuánto tiempo habría pasado con quien le dio esta tarjeta? Bueno, había mencionado que estuvo con su cliente, pero, por regla las personas peligrosas no dejaban huellas de sí mismas, sin importar cuanto confiaran dejar algo tan llamativo como una tarjeta aromatizada era suicidio.




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