Fabián
—Encárgate.
Quite el seguro del auto, el hombre bajo del asiento del copiloto. Mis ojos se fijaron en el sujeto, quien avanzaba tras los pasos de la estúpida persona que acaba de entrar a su perdición.
La mueca que había tenido durante todo el camino por fin se relajó. Luego de esto, ese jodido demonio por fin saldría de mi vida. Mis manos se apretaron contra el timón, me habría gustado verlo, presenciar el momento en el cual sus ojos se tornaban vacíos, convirtiéndose en una puta.
Encontrar al sujeto adecuado fue más tardado de lo que pensé, luego de unas llamadas en la casa de Beverly, di con el sujeto adecuado, tenía buenas referencias si es que se podía confiar en la parte oscura de internet. No es que lo frecuentaba a menudo, no solía tener la necesidad. Por lo general las estúpidas se asustaban con un par de puñetazos, pero eso no era algo que podía utilizar con el demonio al que mi estúpido padre me había confinado.
Niñera.
Maldito infierno en que estaba.
Golpeé el timón, descargando un poco la furia que revoloteaba en mis venas. No fue suficiente, pero luego de hoy, podría usarla como un saco de boxeo, sin miedo a represalias.
¿Miedo?
No.
Yo no tenía miedo de esa estúpida. Yo la odiaba.
La odio.
Jamás la perdonaría luego de humillarme como lo hizo, amarrarme como un animal, obligarme a pedirles perdón como si fuera un puto espectáculo de feria. Había firmado su puta sentencia y ya era hora que empezará a pagar.
Mis ojos viajaron al lugar por donde los vi desaparecer. Mi sangre continuaba caliente, impaciente de resultados. La necesitaba agonizando, rota, destrozada, cuanto antes. Ya habían pasado casi seis horas desde que la había visto por la última vez.
Cuando te tuvo atado contra una silla, a su merced.
Sin poder contenerme arroje otro golpe contra el timón. Quería quebrarlo, destruirlo, escuchar como resonaba contra mis huesos, hacerlo añicos.
Mi puño se tiño de rojo, una sensación punzante extendiéndose por todo el brazo.
No importo.
Nada lo hacía.
Hasta que no tuviera su cuerpo mutilado sobre mis manos, la electricidad que se extendía por mi cuerpo no dejaría de joderme los sesos. La quería muerta, era el único pensamiento que me mantenía a flote, luego de que una empleada me desatará, la primer cosa que llego a mi mente eran mis puños estrellando contra su cuerpo, golpeándola tantas veces que su sangre salpicará por todos lados, un asqueroso coctel de sangre y miseria.
Beverly había aconsejado no hacerlo.
Como si su opinión valiera una mierda en mi vida.
Pero sirvió que me diera la dirección de donde vivía la mierda que se había atrevido a humillarme. Aunque tampoco tuvo otra opción.
La estuve siguiendo desde que salió de su casa. Fue aburrido como el infierno no ordenarle al tipo que contrate que la acabará en medio de la pista. Pero él dijo que sería demasiado precipitado.
Debe ser un lugar con poca gente.
La misma mierda.
Terminé accediendo, si ya había soportado el infierno de dormir en el auto, con el cuerpo echo trizas por las cuerdas, podía soportar un poco más.
Un sonido en mi teléfono me distrajo. Un mensaje apareció en la pantalla.
Esta hecho. Espérame en el estacionamiento.
Mi cuerpo pico, la adrenalina atravesándome como un balde de agua fría, refrescante. Jodidamente refrescante. En el espejo retrovisor apareció una sonrisa macabra, perturbadora y triunfante.
Encendí el auto, en marcha.
Eres mía, maldita.
Scarlett
23.
Veintitrés.
Según recordaba, era el número que mi padre había designado para el almacén que había alquilado cuando nos mudamos. Era un pequeño espacio como cualquier otro, llenó de chucherías importantes y peligrosas, no podían estar en casa, era demasiado riesgoso.
Continué avanzando, me encontraba en el número diez. Resoplé, este lugar era como una especié de laberinto, perderse sería fácil si es que no sabías que era lo que estabas buscando o si estabas demasiado apresurado, para mi ventaja no tenía nada mejor que hacer que descifrar la ubicación de un triste deposito de piezas perturbadoras.
Luego de un momento, mis ojos comenzaron a detectar ciertos patrones, como por ejemplo, el tipo con el que me acaba de topar por tercera vez. Cabía la posibilidad que estuviera perdido, pero algo en él encendía mis alarmas, podía ser por su forma de caminar o porque estuviera tan cubierto que ni siquiera pudiera ver su rostro.
Haciéndome mi mejor esfuerzo por verme natural, me alejé, cambiando de ruta. No pareció ayudar de mucho. La sensación en mi piel no se desvanecía, como si estuviera enviando una señal de advertencia.
Quizá estaba paranoica.
Antes del cambio de actitud de mi padre, yo había enlistado las medidas que tomaría para lidiar con las represalias de Fabián. Pero ahora, esa lista era lo último en lo que mi mente pensaba, quizá debí haber puesto mayor cuidado.
Cuando volví a topármelo por quita vez, decidí que esto no era una coincidencia. Con prisa busque los baños, con suerte podría ingresar y trabar la puerta. No era miedo, era precaución, siempre podría encontrar otra persona dentro con la cual calmarme o de la cual colgarme para evitar que pensamientos enfermizos ahondarán en mi mente.
Así que cuando mi mano tomo la manija del baño. Una mano se estrelló contra mi boca y la otra contra mi estomago, en segundos cargándome y haciéndome ingresar a un lugar oscuro, tan oscuro que ni siquiera tenía las certeza que mis ojos continuaban abiertos. Pataleé, cada vez con más fuerza, no servía, cualquier cosa que mi cuerpo hiciera tan inútil que empezaba a desesperarme.
Lo mordí, en un arrebato de pánico desbordado.
Él no me soltó de inmediato, mordí con más fuerza, mis ojos cerrados, hasta saborear su sangre en mis labios. El tipo, salto, liberando mi boca, pero aún aprisionándome contra su cuerpo, su brazo apretando fuerte contra mi estomago, dificultando mi respiración.
#78 en Joven Adulto
#258 en Detective
#235 en Novela negra
amor odio, misterio comedia verdades y mentiras, manipulacion mental
Editado: 02.03.2026