Complicado

Capítulo 14: Personas podridas

Scarlett

Fabián se mantuvo bajo mi cuerpo. Respirando grandes bocaradas de aire, aspirando todo cuanto podía, su pecho subiendo y bajando. La correa aún permanecía en su cuello, apretando un poco, solo para ver cuanto tiempo más resistiría sin exigir que me quitará de encima.

Luego de cinco minutos su respiración aún no era del todo uniforme, era poco probable mientras no suavizará el agarre contra su cuello. Aún así, me molestaba que no hablara. Que no soltará cualquier cosa. Antes que la manija comenzará a moverse el idiota había corrido en todas direcciones buscando cualquier señal de... ni siquiera estaba segura. Al principio creí que le molestaba el silencio, pero considerando la tranquilidad con la cual me permitía estar en su encima. Ya no estaba segura.

¿Realmente fue el silencio el problema? ¿O fue otra cosa?

Mi mirada se agudizo, trabajando.

—¿Por qué no pides que te suelte?

Fabián no respondió de inmediato. Pero tampoco parecía no querer hacerlo en absoluto, lo vi abrir la boca un par de veces y luego tragarse sus palabras. Hasta que por fin murmuro algo, la voz demasiado rota para entenderlo, así que se forzó a repetirlo.

—Tengo una correa en el puto cuello. ¿De que serviría?

Tenía sentido. Pero estaba lejos de ser la respuesta que quería o la que necesitaba para encajar las piezas del rompecabezas. Tampoco es que pudiera preguntarle, conociéndolo, no, no lo conocía, ese era el problema.

¿Cómo podría saber si mentía o no?

Intente de nuevo, necesitaba generar una conversación orgánica. Ya había probado con la observación pasiva, no fue del todo inútil, pero ahora requería de algo más exacto.

—Así que estaban buscando otra forma de joderme —provoqué, esperando cualquier cosa.

Apreté de nuevo al no obtener una reacción, por las bordes de la tela pude apreciar un tono rojizo en su piel, aún no se parecía al tono morado que había aprendido a odiar, así que continúe, con más fuerza.

—Por favor —salió, estrangulado, como si le ardiera, como si quemara pronunciarlo.

Mi ceño se frunció.

¿Por favor?

La ira se encendió en mi pecho, burbujeando.

Volví a apretar, necesitaría más que un por favor para detenerme esta vez. Palabras inentendibles salían de su garganta, no importaba, que sufriera más, si él estuviera en esta posición no se detendría, no sería suficiente asfixiarme, estaba segura.

Él tendría que pagar, aún por lo que no hizo, pagaría, se retorcería, lo estaba haciendo, pero no era suficiente, él tenía que encontrar la forma de convencerme de su honestidad.

Su vida dependía de ello.

—Te suplico —chilló con todas fuerza, tan fuerte, que su cuerpo se retorció en mis manos antes de soltarlo.

Su rostro se desplomó contra el suelo, chocando en un ruido sordo.

¿Qué?

La conciencia llego unos segundos después, haciéndome moverme a toda prisa, buscando sus manos, su pulso, tenía que estar bien, no podía haberme pasado, coloque mis dedos sobre la parte interna de sus manos, tratando de sentir. El pánico invadió mi cuerpo cuando por unos segundos no sentí nada.

No. No. Yo no puedo haber...

Hubo un movimiento, ligero, mis dedos presionaron más, volviendo a sentirlo, débil, pero ahí estaba.

Aún estas vivo.

El alivio toco cuerpo, aunque estaba lejos de parecer tranquila, mi respiración sobresaltada, exhalando e inhalando, una vez y otra y otra vez, de pronto siendo muy consiente de lo que podría haberme pasado.

Mi vista se fijo en él. Tendido en el piso, con el cuerpo quieto, pude apreciar como su pecho subía y bajaba, lento, muy lento, como si quiera que no me diera cuenta.

Respiré hondo antes de sentarme al borde de la cama.

Okey, había un par de cosas que debía ordenarme antes de continuar, primero, no podía volver a exponerme así, segundo, no podía matarlo.

La mitad de mi quería reírme y la otra mitad quería abofetearme.

Estúpida.

Regresé al escritorio, aún aturdida de mi propio descuido. Mis ojos viajaron a mis manos, se que era un cliché, pero mis manos temblaban, aún cuando las tensaba, aún cuando golpeaba mis palmas contra la mesa esperando que el dolor las sacará del trance.

No funcionaba.

Pude matarlo. Yo pude.

Traté de sacar esos pensamientos de mi mente. Fue un accidente, ni siquiera había pasado. Él estaba bien. Continuaba con vida. Por alguna razón no parecía ser calmarme.

Deslice mis manos por el escritorio, acariciando la parte superior de una laptop. Sea como fuera, si me enfocaba en otra cosa, podría salir del transe, así que me volví hacía el aparato electrónico. No me tomo mucho tiempo hacerme con la contraseña.

Leonel.

Para dos personas que parecían detestarse solían estar muy presentes el uno en la vida del otro. Tratando de no distraerme fije la vista en la pantalla. Supuestamente aquí se encontraban las grabaciones, no solo de Adelaida, de todos.

Aquel pensamiento profundizo, desplazando ligeramente al cuerpo tendido en el piso, o reacomodándose. ¿Los videos de Fabián también estarían dentro?

Respire hondo permitiéndome contemplarlo, permitiéndole fingir estar estar inconsciente.

¿Qué otras cosas habrás echo? ¿Si encuentro algo podrido sería razón suficiente para eliminar la pincelada de culpa?

Lo descubriría.

Luego de revisar todos los archivos con los acrónimos FB. Estaba segura de dos cosas. La primera, la culpa había desaparecido por completo; la segunda, sería imposible moldearlo a mi voluntad en una sola noche. Me gustará admitirlo o no, existían idiotas y luego estaban las personas podridas, Fabián, al parecer era de la segunda clase. Esos videos habían sido algo reveladores, desde luego, estaba lejos de asustarme, no porque de pronto me hubiera convertido en una maquina insensible, lejos de eso, ahora podía comprender de mejor forma la humillación, y por la forma en la que estaba actuando Fabián, él también lo hacía.




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