El lujo de la suite presidencial del hotel Carlton se sentía, en ese preciso instante, como una jaula de oro asfixiante. Viviana Rokeford se miró en el espejo de cuerpo entero, con el corazón martilleándole en el pecho tan fuerte que temía que rompiera sus costillas.
El encaje francés de su vestido de novia, diseñado exclusivamente para ella en París, se sentía pesado, como una armadura sin utilidad. Debería estar camino al altar. Debería estar sonriendo mientras los flashes de la prensa de la alta sociedad captaban el evento del año: la unión entre la heredera de los Rokeford y Christian, su prometido de la adolescencia.
En su lugar, los dedos de Viviana temblaban tanto que apenas podía sostener la nota arrugada que un botones le había entregado en secreto diez minutos atrás. Las palabras escritas a toda prisa con la caligrafía de Christian quemaban sus ojos:
«Lo siento, Viviana. Tu padre está quebrado. El imperio Rokeford es un barco hundiéndose y no voy a ahogarme con ustedes. No puedo casarme con una muerta de hambre».
Una risa amarga y ahogada escapó de los labios de Viviana. ¿Muerta de hambre? Hace apenas un mes, el apellido Rokeford era sinónimo de realeza corporativa. Hoy, tras una serie de malas inversiones y un sabotaje financiero masivo, no eran más que un cadáver empresarial esperando a ser devorado por los buitres de Wall Street.
Antes de que pudiera procesar la humillación de ser plantada en el altar, el sonido sordo y pesado de la puerta de la suite al abrirse de golpe la hizo sobresaltarse. Viviana se giró rápidamente, esperando ver a su padre, devastado y buscando disculpas.
Pero no era él.
La figura que cruzó el umbral congeló el aire de la habitación de inmediato. Era el hombre responsable de la caída de su familia. El lobo que había estado comprando silenciosamente cada acción flotante de las empresas Rokeford para asfixiarlos por completo.
Axel Synternik.
Entró con la elegancia innata de un depredador que sabe que tiene el control absoluto del territorio. Su traje negro de tres piezas, hecho a medida, contrastaba de forma casi violenta con la blancura inmaculada y romántica de la suite nupcial.
Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás, y sus facciones, afiladas y masculinas, parecían talladas en mármol. Pero lo más peligroso de Axel eran sus ojos: un gris tormenta, fríos, calculadores y desprovistos de cualquier rastro de empatía.
Sus ojos se fijaron en Viviana, recorriendo el vestido de novia, el velo ladeado y la nota arrugada en su mano, evaluándola como si fuera una obra de arte cara en una subasta privada.
—Llegas tarde a tu propia boda, Rokeford —dijo Axel—. Su voz, profunda y barítona, envió un escalofrío y barítona, envió un escalofrío helado directo por la columna de Viviana.
Viviana tragó el nudo de orgullo en su garganta. Se negó a parpadear para que las lágrimas que amenazaban con salir no rodaran por sus mejillas. No le daría el gusto de verla derrotada. Levantó la barbilla, adoptando esa postura aristocrática que le habían enseñado desde niña.
—¿Viniste a burlarte personalmente, Synternik? —preguntó ella, forzando una firmeza que no sentía—. Si buscas a mi padre, no está aquí. Está lidiando con los abogados abajo. Ya ganaste. Nos quitaste las acciones, bloqueaste nuestras cuentas y destruiste el legado de tres generaciones en dos semanas. ¿Qué más quieres? ¿Ver los escombros?
Axel dio un paso al frente, acortando la distancia con una lentitud exasperante. Cada uno de sus pasos parecía una sentencia de muerte. El aroma a madera de sándalo, tabaco caro y una colonia magnética inundó los sentidos de Viviana, nublando su capacidad de pensar con claridad.
—Los escombros no me interesan, Viviana —respondió él, deteniéndose a solo un metro de ella—. Vine porque todavía queda algo de valor en esta habitación. Tu apellido. Y tu libertad.
Él metió una mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un documento encuadernado en piel negra. Lo arrojó sobre la mesa de centro de cristal con un golpe seco que resonó en el silencio de la estancia.
Viviana bajó la mirada, forzando a sus ojos a enfocar el papel. En la primera línea, impreso en letras negritas y severas, se leía: CONTRATO DE UNIÓN MATRIMONIAL.
El aire pareció escaparse de los pulmones de la joven.
—¿Qué... qué significa esto? —susurró, dando un paso atrás, sintiendo que el espacio se reducía.
—Significa tu salvación y tu condena —declaró Axel con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos—. Firma ese papel. Conviértete en mi esposa legal ante el mundo por los próximos trescientos sesenta y cinco días.
—A cambio, mi firma inyectará el capital suficiente para pagar cada centavo de la deuda fraudulenta que tu padre acumuló —continuó él—. Limpiaré el nombre de los Rokeford del fango de la bancarrota.
Viviana soltó una risa histérica, llena de incredulidad.
—Estás demente. Me odias. Has odiado a mi familia desde que tengo uso de razón. Has competido con nosotros, nos has saboteado... ¿Y ahora quieres que me case contigo? ¿Por qué querrías atarte a la hija de tu peor enemigo?
Axel dio dos pasos rápidos, dejando de lado la distancia segura entre ambos. Viviana retrocedió hasta que sus pantorrillas chocaron con el borde del sofá, atrapándola. Él se inclinó hacia ella, tan cerca que Viviana pudo sentir el calor abrasador que emanaba de su cuerpo, un contraste directo con su fachada de hielo.