El viaje en el automóvil hacia la residencia Synternik fue un recordatorio silencioso de la nueva realidad de Viviana. El Maybach negro se deslizaba por las calles de la ciudad como un fantasma de lujo.
Al lado de Viviana, Axel permanecía en silencio, con la mirada fija en la pantalla de su tableta corporativa, revisando gráficos financieros como si no acabara de casarse legalmente en una ceremonia exprés de oficina de registro hace menos de una hora.
Viviana miraba por la ventana, viendo cómo las luces de la civilización se desvanecían para dar paso a una zona residencial exclusiva en las colinas. Era un sector privado donde solo los multimillonarios con fortunas de origen antiguo o corporaciones masivas podían permitirse vivir.
El encaje de su vestido de novia seguía rozando sus piernas, una incómoda armadura que le recordaba la humillación que había sufrido esa misma mañana. Christian la había abandonado por dinero. Axel la había comprado por poder. ¿Cuál de los dos destinos era peor?
El vehículo se detuvo frente a una imponente mansión de arquitectura moderna: líneas rectas de concreto, inmensos paneles de vidrio y una iluminación cálida pero sobria que la hacía parecer una fortaleza de diseño.
—Hemos llegado, señor —anunció el chofer, abriendo la puerta trasera.
Axel bajó primero, sin ofrecerle la mano a Viviana. Ella apretó los dientes, acomodó la falda de su vestido y descendió por su cuenta, manteniendo la espalda recta. No iba a actuar como una víctima, no frente a él.
Al cruzar el umbral de la mansión, el frío del aire acondicionado la recibió junto a una fila de sirvientes con uniformes impecables. Un hombre mayor, con porte de mayordomo inglés, dio un paso al frente.
—Bienvenida a casa, señora Synternik —dijo el hombre con una reverencia perfecta.
Escuchar ese apellido pegado a su Float provocó una dolorosa contracción en el estómago de Viviana.
—Ella no necesita presentaciones, Thomas —interrumpió Axel con voz cortante, quitándose el saco del traje y entregándoselo al mayordomo—. Prepara la suite principal. Mi…esposa se instalará allí a partir de hoy. Puedes retirar al resto del personal por esta noche.
—Entendido, señor. Buenas noches.
Los sirvientes se dispersaron con la eficiencia de sombras entrenadas, dejando a Viviana a solas con el dueño de la casa en el inmenso vestíbulo de mármol negro.
—Sígueme —ordenó Axel, comenzando a subir las escaleras flotantes de cristal.
Viviana lo siguió, sosteniendo la pesada falda de su vestido. Sus tacones resonaban con eco en las paredes desnudas de la mansión. Todo en ese lugar gritaba minimalismo, poder y una alarmante falta de calidez humana. Era el reflejo exacto de Axel Synternik.
Al llegar al piso superior, Axel abrió las puertas dobles de la suite principal. La habitación era colosal. Una cama King Size con sábanas de seda gris oscuro dominaba el espacio, frente a un ventanal del suelo al techo que ofreció una vista panorámica de toda la ciudad iluminada.
Viviana entró y se detuvo en el centro de la habitación, sintiéndose ridículamente fuera de lugar con su atuendo nupcial. Se giró para encarar a su captor legal.
—Bien. Ya estamos aquí. ¿Cuál es el siguiente paso en tu retorcido plan de venganza, Axel? ¿Vas a hacerme firmar más papeles? —preguntó con un deje de sarcasmo, cruzando los brazos.
Axel cerró las puertas dobles detrás de él. El sonido del pestillo encajando se sintió como el cierre de una celda. Se desabrochó los dos primeros botones de su camisa blanca y se aflojó la corbata con una lentitud exasperante, sin ajustar la mirada de ella.
—El siguiente paso, Viviana, es que te quites esa ridícula expresión de mártir. Nadie te obligó a firmar. Elegiste esto para salvar el cuello de tu padre. Así que asume las consecuencias.
—¡Lo hice porque me acorralaste! —exclamó ella, perdiendo la compostura por primera vez en el día—. Destruiste mi vida, saboteaste a mi familia, y ahora pretendes que actúe como una esposa feliz en tu fría casa. ¿Qué clase de monstruo eres?
Axel se acercó a ella con pasos felinos. La diferencia de altura era evidente; él la superaba por casi una cabeza, obligándola a levantar la mirada. La intensidad de su presencia física era abrumadora.
—Soy el monstruo que pagó cincuenta millones de dólares esta tarde para que los Rokeford no terminen en la calle —susurró él, deteniéndose a escasos centímetros de su rostro—. Así que te sugiero que midas tus palabras en esta casa.
—A partir de hoy, tu único trabajo es ser la perfecta señora Synternik ante la prensa y en los eventos benéficos —continuó, con voz firme—. Sonreirás cuando yo sonría, y me darás la mano cuando el mundo nos esté mirando.
—¿Y a puerta cerrada? —desafió Viviana, con el corazón latiendo desbocado contra su pecho, una mezcla peligrosa de rabia y una extraña atracción que se negaba a admitir—. Dijiste que mantendrías tus manos lejos de mí. ¿Cumplirás tu palabra o el gran Axel Synternik también es un mentiroso?
Axel bajó la mirada hacia los labios de Viviana, que temblaban ligeramente debido a la tensión. Con una lentitud exasperante, levantó la mano y rozó con sus dedos fríos el hombro descubierto de la joven, bajando por la delicada línea de su clavícula. Viviana contuvo el aliento, su piel erizándose ante el contacto.