Comprada por el enemigo

Capítulo 3: Cicatrices del Pasado

El peso del cuerpo de Axel sobre el suyo era abrumador. Viviana sentía el calor abrasador de su piel y la violencia con la que su pecho subía y bajaba. Sus muñecas, atrapadas contra el colchón por el agarre de hierro de él, empezaban a dolerle. Pero lo que realmente la aterrorizaba no era la fuerza física de Axel, sino la mirada vacía y salvaje en sus ojos grises. No estaba viéndola a ella; estaba atrapado en el horror de su propia mente.

—¡Axel! ¡Suéltame! ¡Soy Viviana! —gritó ella, forzando su voz para que cortara la neblina de su pesadilla.

La mención de su nombre pareció actuar como un balde de agua fría. Las pupilas de Axel se dilataron y el brillo errático de sus ojos comenzó a enfocarse. Miró el rostro de Viviana, sus labios entreabiertos por el pánico, y luego sus propias manos, que la mantenían inmovilizada contra las sábanas.

El reconocimiento regresó a sus facciones con la velocidad de un latigazo. Axel soltó las muñecas de Viviana como si quemaran y retrocedió de inmediato, sentándose en el borde de la cama, dándole la espalda.

Viviana se incorporó rápidamente, frotándose las muñecas enrojecidas. Su corazón latía con tanta fuerza que sentía los golpes en los oídos. La luz de los relámpagos de la tormenta entraba por el ventanal, recortando la silueta de Axel en la penumbra. Desde atrás, Viviana pudo ver con claridad lo que el satén de las sábanas había ocultado antes: una enorme y horrorosa cicatriz de quemadura que le cubría gran parte del omóplato izquierdo y se extendía hacia el costado de su torso. No era una marca quirúrgica; era el recordatorio de un incendio devastador.

—Vete a dormir, Viviana —dijo Axel. Su voz ya no era la del hombre corporativo e implacable, sino un gruñido ronco, cargado de un cansancio infinito y una vulnerabilidad que intentaba ocultar desesperadamente.

—Estabas teniendo una pesadilla... —susurró ella, ignorando el mandato. La curiosidad y una extraña punzada de compasión pudieron más que su miedo—. Mencionaste el fuego. Y a alguien más. Axel, ¿qué fue lo que te pasó?

Axel se tensó. Viviana vio cómo los músculos de su espalda se contraían, volviéndose rígidos como una roca. Él se giró lentamente, y la máscara de frialdad absoluta ya estaba de vuelta en su rostro, borrando cualquier rastro del hombre vulnerable de hace unos segundos.

—Te lo advertí en el hotel, Rokeford. Esto es una transacción —sentenció, con una voz helada que cortaba el aire—. Mi vida privada, mi pasado y mis malditas pesadillas no forman parte del trato. Mañana por la mañana tenemos nuestra primera aparición pública en la gala benéfica de la Fundación St. Jude. Sugiero que uses las horas que quedan para dormir. No quiero que mi esposa luzca ojerosa frente a las cámaras.

Viviana apretó los puños bajo las sábanas, sintiendo que la rabia reemplazaba la compasión.

—Eres insoportable —le espetó, dándole la espalda con brusquedad y jalando la manta para cubrirse—. No te preocupes, Synternik. Mañana seré la perfecta muñeca de exhibición que compraste.

Axel no respondió. Viviana escuchó cómo se recostaba de nuevo, pero el silencio que se instaló entre ambos en la cama ya no era el de dos extraños; era un silencio cargado de secretos sin resolver. Viviana tardó horas en volver a conciliar el sueño, con la imagen de la cicatriz de Axel grabada en su mente. ¿Qué tenía que ver el fuego, su pesadilla y el odio hacia su padre?

A la mañana siguiente, el sol de la mañana disipó la tormenta, pero no la tensión en la mansión. Para cuando Viviana despertó, el lado de la cama de Axel ya estaba frío. Sobre la mesa de noche, sin embargo, descansaba una inmensa caja de terciopelo negro con una nota escrita con una caligrafía firme: «Póntelo hoy. El auto sale a las once».

Al abrir la caja, Viviana ahogó un grito de exclamación. Dentro había un espectacular vestido de seda color esmeralda profunda, de corte sirena, acompañado por un juego de gargantilla y aretes de diamantes que valían más de lo que la mayoría de las personas ganaban en toda su vida. Axel no escatimaba en gastos cuando se trataba de su orgullo.

A las once en punto, Viviana bajó las escaleras. El vestido se amoldaba a su figura como una segunda piel y el color esmeralda hacía resaltar sus ojos castaños.

Axel la esperaba al pie de la escalera, vistiendo un esmoquin negro impecable. Al verla descender, sus ojos grises se entrecerraron y un destello de genuina apreciación masculina cruzó por su rostro, aunque se desvaneció tan rápido como apareció.

—Puntual. Me alegra ver que sabes seguir órdenes —dijo él, ofreciéndole el brazo.

—Lo hago por mi padre, no por ti —replicó ella con voz baja, pero aceptó el brazo. El contacto de su mano sobre la tela de su saco envió una corriente eléctrica por su brazo, un recordatorio de la noche anterior.

El evento se celebraba en el gran salón del hotel Waldorf. En cuanto el Maybach de Axel se detuvo frente a la alfombra roja, una horda de fotógrafos y periodistas rodeó el vehículo. Los flashes comenzaron a estallar como fuegos artificiales. La noticia del matrimonio repentino entre el titán tecnológico Axel Synternik y la heredera de los Rokeford ya se había filtrado, causando un terremoto en el mundo empresarial.

—Sonríe, Viviana —susurró Axel al oído de ella justo antes de que el chofer abriera la puerta. Su aliento cálido rozó su oreja, causándole un escalofrío—. Es hora de actuar.



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En el texto hay: boda, venganza, venganza dolor

Editado: 20.07.2026

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