Comprada por el enemigo

Capítulo 4: El Límite de la Posesión

El ambiente dentro del Maybach en el viaje de regreso a la mansión era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo. La opulencia del interior de cuero y la luz tenue de la ciudad filtrándose por las ventanas blindadas no hacían más que amplificar los latidos acelerados del corazón de Viviana.

A su lado, Axel permanecía con la mandíbula tensa, mirando fijamente hacia el frente. La furia que había desplegado contra Christian en el salón del hotel Waldorf todavía vibraba en el aire. Sus manos, grandes y de nudillos fuertes, estaban firmemente apoyadas sobre sus muslos, pero Viviana notó que sus puños seguían ligeramente apretados.

Viviana rompió el silencio, incapaz de soportar la presión por más tiempo.

—No tenías que hacer eso —dijo en voz baja, aunque firme, girándose un poco hacia él.

Axel no movió ni un músculo de la cara. Su perfil, iluminado intermitentemente por las farolas de la autopista, parecía el de una estatua de piedra.

—¿Hacer qué? ¿Evitar que el imbécil de tu ex prometido te humillara frente a cincuenta periodistas con cámaras listas para destruir nuestra reputación? —respondió él. Su voz era un gruñido bajo y frío.

—Podía defenderme sola. Iba a abofetearlo antes de que intervinieras —replicó Viviana, sintiendo que el orgullo Rokeford afloraba—. No necesito que juegues al héroe, Axel. Menos cuando sé perfectamente que no te importo. Lo hiciste por tu propio ego.

En ese instante, Axel se giró hacia ella con una rapidez que la hizo contener el aliento. Se inclinó hacia su espacio personal, invadiéndolo por completo. Su aroma a sándalo y el calor embriagador de su cuerpo envolvieron a Viviana de inmediato.

—¿Mi ego? —Axel acortó la distancia hasta que sus ojos grises, oscuros por la tormenta interna que cargaba, quedaron a escasos centímetros de los de ella—. Escúchame bien, Viviana. En el momento en que firmaste ese contrato, pasaste a ser mi responsabilidad ante el mundo. Christian te arrojó a la basura en cuanto tu padre perdió su dinero. Yo pagué cincuenta millones por ti. Así que nadie, absolutamente nadie, te falta al respeto mientras lleves mi apellido. Eres mía por los próximos trescientos sesenta y cinco días, y yo cuido mis inversiones.

La palabra "mía" resonó en el habitáculo del auto con una fuerza posesiva que hizo que la piel de Viviana se erizara por completo. Una extraña y peligrosa corriente eléctrica recorrió su columna. Desvió la mirada hacia los labios firmes de Axel, dándose cuenta con horror de lo cerca que estaban. El peligro y la atracción se mezclaban en él de una forma casi adictiva.

—Solo soy un trofeo de venganza para ti —susurró Viviana, forzando a su voz a no temblar—. Me usas para castigar a mi padre.

Axel bajó la mirada hacia el cuello de ella, donde los diamantes de la gargantilla brillaban contra su piel esmeralda. Extendió un dedo y rozó la joya, el frío del metal contrastando con el calor de sus yemas.

—Si fueras solo eso, te aseguro que la vida sería mucho más sencilla, Rokeford —murmuró él con una nota de amargura indescifrable antes de alejarse y volver a su lado del asiento, cerrando la conversación por el resto del trayecto.

Cuando el auto finalmente se detuvo en la entrada de la mansión, Viviana no esperó a que el chofer abriera la puerta. Salió del vehículo rápidamente, sosteniendo la falda de su vestido esmeralda, y entró a la casa con paso apresurado, necesitando poner distancia entre ella y la abrumadora presencia de su esposo.

Subió las escaleras flotantes y entró en la suite principal. Se deshizo de los tacones altos con un suspiro de alivio y caminó hacia el tocador para quitarse las joyas. Mientras se desabrochaba los aretes de diamantes, su mirada cayó sobre el escritorio de caoba oscura que Axel tenía en una esquina de la inmensa habitación.

Normalmente, Axel mantenía todo bajo llave, pero debido a la prisa con la que habían salido esa mañana hacia la gala, un cajón del escritorio había quedado entreabierto por un par de milímetros. Y algo dentro de él llamó poderosamente la atención de Viviana.

Era el borde de una fotografía vieja, desgastada por el tiempo, cuyos colores apagados contrastaban con la pulcritud tecnológica del resto de la habitación.

El instinto de supervivencia le decía que se alejara, pero la curiosidad y la necesidad de entender las pesadillas de Axel y su odio ciego hacia su familia fueron más fuertes. Con el corazón latiéndole en la garganta, Viviana se acercó al escritorio. Miró hacia la puerta de la suite para asegurarse de que Axel seguía abajo con el mayordomo y, con dedos temblorosos, abrió el cajón por completo.

Dentro, además de varios documentos financieros confidenciales, se encontraba la fotografía.

Viviana la tomó y la levantó hacia la luz. En la imagen aparecían tres personas de pie frente a una antigua fábrica textil: un hombre joven y sonriente con un asombroso parecido a Axel, una mujer hermosa de cabello castaño y, al lado de ellos... el padre de Viviana, Arthur Rokeford, luciendo mucho más joven, pero con la misma sonrisa implacable de siempre. Estaban abrazados como mejores amigos, como socios legítimos.

Pero lo que hizo que a Viviana se le helara la sangre no fue la foto en sí, sino lo que estaba escrito al reverso con una tinta roja descolorida, una caligrafía que reconocía como la de Axel:



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En el texto hay: boda, venganza, venganza dolor

Editado: 20.07.2026

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