Comprada por el enemigo

Capítulo 5: Verdades con Sabor a Ceniza

El espacio entre sus cuerpos se sentía cargado de una electricidad estática tan intensa que Viviana temía que una sola chispa los consumiera a ambos. Las palabras de Axel flotaban en el aire de la suite, pesadas y asfixiantes como el humo de aquel incendio que había marcado su infancia. El dolor crudo y la sed de venganza que emanaban de sus ojos grises eran tan reales que Viviana sintió un nudo opresivo en la garganta.

Sin embargo, el orgullo de los Rokeford y el amor ciego hacia el hombre que la había criado no le permitieron flaquear.

—Mientes —susurró Viviana, clavando sus ojos castaños en la tormenta gris de Axel. La distancia era tan corta que podía sentir el calor abrasador de su aliento—. Mi padre es un hombre de negocios implacable, sí. Pero no es un asesino. Él me enseñó sobre el honor, sobre el trabajo duro... ¡Él no pudo haber quemado a nadie! Esa fotografía no prueba nada más que un pasado común. Estás demente, Axel. Tu obsesión te ha segado.

Axel dejó escapar una risa seca, un sonido carente de cualquier pizca de humor que envió un escalofrío directo a la columna de la joven. Sus manos, que seguían apoyadas en el escritorio a ambos lados de las caderas de Viviana, se cerraron en puños, haciendo crujir la madera de caoba.

—¿Ciego? —Axel se inclinó un milímetro más, obligándola a arquear la espalda contra el mueble. Su rostro estaba a tan corta distancia que Viviana podía ver las sutiles líneas de tensión alrededor de sus ojos—. Fui yo quien estuvo allí, Viviana. Fui yo quien escuchó los gritos de mi madre mientras las vigas de la fábrica textil de mi familia se venían abajo en llamas. Tenía diez años cuando vi a Arthur Rokeford salir de la oficina de mi padre con el maletín de las patentes químicas antes de que todo comenzara a arder. Él provocó el fuego para quedarse con el monopolio del mercado internacional. Y luego pagó a jueces, policías y periodistas para que dijeran que fue un fallo eléctrico.

Las lágrimas que Viviana había estado conteniendo finalmente rodaron por sus mejillas, trazando un camino húmedo sobre su piel.

—Si estás tan seguro... ¿por qué no fuiste a la policía cuando creciste? ¿Por qué recurrir a este juego enfermo de comprarnos en la ruina y obligarme a casarme contigo? —desafió ella, intentando empujar su pecho desnudo con las manos. Pero tocarlo fue un error; sus palmas captaron el latido acelerado y furioso de su corazón, y la firmeza de sus músculos la dejó sin aliento.

Axel no se movió ni un centímetro ante su débil empuje. Por el contrario, su mirada bajó por un segundo hacia las manos de ella sobre su pecho, antes de volver a sus ojos.

—Porque la justicia ordinaria es demasiado piadosa para un monstruo como tu padre —respondió con una voz que descendió a un susurro peligrosamente oscuro—. Verlo tras las rejas en una celda cómoda no calmaría el fuego que llevo dentro desde hace veinte años. Quería quitarle todo. Quería ver cómo su imperio se desmoronaba ladrillo a ladrillo. Y, sobre todo, quería que supiera que su posesión más sagrada, la niña que protegió del mundo exterior en una burbuja de cristal y lujos, ahora lleva mi apellido, vive bajo mi techo y depende completamente de mi misericordia.

—¡No soy un objeto! ¡No soy algo que puedas poseer para tu maldita venganza! —exclamó Viviana, la rabia sobrepasando al miedo. Levantó la barbilla, desafiante—. El contrato dura un año, Axel. Cumpliré mi parte ante la prensa, mantendré vivo el nombre de mi familia y luego me iré. Y no podrás hacer nada para detenerme.

Axel estiró una mano y, con una lentitud deliberada, atrapó un mechón suelto de su cabello castaño, enredándolo entre sus dedos. El gesto, aunque posesivo, tuvo una suavidad que descolocó por completo a Viviana. Su pulgar rozó la línea de su mandíbula, limpiando una de las lágrimas que caían.

—Un año es más que suficiente para cambiar las reglas del juego, pequeña Rokeford —murmuró él, y por un instante efímero, la furia en sus ojos fue sustituida por una intensa y oscura corriente de deseo masculino—. Veremos si para cuando pasen los trescientos sesenta y cinco días días, todavía tienes el valor de regresar con el hombre que destruyó mi vida. Ahora, sal de mi despacho antes de que olvide que prometí mantener mis manos lejos de ti.

Axel se apartó bruscamente, dándole la espalda y caminando hacia el gran ventanal de la suite. Viviana no lo pensó dos veces. Se enderezó, ignorando el temblor en sus piernas, y corrió hacia el baño espacioso, cerrando la puerta con pestillo detrás de ella.

Se apoyó contra el mármol frío del lavabo, respirando con dificultad. Su mente era un caos total. Las acusaciones de Axel eran monstruosas, pero la convicción y el dolor real con el que las había pronunciado sembraron la primera y más dolorosa semilla de la duda en su corazón. ¿Y si era verdad? ¿Y si el padre amoroso que conocía escondía un pasado bañado en sangre y cenizas? No, no podía creerlo. Tenía que descubrir la verdad por su cuenta.

A la mañana siguiente, la atmósfera en la mansión Synternik era gélida. Axel se había marchado antes del amanecer hacia las oficinas centrales del Grupo Synternik, dejando a Viviana sola en la inmensidad de la propiedad.

Decidida a no quedarse de brazos cruzados, Viviana se vistió con ropa cómoda y bajó al comedor, donde el mayordomo, Thomas, le sirvió el desayuno en un silencio pulcro.

—Thomas —llamó Viviana, deteniendo al hombre mayor antes de que se retirara a la cocina.



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En el texto hay: boda, venganza, venganza dolor

Editado: 20.07.2026

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