Comprada por el enemigo

Capítulo 6: El Enfrentamiento en el Hospital

El olor a antiséptico y el sonido rítmico y metálico de los monitores cardíacos recibieron a Viviana en la suite de cuidados intensivos del hospital Saint Jude. Su corazón latía con tanta fuerza que sentía que se le escapaba del pecho. Se detuvo un segundo ante de cruzar la puerta, alisando con manos temblorosas su abrigo largo. El viaje en taxi desde la mansión Synternik había sido una tortura de pensamientos cruzados, una guerra sin tregua entre el amor filial y las monstruosas acusaciones de Axel.

Al acercarse a la cama, sintió una dolorosa opresión en el estómago. Arthur Rokeford, el hombre que alguna vez había dominado las juntas directivas más importantes del país con solo levantar la voz, lucía ahora pequeño, demacrado y pálido entre las sábanas blancas del hospital. Su respiración era asistida por una cánula de oxígeno y varios tubos se conectaban a sus brazos debilitados.

Al escuchar los pasos de Viviana, el anciano abrió lentamente los ojos. Sus pupilas, antes afiladas como navajas, estaban cubiertas por una neblina de cansancio y enfermedad.

—Viviana... mi pequeña —susurró Arthur. Su voz era apenas un hilo rasposo, pero intentó esbozar una sonrisa al ver a su única hija.

Viviana se acercó rápidamente y tomó su mano. Estaba fría, desprovista de la vitalidad que siempre lo había caracterizado. Las lágrimas que había estado conteniendo en el trayecto amenazaron con desbordarse.

—Papá, estoy aquí. No debiste alterarte por las noticias —dijo ella, apretando sus dedos con suavidad—. Los médicos dicen que necesitas descansar, que tu presión está en niveles críticos.

Arthur soltó una tos débil y negó con la cabeza, intentando incorporarse un poco sobre las almohadas. La pantalla del monitor cardíaco aceleró su ritmo con un pitido constante.

—¿Cómo quieres que descanse, Viviana? —preguntó el anciano, y un destello de la vieja furia Rokeford brilló momentáneamente en sus ojos—. Vi los periódicos esta mañana. Vi los flashes de la televisión. Te casaste... Te casaste con el hijo de ese maldito. Con Axel Synternik. ¿Por qué, Viviana? ¿Por qué te entregaste al hombre que destruyó nuestra empresa y nos arrojó a la ruina? Dime que es una mentira de los periodistas.

Viviana tragó el nudo de culpa que amenazaba con asfixiarla. No podía decirle que se había vendido por cincuenta millones de dólares para evitar que él terminara sus últimos días en una prisión federal. Eso lo mataría en el acto.

—Fue la única manera de salvar el apellido, papá —mintió ella, manteniendo la voz lo más firme posible—. Las deudas nos estaban ahogando. Christian nos abandonó en el altar en cuanto supo de la quiebra. Axel... Axel ofreció el capital necesario para rescatar las propiedades y limpiar nuestro nombre. Fue un acuerdo de negocios.

—¡Un acuerdo con el diablo! —exclamó Arthur, provocando que el monitor de su corazón emitiera una alarma de advertencia. El anciano respiró con dificultad, apretando la mano de su hija con una fuerza desesperada—. Ese muchacho no quiere ayudarte, Viviana. No te equivoques. Él nos odia. Lleva años planeando esto, acechando en las sombras como un lobo sediento de sangre. Su padre era un incompetente en los negocios, y Axel cree que... cree que yo tengo la culpa de las tragedias de su familia.

Viviana sintió que el aire se congelaba en sus pulmones. El momento de la verdad había llegado. La conversación con Thomas en la mañana y las palabras llenas de fuego de Axel la noche anterior resonaron en su mente. Miró fijamente a los ojos de su padre, buscando la verdad que necesitaba para poder respirar en paz.

—Papá... —Viviana bajó la voz a un susurro, asegurándose de que ninguna enfermera estuviera cerca—. Axel me enseñó una fotografía anoche. Una foto tuya con sus padres frente a la antigua fábrica textil. Me dijo... me dijo que el incendio de hace veinte años no fue un accidente. Me acusó de que tú provocaste ese fuego para quedarte con las patentes químicas. Que su madre murió por tu culpa.

La habitación quedó sumida en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el pitido monótono del monitor. Viviana contuvo el aliento, esperando ver indignación, una risa de incredulidad o una negación rotunda en el rostro de su padre.

Pero lo que vio la llenó de un terror absoluto.

Los ojos de Arthur Rokeford se abrieron desmesuradamente y el color que le quedaba en las mejillas desapareció por completo, dejándolo con una palidez fantasmal. Su mano comenzó a temblar violentamente dentro de la de Viviana y desvió la mirada hacia la ventana, incapaz de sostenerle los ojos a su propia hija.

—Papá... —el hilo de voz de Viviana se rompió—. Por favor, dime que Axel está demente. Dime que es una mentira de su venganza.

Arthur cerró los ojos con fuerza y una lágrima solitaria rodó por sus arrugas.

—En el mundo de los grandes negocios, Viviana... a veces se deben tomar decisiones extremas para sobrevivir —comenzó a decir el anciano con una voz quebrada, llena de una culpa que había ocultado durante dos décadas—. La fábrica de los Synternik estaba en bancarrota técnica. Su padre no quería venderme las patentes que revolucionarían el mercado textil. Si no conseguía esas patentes, las empresas Rokeford habrían quebrado ese mismo año. Yo... yo solo contraté a unos hombres para que dieran un susto, para crear un pequeño incidente que los obligara a negociar la venta del terreno... ¡Nunca debió haber nadie dentro esa noche! —Arthur abrió los ojos, mirando a Viviana con desesperación—. ¡Fue un accidente, Viviana! Yo no sabía que la madre de Axel se había quedado a trabajar tarde en las oficinas. No quise que ella muriera... Dios me perdone, no quise que muriera...



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En el texto hay: boda, venganza, venganza dolor

Editado: 20.07.2026

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