El silencio que reinaba dentro del vehículo de Axel en el camino de regreso era diferente al de las noches anteriores. Ya no era un silencio de sospechas o de orgullo herido; era el silencio de un campo de batalla devastado después de que cayeran las bombas.
Viviana permanecía encogida contra la puerta del copiloto, con la mirada perdida en el cristal empañado por la lluvia que había comenzado a caer nuevamente. Las palabras de su padre seguían repitiéndose en su mente, como un eco macabro: «Fue un accidente, Viviana... no quise que muriera...».
Toda su vida había sido una mentira. Su riqueza, sus vestidos caros, su educación en los colegios más prestigiosos de Europa... todo se había pagado con el dinero ensangrentado de una tragedia. Cada centavo del imperio Rokeford olía a las cenizas de la fábrica Synternik.
Al lado de ella, las manos de Axel apretaban el volante de cuero con tal fuerza que sus nudillos se veían completamente blancos. Su mandíbula estaba tan rígida que parecía tallada en piedra.
No había dicho una sola palabra desde que la había sacado a rastras de la suite del hospital, ignorando los gritos de los médicos y las súplicas débiles de Arthur. Cuando el Maybach finalmente cruzó las rejas de la mansión y se detuvo en la entrada principal, Axel apagó el motor de golpe.
—Bájate —ordenó él. Su voz fue un susurro áspero, desprovisto de cualquier rastro de calidez.
Viviana no protestó. Abrió la puerta y bajó del automóvil, dejando que las frías gotas de lluvia empaparan su cabello y su abrigo. Entró al vestíbulo de la casa con paso lento, sintiendo que el peso de la culpa la hacía arrastrar los pies.
Axel entró justo detrás de ella, azotando la pesada puerta de roble con un golpe que resonó en todo el piso inferior.
—Thomas —llamó Axel con voz atronadora. El mayordomo apareció de inmediato desde la cocina, luciendo visiblemente nervioso—. Retira a todo el personal. Nadie sale de sus habitaciones esta noche, pase lo que pase. ¿Quedó claro?
—Sí, señor Synternik. Buenas noches —respondió el hombre, retirándose a toda prisa tras notar la tormenta que brillaba en los ojos de su jefe.
Viviana se giró lentamente para encarar a Axel. Se quitó el abrigo empapado y lo dejó caer sobre el suelo de mármol negro, sin importarle arruinarlo. Sus ojos castaños, hinchados de tanto llorar, se fijaron en la figura imponente del hombre que ahora gobernaba su destino.
—Ya estamos aquí, Axel —dijo ella, con la voz quebrada, pero manteniendo un último rastro de dignidad—. Ya sé la verdad. Sé lo que mi padre hizo. Sé que... que tu madre murió por su culpa. Tenías razón. Todo este tiempo tuviste razón.
Axel dio tres pasos rápidos hacia ella, eliminando el espacio entre ambos con una furia contenida. Le tomó los brazos con fuerza, obligándola a levantar la mirada. Sus ojos grises centelleaban con una mezcla peligrosa de rabia acumulada y un dolor antiguo que finalmente salía a la superficie.
—¿Y pensabas que viniendo a decírmelo cambiaría algo? —le espetó él, apretando el agarre—. ¿Pensaste que tu lástima o tus lágrimas de niña rica iban a devolverme a mi madre?
—¡Desobedeciste mi orden directa, Viviana! —continuó él, su voz vibrando con fuerza—. Te prohibí ir a ese hospital. Te prohibí ver al asesino que destruyó mi vida.
—¡Fui porque se estaba muriendo! —exclamó ella, las lágrimas volviendo a brotar con fuerza—. Quería que me dijera que estabas loco, Axel... ¡Quería creer que mi padre era inocente! Pero no lo es.
—Ahora tengo que cargar con la culpa de saber que mi vida se construyó sobre el cadáver de tu madre —añadió, encarándolo—. ¿Eso es lo que querías? ¿Querías verme destruida? ¡Felicidades, ya lo lograste!
Axel la miró fijamente, y por un segundo, la rigidez de sus facciones vaciló. Sus pupilas recorrieron el rostro pálido de Viviana, deteniéndose en sus labios trémulos y en la desesperación genuina que emanaba de ella. La ira de Axel no disminuyó, pero mutó en algo mucho más denso; una tensión física y emocional que amenaba con romper el hilo que los separaba.
—No, Viviana. Esto apenas comienza —susurró él, y su voz bajó a un tono peligrosamente ronco—. Tu padre me quitó mi hogar. Me quitó el calor de una familia y me dejó grabado el fuego en la piel.
—Así que tu castigo por su crimen, y por tu desobediencia de hoy, empieza ahora —sentenció—. No volverás a salir de esta casa sin mi escolta. No volverás a ver a nadie de tu antiguo mundo. Y a partir de esta noche... no habrá distancias en esa cama.
Antes de que Viviana pudiera procesar la amenaza, Axel la tomó de la cintura con una mano firme y la levantó sin esfuerzo, cargándola al hombro mientras subía las escaleras flotantes.
—¡Suéltame, Axel! ¡Bájame! —gritó ella, golpeando su espalda con los puños, pero era como golpear una pared de concreto.
Axel ignoró sus quejas hasta que llegó a la suite principal. Entró, la dejó caer sobre el colchón de seda gris y cerró las puertas dobles con seguro, arrojando la llave sobre la mesa de noche.
Se quitó el abrigo negro y comenzó a desabrocharse los botones de la camisa con una parsimonia deliberada, sus ojos grises fijos en ella como un depredador acorralando a su presa.
Viviana se incorporó en la cama, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la cabecera. El camisón que llevaba bajo el abrigo se había desacomodado un poco, exponiendo la delicada línea de sus hombros y sus piernas.