La tormenta exterior pareció desvanecerse en comparación con el torbellino de emociones que arrasó la suite principal durante las horas siguientes. Cuando Viviana abrió los ojos a la mañana siguiente, la luz pálida del amanecer se filtraba a través de las cortinas traslúcidas, tiñendo la habitación de tonos grises y azulados. El silencio que se instaló en el dormitorio era denso, casi sagrado, roto únicamente por el sonido suave de la respiración del hombre a su lado.
Viviana se movió con cuidado bajo las sábanas de seda, sintiendo el peso de un brazo grande y musculoso rodeando firmemente su cintura. Se giró con lentitud y se topó con el rostro de Axel. Dormido, el implacable titán de los negocios parecía casi humano. Las líneas duras de su mandíbula se habían suavizado y la eterna tormenta de sus ojos grises estaba oculta tras sus párpados cerrados. Sin embargo, incluso en el sueño, su agarre en la cintura de ella era posesivo, como si temiera que se desvaneciera en el aire si la soltaba.
Viviana bajó la mirada hacia el pecho desnudo de Axel, justo donde la piel sana se encontraba con el tejido áspero y blanquecino de su cicatriz de quemadura. La noche anterior había sido una entrega absoluta. No había habido espacio para las mentiras corporativas ni para el orgullo familiar; se habían consumido mutuamente en una mezcla letal de dolor, culpa y una pasión tan intensa que todavía hacía que la piel de Viviana ardiera al recordarla.
Ella ya no era solo su prisionera contractual o la moneda de cambio para su venganza. Ahora compartían un secreto de sangre. Su padre era el monstruo que había destruido la vida de Axel, y ella se había entregado al enemigo para pagar la condena.
Con una lentitud milimétrica, para no despertarlo, Viviana levantó la mano y retiró con suavidad el brazo de Axel de su cuerpo. Se deslizó fuera de la cama, envolviéndose en una bata de satén oscuro que encontró a los pies del colchón. Necesitaba pensar, y no podía hacerlo mientras sentía el calor embriagador de su piel contra la de ella.
Caminó descalza hacia el ventanal, contemplando los jardines de la mansión empapados por la lluvia de la noche anterior. Su mente comenzó a trabajar a mil por hora. Su padre, Arthur Rokeford, estaba en el hospital, al borde de la muerte y cargando con el peso de un crimen atroz. Axel tenía todas las razones del mundo para odiarlos. Pero una parte de Viviana, la niña que había sido educada para analizar contratos y buscar los cabos sueltos en las estrategias financieras de su familia, no podía evitar sentir que algo no encajaba del todo.
"Un accidente... yo solo contraté a unos hombres para dar un susto", había dicho su padre. Si Arthur Rokeford solo quería presionar a los Synternik para vender las patentes, ¿quién se había asegurado de que el fuego destruyera toda la fábrica con la madre de Axel dentro? ¿Había alguien más moviendo los hilos en las sombras hace veinte años?
El sonido de las sábanas moviéndose la sacó de sus pensamientos. Viviana se giró y vio que Axel ya estaba despierto. Se había incorporado en la cama, apoyando la espalda contra la cabecera de madera. Su cabello oscuro estaba revuelto y sus ojos grises, fijos en ella, recuperaron de inmediato esa intensidad fría y calculadora que la desarmaba.
—Es temprano para que la señora Synternik esté despierta —dijo Axel. Su voz era un susurro ronco, barítono, que envió un escalofrío directo al vientre de Viviana—. Pensé que después de lo de anoche estarías cansada.
Viviana apretó el cordón de su bata, forzando una expresión de serenidad.
—Estaba pensando, Axel —respondió ella, caminando lentamente hacia el borde de la cama, pero manteniendo una distancia segura—. Pensando en lo que pasó ayer. En lo que mi padre confesó... y en lo que tú hiciste.
Axel entrecerró los ojos y la comisura de sus labios se elevó en una sonrisa gélida y carente de calidez. Se deslizó fuera de las sábanas, poniéndose en pie con una elegancia felina. Estaba completamente desnudo de la cintura para arriba, mostrando el físico imponente que la había dominado pocas horas atrás.
—¿Arrepentida, Rokeford? —preguntó él, acortando la distancia con pasos lentos y seguros—. Ayer aceptaste tu destino. Dijiste que si pasar un año conmigo calmaba mi tormento, te entregarías. Cumpliste tu palabra. Pero no te equivoques, Viviana. Unas horas de pasión no borran veinte años de cenizas. Tu padre sigue siendo el hombre que mató a mi madre.
—Lo sé —interrumpió Viviana, y su voz sonó más firme de lo que esperaba, haciendo que Axel se detuviera a un metro de ella—. Sé lo que hizo. Y no pretendo justificarlo. Pero si mi padre es el culpable... ¿por qué Thomas me dijo ayer que el informe del perito independiente desapareció de los archivos policiales apenas un día después del incendio?
La mención del informe hizo que las facciones de Axel se tensaran de inmediato. Sus ojos grises brillaron con una furia renovada.
—Thomas habla de más —sentenció Axel con voz cortante—. Ese informe desapareció porque tu padre pagó una fortuna en sobornos para enterrar el caso y etiquetarlo como un accidente eléctrico. Es la forma en que los Rokeford siempre han hecho negocios.
—No, Axel, piénsalo —insistió Viviana, dando un paso hacia él, impulsada por la adrenalina de su propia hipótesis—. Mi padre confesó que contrató a hombres para provocar un incidente menor, no para quemar la fábrica entera con tu madre dentro. Si él quería las patentes, destruir el lugar y matar a la esposa de su socio solo habría desatado una investigación por homicidio, justo lo que pasó. ¿Y si alguien más se enteró del plan de mi padre y saboteó el incendio para asegurarse de que los Synternik fueran borrados del mapa por completo? ¿Y si alguien usó a mi padre?