El despacho de Axel en el primer piso de la mansión era el reflejo de su mente: amplio, severo y revestido en maderas oscuras que absorbían la luz de la mañana. Viviana entró un paso detrás de él, vistiendo un sobrio conjunto de pantalón y blusa de seda azul marino. Sus manos estaban frías y entrelazadas frente a su vientre, intentando contener los nervios. Axel, ya con un traje gris de tres piezas perfectamente entallado, caminó directo hacia su imponente escritorio de mármol y se sentó, adoptando la postura de un monarca listo para emitir un juicio.
Frente a ellos, de pie y sosteniendo un portafolios de cuero desgastado, se encontraba Emiliano Rothenberg. El abogado principal de los Rokeford lucía notablemente envejecido desde la última vez que Viviana lo había visto. Las canas poblaban sus sienes y las ojeras profundas delataban que no había dormido en días.
—Señor Synternik. Viviana... o debería decir, señora Synternik —saludó Emiliano con una inclinación de cabeza—. Su voz arrastraba el cansancio de quien sabe que está pisando terreno minado.
—Ahórrese las cortesías, Rothenberg —cortó Axel, y su voz barítona resonó con una autoridad gélida en las paredes del despacho—. Thomas dijo que su visita tenía que ver con las auditorías de los Rokeford. Mi equipo legal ya tomó el control de los activos principales. ¿A qué vino exactamente?
Emiliano miró de reojo a Viviana, con una mezcla de lástima y urgencia en los ojos, antes de fijar la vista en Axel.
—Vine porque sé perfectamente que usted no compró las empresas Rokeford solo por el valor de sus acciones, señor Synternik. Sé que lo hizo por venganza. Sé lo que está buscando en los archivos de la compañía... y sé que nunca lo va a encontrar allí porque Arthur Rokeford lo sacó de la empresa hace quince años.
Viviana dio un paso al frente, con el corazón dándole un vuelco.
—¿De qué estás hablando, Emiliano? ¿Qué archivo? —preguntó ella, con la voz temblando ligeramente.
El abogado suspiró profundamente, caminó hacia la mesa de centro y abrió su portafolios de cuero. De su interior extrajo una carpeta de color beige, visiblemente antigua, atada con un cordón elástico negro. La colocó sobre el mármol del escritorio de Axel con una solemnidad que hizo que el aire del despacho se volviera aún más espeso.
—Arthur me entregó esto hace una semana, justo antes de su colapso cardíaco —explicó Emiliano, mirando fijamente a Axel—. Me dio órdenes estrictas de destruirlo si él fallecía, o de entregárselo a Viviana si la situación se volvía desesperada. Y viendo que ella ahora lleva su apellido, señor Synternik, asumo que el momento ha llegado. Esto es el informe original del perito independiente sobre el incendio de la fábrica Synternik. El que desapareció de los archivos de la policía federal hace veinte años.
Axel se tensó de inmediato. Viviana vio cómo sus ojos grises se dilataban y sus manos se apoyaban planas sobre el escritorio, sus nudillos volviéndose blancos. La máscara de indiferencia del titán corporativo estuvo a punto de romperse por completo. Con un movimiento rápido y casi violento, Axel jaló la carpeta hacia sí, desató el cordón y comenzó a pasar las páginas amarillentas llenas de sellos oficiales y fotografías técnicas del siniestro.
Viviana se acercó al escritorio, clavando la mirada en los papeles.
—Mi padre me confesó anoche en el hospital que él contrató a hombres para provocar un incidente menor —dijo Viviana, sintiendo que las lágrimas amenazaban con volver a sus ojos al pronunciar la traición de su progenitor—. Él admitió su culpa, Emiliano... Admitió que quería presionar a la familia de Axel por las patentes.
—Y su padre cargará con esa culpa hasta el día de su muerte, Viviana. Fue una acción corporativa asquerosa y criminal —declaró Emiliano con firmeza—. Pero Arthur Rokeford no es un asesino. Él no planificó la muerte de la madre de Axel. Miren la página cuatro del informe pericial, señor Synternik.
Axel pasó la hoja con dedos firmes pero rápidos. En la página se detallaba un análisis químico de los escombros de la fábrica textil. Había esquemas de la estructura del edificio y marcas rojas indicando los puntos de inicio del fuego.
—El perito descubrió que hubo dos tipos de acelerantes químicos diferentes esa noche —explicó el abogado, señalando las anotaciones técnicas—. Los hombres que contrató su padre usaron queroseno común en la entrada trasera para dañar los almacenes de telas. Un sabotaje simple. Pero diez minutos después de que ellos se marcharan, alguien cortó las líneas principales de gas desde el sótano y esparció termita industrial en las salidas de emergencia de las oficinas del segundo piso. La termita es un compuesto que arde a más de dos mil grados. Se usó específicamente para derretir las cerraduras de acero y asegurarse de que nadie pudiera escapar de los despachos altos.
Un silencio sepulcral cayó sobre la habitación. Viviana miró a Axel y sintió que un escalofrío de puro terror la recorría por completo. El rostro de Axel se había vuelto de una palidez fantasmal. Sus ojos leían y releían el informe químico, reconociendo la descripción de la sustancia que había fundido las puertas de hierro y atrapado a su madre en sus brazos.
—Mi padre no tenía acceso a termita industrial en esa época, Axel —susurró Viviana, con la voz rota por la revelación—. Las empresas Rokeford solo manejaban textiles y logística agrícola. El uso de ese compuesto demuestra lo que te dije esta mañana... Alguien usó el sabotaje de mi padre como la pantalla perfecta para cometer un asesinato en masa y destruir a los Synternik.