Comprada por el enemigo

Capítulo 10: La Cena de los Lobos

El comedor privado del restaurante L'Étoile, situado en el piso más alto de un rascacielos con vistas a todo el distrito financiero, estaba sumido en un silencio tenso y elegante. Las paredes de cristal mostraban la ciudad iluminada como un mar de diamantes bajo la noche despejada. En el centro, una mesa imperial de roble oscuro estaba dispuesta para cuatro comensales, con cubiertos de plata y copas de cristal de baccarat que reflejaban la luz suave de los candelabros.

Viviana terminó de retocar su labial frente al espejo del baño privado del reservado. Respiró hondo, intentando estabilizar su pulso. Llevaba un vestido de cóctel de terciopelo negro, ceñido al cuerpo, de cuello alto, pero con la espalda completamente descubierta. Los diamantes que Axel le había regalado volvían a adornar su cuello y sus orejas. Ya no era la novia asustada y humillada de hace unos días; esta noche, la resolución y la sed de justicia por la memoria de la madre de Axel y la manipulación de su propio padre le daban una fuerza que nunca había sentido.

Al salir al comedor, Axel la esperaba de pie junto al ventanal, con una copa de whisky en la mano. El esmoquin negro a medida resaltaba sus hombros anchos y su postura imponente. Al escuchar sus pasos, se giró. Sus ojos grises la recorrieron con una intensidad abrasadora que hizo que el vientre de Viviana se tensara con ese calor prohibido que ahora conocía muy bien.

Axel caminó hacia ella, dejó la copa en la mesa y colocó una mano firme y posesiva en la curvatura de su espalda desnuda. Su tacto, directo sobre su piel, le provocó un escalofrío electrizante.

—Estás espectacular, Viviana —susurró él; su aliento cálido rozó su oído—. Los Ceredik están a punto de llegar. ¿Estás lista para ver cómo se desmorona su castillo de naipes?

—Más que lista —respondió ella, clavando sus ojos castaños en los de él—. Hicieron de mi vida una mentira y destruyeron la tuya. No voy a parpadear hasta verlos caer.

Axel esbozó una media sonrisa oscura, un gesto de pura complicidad masculina que demostraba que, a pesar del contrato, algo real y poderoso se estaba forjando entre ellos.

En ese momento, las puertas dobles del reservado se abrieron. El maître del restaurante anunció a los invitados: Marcus Ceredik y su hijo, Christian Ceredik.

Marcus, un hombre de unos cincuenta años con el cabello canoso y una sonrisa de tiburón corporativo, entró con la confianza de quien se cree dueño del mundo. Detrás de él, Christian lucía su habitual porte aristocrático, pero en cuanto sus ojos se fijaron en Viviana, una chispa de posesividad y despecho brilló en sus pupilas. Verla tan hermosa, tan segura de sí misma y llevando el apellido de su mayor rival, era un golpe directo a su orgullo.

—Axel, mi querido amigo —exclamó Marcus, extendiendo la mano con una falsedad ensayada—. Qué sorpresa recibir tu invitación para cenar. Y veo que estás acompañado por la hermosa Viviana... o debería decir, la señora Synternik. Felicidades por el matrimonio exprés, aunque admito que a todos nos tomó por sorpresa.

Axel tomó la mano de Marcus con un agarre breve pero firme, manteniendo su máscara de frialdad quirúrgica.

—Los negocios se mueven rápido en estos días, Marcus —respondió Axel, indicando con un gesto que tomaran asiento—. Y Viviana y yo teníamos asuntos urgentes que consolidar. Por favor, siéntense.

La cena comenzó con una aparente cordialidad que no engañaba a nadie. Mientras los camareros servían los platos de alta cocina y el vino de reserva, Marcus intentaba guiar la conversación hacia el destino de los activos de las empresas Rokeford, buscando una oportunidad para sacar provecho de la quiebra.

Christian, por su parte, no dejaba de mirar a Viviana. Aprovechando que su padre y Axel intercambiaban un par de comentarios sobre el mercado de valores, se inclinó un poco hacia adelante sobre la mesa.

—Te ves increíble, Vivi —dijo Christian en voz baja, con un tono arrastrado que pretendía ser íntimo—. Lamento lo que pasó el día de la boda, de verdad. Pero tienes que entender que las presiones familiares eran demasiadas. Me alegra ver que encontraste un... consuelo tan rápido. Aunque todos sepamos que Synternik solo te está usando como un trofeo para humillar a tu padre.

Viviana dejó su copa de vino sobre la mesa con una lentitud deliberada. Miró a Christian directamente a los ojos, con una sonrisa fría que lo descolocó por completo.

—Te equivocas, Christian —replicó ella, con una voz clara y gélida que cortó el murmullo de la mesa—. Axel no me usa. Axel me valora. Algo que tú nunca supiste hacer. Además, deberías preocuparte menos por mi matrimonio y más por el futuro de tu propia familia. El viento está cambiando de dirección.

Christian frunció el ceño, molesto por la falta de efecto de sus palabras, pero antes de que pudiera responder, Axel intervino, atrayendo la atención de toda la mesa.

—Viviana tiene razón, Marcus —dijo Axel, recostándose en su silla y entrelazando los dedos sobre la mesa. Sus ojos grises se fijaron en el patriarca de los Ceredik como dos puñales de hielo—. El viento está cambiando. De hecho, la razón principal de esta cena no es hablar de la absorción de los Rokeford. Es hablar de una auditoría histórica que mi equipo legal terminó de revisar esta tarde. Una auditoría que data de hace exactamente veinte años.

Marcus Ceredik congeló su copa de vino a mitad de camino hacia sus labios. Sus ojos se entrecerraron sutilmente, y la sonrisa de tiburón comenzó a desvanecerse de sus facciones.



#775 en Thriller
#270 en Suspenso

En el texto hay: boda, venganza, venganza dolor

Editado: 20.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.