Comprada por el enemigo

Epílogo: Más allá de las Cenizas

Seis meses después de la noche en el restaurante L'Étoile, el mundo de la alta sociedad seguía recuperándose de las réplicas del terremoto financiero y judicial que había destruido a la familia Ceredik. Marcus Ceredik esperaba su sentencia definitiva en una prisión federal de máxima seguridad, mientras que su hijo Christian, despojado de toda su fortuna y prestigio, se había marchado del país para escapar de la humillación pública. Las empresas Rokeford, por su parte, habían sido reestructuradas e integradas con éxito en el Grupo Synternik, salvando los empleos de miles de personas y limpiando de una vez por todas el apellido familiar. Arthur Rokeford había fallecido pacíficamente en el hospital tres semanas después de la detención de Marcus, habiendo obtenido el perdón de su hija y sabiendo que su legado no se hundiría en el fango.

Pero dentro de las paredes de la mansión Synternik, la vida se movía a un ritmo completamente diferente.

Viviana se encontraba de pie en el gran ventanal de la suite principal, contemplando el atardecer dorado que teñía las colinas de la ciudad. Llevaba un vestido sencillo de seda blanca que se amoldaba con suavidad a sus curvas. En su dedo anular izquierdo, el anillo de diamantes que inicialmente había sido el símbolo de una condena contractual ahora brillaba con una luz diferente.

La puerta de la suite se abrió con un sonido suave. Viviana no necesitó girarse para saber quién era; el aroma a madera de sándalo y tabaco caro que inundó la habitación era su mayor certeza.

Axel entró vistiendo un pantalón de vestir gris y una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los antebrazos. Se le veía más relajado que nunca. Las líneas de tensión que antes gobernaban su rostro habían desaparecido, y la tormenta eterna de sus ojos grises se había transformado en una calma profunda y magnética.

Caminó directamente hacia ella con pasos felinos y silenciosos. Al llegar a su lado, no dijo nada; simplemente pasó sus brazos fuertes alrededor de la cintura de Viviana, atrayendo su espalda contra su pecho en un gesto de pura y absoluta posesión. Viviana dejó escapar un suspiro de satisfacción, reclinando la cabeza sobre su hombro y entrelazando sus dedos con los de él.

—Thomas me dijo que pasaste la tarde en la antigua fundación textil de mi madre —murmuró Axel al oído de ella. Su voz barítona y profunda le provocó un delicioso estremecimiento en la piel.

—Sí —respondió Viviana, girando un poco la cabeza para mirarlo de perfil—. Los arquitectos terminaron de restaurar el edificio principal. El próximo mes abriremos el centro de capacitación artística y refugio para mujeres que planeamos. El nombre de tu madre, Helena Synternik, está grabado en letras de oro sobre la entrada principal. Las cenizas finalmente se convirtieron en algo hermoso, Axel.

Axel guardó silencio durante un largo momento, contemplando el horizonte. Su agarre en la cintura de ella se apretó un poco más, no con la fuerza violenta del pasado, sino con una necesidad profunda de mantenerla cerca.

—Nunca pensé que viviría para ver este día, Viviana —confesó él en un susurro ronco, desnudando su alma como solo lo hacía cuando estaban a puerta cerrada—. Pasé veinte años alimentándome del odio, despertando a mitad de la noche con el olor a humo en la garganta y la obsesión de destruir a cualquiera que llevara el apellido Rokeford. Pensé que el día que lograra mi venganza finalmente encontraría la paz.

—¿Y la encontraste? —preguntó ella, dándose la vuelta entre sus brazos para quedar frente a frente. Colocó sus manos sobre los hombros de él, sintiendo el calor reconfortante de su cuerpo.

Axel bajó la mirada hacia los ojos castaños de su esposa, y una chispa de intensa devoción masculina brilló en sus pupilas grises. Levantó una mano y acunó su mejilla, acariciando su piel con el pulgar.

—La paz no llegó con el arresto de los Ceredik, pequeña Rokeford —admitió él con una media sonrisa tierna que habría escandalizado a sus rivales en Wall Street—. La paz llegó el día que firmaste ese maldito contrato y entraste a mi casa. Llegó cuando decidiste tocar mis cicatrices en lugar de temerme. Mi tormento no se calmó con la ruina de mis enemigos... se calmó contigo.

El corazón de Viviana dio un vuelco violento en su pecho, inundado por una calidez arrolladora. El contrato original de trescientos sesenta y cinco días seguía guardado en el escritorio de abajo, pero ambos sabían que el papel ya no tenía ningún valor. Las cadenas de la obligación se habían transformado en lazos inquebrantables de un amor que había nacido en el lugar más inesperado: el terreno del enemigo.

—Tengo un secreto que contarte, Axel Synternik —dijo Viviana, con una sonrisa juguetona, pero con los ojos brillando por la emoción—. El contrato dice que nuestro matrimonio dura un año. Faltan exactamente seis meses para que se cumpla el plazo. ¿Qué va a pasar cuando el tiempo se agote? ¿Vas a dejarme ir?

Axel soltó una risa baja y oscura, un sonido que vibró directamente contra el pecho de Viviana. La atrajo hacia sí con firmeza, eliminando cualquier rastro de distancia entre sus cuerpos, atrapándola contra la calidez de su anatomía.

—Tendrías que matarme para poder salir de esta casa, señora Synternik —declaró él, con una seriedad absoluta que no admitía réplicas—. Rompí ese contrato hace meses. No hay un límite de tiempo para nosotros. Te compré para destruirte, pero terminaste salvándome. Ahora me perteneces, y yo te pertenezco a ti, para siempre.



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En el texto hay: boda, venganza, venganza dolor

Editado: 20.07.2026

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