Cuando le pedí a Michael que “viviera” conmigo no lo pensé mucho, las palabras solo escaparon de mi boca y ni siquiera analicé que podría ser una pésima idea. Creí que sería una excelente forma de poner celoso a Thomas y al mismo tiempo podría estar con Michael. Era un ganar ganar.
Ahora comprendo que no es lo correcto.
Para nadie.
—Michael esto está mal. —advertí.
Se mantenía apoyado en el marco de la puerta, con su sonrisa tonta pegada.
—Tu me imploraste que viviera contigo.
No fue así cómo pasó.
—Ahora tendrás que aguantarme lo que queda de nuestro trato.
Entró al apartamento y tiró su bolso sobre el sofá.
—Tu departamento se ve distinto, está… desocupado.
—Si últimamente me he estado deshaciendo de lo que no me sirve.
Entrecerró sus ojos como intentando comprender lo que le decía.
—¡Auch! —dijo— espero no ser una de ellas.
—No estaría tan segura.
Ignoró mis palabras y continuó acomodándose.
—Había dejado una polera y calcetines para cuando regresara. ¿Los viste?
Mierda.
—No… no había nada —mentí.
—Qué extraño. ¿Dónde puedo dejar mis cosas?
Estoy parada al lado del sofá y miro toda esta escena con confusión.
—Michael no te puedes quedar —repetí.
Su sonrisa se desvaneció, pero no se ve preocupado.
—¿Quieres hablar de lo que pasó? —preguntó.
—¿A qué te refieres? No ha pasado nada.
Voy a la cocina para servir dos vasos de jugo. Ni hablar de alcohol o se pondrá loquito otra vez.
Él se aproxima también y se sienta en uno de los banquitos.
—Es por lo de Marta. —expresó.
—No tiene nada que ver, quiero decir, si. Pero no es eso.
Intenté expresarme lo mejor que pude.
Le alcancé un vaso, arrastrándolo por la mesa.
—No te hagas responsable de mis problemas Jennifer. Yo sé que es lo que tengo que hacer.
—Ese es el tema Michael. No estoy haciéndome cargo de tus problemas, es solo que no quiero que tú te conviertas en uno.
—No entiendo. —dice.
—No importa. Esto fue una mala idea, nunca debí contratarte y meterte en este lio.
—Pero para mí no. —confesó— Yo quiero estar aquí.
—¿Pero por qué? —cuestione— ¡Dame una razón!
Se levanta decidido y se acerca a mí afirmando mis hombros con fuerza pero sin presionar.
—Yo… no lo sé —dice— Me gustaría darte una respuesta, pero no es lo que quieres escuchar.
—Tu no sabes lo que yo quiero escuchar —sentencié.
—Me lo imagino.
Odio esta comunicación tan confusa, donde hablamos pero en verdad no nos decimos nada. Donde no hay nada claro y solo son suposiciones.
—¿Realmente quieres quedarte aquí? —pregunté.
—Si.
No insistiré en averiguar el por qué y no seguiré indagando en lo que Michael piensa. Está aquí y dejarlo quedarse es el camino fácil, después de todo yo lo invite.
—Está bien. Es lo mejor para esta mentira… y extraño la comida recién hecha. —admití.
Dejaré que las cosas se tranquilicen, de pronto todo se volvió tan denso y complicado entre los dos.
—Tengo un regalo para ti —confesó.
—Otro regalo ¿Por qué?
—Mira —dice extendiendo su mano.
Dos entradas para el último capítulo de Jujutsu en cines.
—¡Michael estaban agotadas! —exclamé.
—Las compré hace una semana.
Cuando hablamos la semana pasada mientras veíamos el penúltimo capítulo por la tele.
—¡Michael te amo, te amo, te amo! —grite.
Salté sobre él y me alcanzó en el aire levantándome, quede rodeando su cintura con mis piernas y su cuello con mis brazos.
—¡Tranquila! —dice riendo— es solo una entrada.
Volví a mi centro y me aparté rápido de él tirándome satisfecha en el sofá.
Relájate Jennifer.
Con Michael todo es tan extremista. Blanco o negro, no hay matices. O estas muy bien o quieres matarlo. Pero no hay punto medio.
—Son para mañana —dije— lo mejor es que no tengo trabajo.
Él le da un sorbo a su jugo y no me aparta los ojos de encima.
Se acerca arrastrándose lentamente por el suave cuero del sofá, cada vez que lo veo así me recuerda a un león acechando su presa.
Y ahora yo soy la presa.
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Editado: 14.08.2026