Soledad. Esa era la palabra adecuada. Una eterna soledad.
Violeta se observó en el espejo, como todos los días. Intento acomodar sus rulos rebeldes moviéndolos a derecha e izquierda, hacia arriba o hacia abajo, los empujo hacia atrás, intento recogerlos con una bandita elástica pero los rizos traviesos tenían vida propia. Cualquier ensayo era inútil. Resignada, los sacudió un poco, se calzo los anteojos y lanzo un largo suspiro. No le gustaba lo que veía en el espejo: ojos grandes, nariz inquieta, unas pecas atrevidas que manchaban sus mejillas con descaro y granos, ese maldito acné con el que luchaba día a día.
_Bendita pubertad_ pensó_ Ojalá creciera pronto…pero ya veo que yo no tengo remedio…ni en mil años voy a cambiar.
Se dejó caer sobre la cama y se quedó mirando el cielorraso en silencio. Tenía 16 años, excelentes calificaciones, pocos amigos, en realidad una única amiga, Catalina, escasa popularidad y un sinfín de apodos molestos. Muchas veces se preguntaba si aquellos que se creían graciosos poniéndole sobrenombres a la gente, eran conscientes del daño que infringían.
_Uno no es así porque quiere, se nace de una determinada manera y debemos jugar con las cartas que nos tocan_solia decirse en vos alta_ Algunos nacen con cuatro ases y otros, como yo, tenemos que conformarnos con lo que nos toca.
Se preguntó cómo sería parecerse a Camila. Ella tenía piernas largas, era delgada, rubia, ojos verdes preciosos y cualquier cosa que se pusiera le quedaba bien. La había visto con unos jeans rotos y una remera gastada y, aun entonces estaba fabulosa. Si ella se hubiera vestido así, le darían monedas en la esquina. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por Rodrigo, su hermano mayor, gritando:
_ ¡Violeta, baja a desayunar! Después te quejas que llegas tarde a la escuela.
Tomo su mochila, se acomodó los lentes y bajo las escaleras rápidamente. Saludo raudamente a su madre, le dio un codazo en las costillas a Martin, el pesado de su hermano menor, y se dispuso a comer.
_Hola, Bodoque- le dijo Rodrigo- Hoy me toca llevarte a la escuela y de ahí me voy al trabajo. En diez minutos nos vamos porque no puedo llegar tarde sino el señor Peralta se va a poner de malas y voy a terminar de patitas en la calle.
Había muchas formas de llamar a una hermana, pero Violeta odiaba con todo su corazón que la llamaran “Bodoque”. Le sonaba a masa deforme, cosa sin gracia, anómalo, amorfo, imperfecto, mal hecho…Era totalmente inútil explicárselo a Rodrigo porque con tan solo una sonrisa, podía perdonarle cualquier cosa. Lo amaba, era su hermano favorito, sabía que daría la vida por ella sin dudarlo de modo que, terminaba aceptando cualquier cosa que dijera, después de todo, no había mala intención detrás de sus palabras.
Llego a la escuela a tiempo. Analía estaba apoyada contra la pared y al verla, se acercó al auto. Cada vez que Rodrigo la llevaba, alguna de sus compañeras se aproximaba con cualquier pretexto para saludarla y ver… a su hermano. Era todo un galán, atractivo, atlético, simpático, siempre dispuesto a conversar y tenía una sonrisa que las derretía al instante.
_Hola, Rodrigo, hola, Violeta. ¿Cómo estás? _ decía Analía con evidente descaro.
_Hola, hermosa. Bien, como siempre. Pasen un lindo día chicas- y así, dándole un beso en la mejilla a su hermana, se despidió rápidamente.
El automóvil se alejó mientras Violeta observaba como Analía le daba la espalda para reunirse con Camila e ingresar a la escuela.
_Vino Rodrigo_ comentaba suspirando_ No puedo entender como alguien como Violeta pueda tener un hermano tan lindo.
Se sentó en el mismo rincón de siempre, mientras miraba su reflejo en el vidrio de la ventana. Catalina no iría a clases ese día porque tenía un resfriado fatal. El día sin su única amiga seria todo un suplicio.
El profesor de matemáticas tomo una evaluación, los ejercicios eran realmente fáciles y los resolvió en un instante, acto seguido se colocó los auriculares y busco en Spotify a su cantante favorito, Mateo Rossi. Cuando lo escuchaba, su humor se elevaba, olvidándose de todos sus complejos y angustias. Por poco se puso a tararear “Corazón de hielo” en medio de la clase.
“Corazón de hielo,
No me mires con temor.
Corazón de hielo,
Te regalo una flor
Y entrégame tu amor”
Cerro los ojos e imagino a Mateo en medio de un recital, cantándole desde el escenario, señalándola con el dedo mientras las demás fanáticas morían de envidia a su alrededor. Mateo era el cantante de moda, aquel por el que todas las chicas gritaban, lloraban y se volvían eufóricas. Sus videos musicales explotaban en YouTube, con cientos de miles de reproducciones e innumerables suscriptores. Había grabado su último video en Miami, Marruecos y el Cairo y a minutos de ser subido, ya era furor en las redes. Ese si era un chico por el cual suspirar, un novio que todas desearían tener. Con alguien así ella seria popular, admirada, todas querrían conversar con ella con tal de conseguir un autógrafo suyo, pero eso era tan solo un sueño y nada más.
Durante el recreo, se sentó junto a un cantero plagado de margaritas silvestres y continúo buscando canciones de su ídolo, porque de esa forma no tendría que mirar a su alrededor y percatarse de su soledad. La vida escolar no resultaba un lecho de rosas, sino uno de espinas, y se resignaba con pensar que en dos años más saldría de aquella cárcel para vivir en el mundo exterior.
Amaba la lectura y la escritura por lo que elegiría alguna carrera relacionada a sus aficiones, quizás, Filosofía y Letras, también había leído que había una carrera para ser Escritor, pero aún no lo había decidido plenamente. A las dos horas de Matemáticas, le siguieron dos de Ingles, con muchos ejercicios por completar, textos que leer y preguntas por responder. El tiempo paso rápido y luego de un segundo recreo y un poco de Historia, estaba lista para regresar a casa.