El humo empezaba a cubrir parte de la plaza y los gritos se mezclaban con aplausos, insultos y el sonido de las alarmas.
Nuestro pequeño desastre había salido mejor de lo esperado... aunque escapar ya era otro tema.
Corrimos hacia los huecos que simulaban las puertas de salida, pero varios guardias de seguridad ya estaban bloqueando el paso.
—genial...—murmuré.
Mi mejor amigo me agarró del brazo sano y me arrastró hasta un agujero en la pared que simulaba una ventana.
—¡Salí! —me dijo.
No discutí.
Me deslicé por la abertura y, apenas estuve del otro lado, empecé a buscar una salida segura. Él no tardó en alcanzarme.
Corrimos hasta un paredón con rejas.
Me di vuelta y vi que el resto de la gente escapaba por las puertas y ventanas más cercanas.
Mi mejor amigo observó el paredón, después me miró a mí.
Supe exactamente lo que estaba pensando.
—Ni de chiste.
—Es la única forma. Hay que trepar. ¿O preferís pasar la noche en prisión? Porque estoy bastante seguro de que a tu mamá no le va a gustar esa opción.
No sé cuánto tiempo llevábamos ahí cuando algunas personas empezaron a acercarse.
Se nos hacerco un desconosido y nos empezó a hablar
—Lindo espectáculo el que hicieron... pero ahora, ¿cómo piensan salir?
—Trepá —dijo mi amigo, ignorándolo por completo.
—¿Y los demás? —pregunté.
Como si nos hubieran estado escuchando, aparecieron detrás del desconocido.
—Hecho, jefecita. ¿Nos vamos? —preguntó uno de ellos.
Claramente no soy su jefa; somos amigos. Pero, de vez en cuando, les gusta llamarme así porque saben que me molesta.
—Vamos.
Noté que el desconocido no dejaba de mirarme. Su atención se detuvo en mi brazo lastimado.
—Te ayudo.
Antes de que pudiera responder, me tomó del brazo sano y me llevó hasta la parte más baja del paredón.
—Apoyate.
Claramente no estaba en posición de negarme. No ahora.
Me hizo pie para que pudiera alcanzar el borde. La reja era alta y, con un brazo lastimado, subir sola habría sido casi imposible.
Cuando logré agarrarme del borde, no me soltó enseguida. Esperó hasta asegurarse de que estaba firme.
Por un instante, nuestras miradas se cruzaron.
Después reaccioné.
Desde arriba podía ver a decenas de personas formando una barrera entre nosotros y los guardias.
Mis amigos ya estaban terminando de subir, así que me concentré en cómo bajar. Porque, como se podrán imaginar, mi brazo izquierdo había decidido dejar de colaborar.
Mi mejor amigo se paró a mi lado.
—salta.
Lo miré como si estuviera completamente loco.
—De tu madre salto. No pienso romperme una pierna.
—No hay nada de dónde agarrarse mientras bajás. Dale.
Miré hacia abajo otra vez.
Las personas que seguían en la plaza nos observaban.
Respiré hondo.
Y salté.
Apenas toqué el suelo, un ardor atravesó mi rodilla derecha.
—¡Conchudo! ¡Te dije que no me quería lastimar!
Cuando él bajó, le di un golpe en el hombro.
—Hubieras pensado en eso antes de prender fuego una estatua.
No pude evitar sonreír al recordar la idea que se me ocurrió apenas unas horas antes y que, contra todo pronóstico, había salido increíble.
Me di vuelta.
La enorme estatua del rey seguía envuelta en llamas.
Algunos nos aplaudían y gritaban con emoción.
Otros nos abucheaban.
La verdad...No podría importarme menos.
Había hecho exactamente lo que quería hacer.
Antes de que pudiera seguir contemplando el incendio, alguien me agarró de la muñeca.
—¡Corré!
Empezamos a correr.
Al mirar hacia atrás por última vez, encontré al desconocido observándome otra vez.
Había curiosidad en su mirada. O tal vez era otra cosa.
No tuve tiempo para averiguarlo.
Seguí corriendo junto a mis compañeros de crimen, ignorando el dolor que me atravesaba el brazo izquierdo y la rodilla derecha.