En algún lugar del vasto universo, año 2040
La nave Prometeo-35 no era más que un susurro metálico en la inmensidad. Su casco, forjado con los compuestos que Aethel había diseñado y la Tierra había ensamblado, reflejaba una luz pálida mientras sobrevolaba los límites exteriores de Concordia. Dentro, el aire reciclado sabía a monotonía después de dos meses de misión, pero también a una tensión que nadie nombraba. La misión Galatea 3 era simple en los informes y peligrosa en la realidad: investigar una perturbación gravitacional casi imperceptible que los sensores de la AIC habían registrado como un eco fuera de lugar, un temblor en las órbitas que mantenía despiertos a los estrategas de cinco mundos.
Aiko Tanaka, la capitana, tenía veintisiete años y la costumbre de observar más de lo que hablaba. Sus dedos recorrían la consola de mando con la precisión de quien ha crecido entre diagramas estelares y ha asumido que el silencio es una herramienta de liderazgo. Alexei Volkov, a su lado, corregía el rumbo con gestos mínimos; el piloto pensaba en su esposa y en dos nombres que se repetían en su pecho como un rezo: Susan, Anastasia. Las nombraba en voz baja cuando los demás dormían, como si así pudiera acortar la distancia. Marcus Chen, el ingeniero, llevaba tres días sin probar bocado de verdad y doce horas mirando la misma fotografía de Grace embarazada de seis meses. Sus dedos temblaban al rozar la pantalla. Inés de la Vega, médica y especialista de misión, lo observaba de reojo mientras comprobaba los signos vitales de todos. Conocía ese tipo de silencio: no era técnico, era un duelo anticipado.
—Marcus —dijo Inés, rompiendo la quietud del módulo común—. ¿Cuándo fue la última vez que bebiste agua de verdad?
—Esta mañana.
—Mientes como ingeniero, no como paciente. Tienes los labios secos y el pulso ligeramente acelerado. Si no te hidratas, las alucinaciones por fatiga pueden empezar antes de lo que crees.
—¿Y si ya estoy alucinando? —Marcus levantó la vista de la imagen de Grace. Su sonrisa era una grieta—. Porque juro que a veces siento que todavía estoy en casa, que esto es una pesadilla y que me voy a despertar con su mano en el pecho.
Inés se sentó a su lado. La nave crujía de fondo, esa orquesta de metales vivos que tanto asustaba a los novatos y que a ellos ya les resultaba familiar. Afuera, los cinco planetas de Concordia orbitaban sus soles con la elegancia de una coreografía antigua: la Tierra fragmentada en países pero unificada bajo la voz joven de Antonio Durán; Aethel, la joya tecnológica de Ilyra; Meijin, donde los emperadores aún dictaban la rectitud con poemas; Ellisyum, regido por una magia que la ciencia apenas empezaba a entender; y Qeeren, el planeta de los contratos sellados con la mirada. Cuatro tripulantes de apenas veintisiete años eran la punta de lanza de esa civilización múltiple, y todos tenían demasiado que perder.
—No te vas a perder nada —mintió Alexei desde la cabina, aunque no levantó la voz. Su acento ruso envolvía las palabras como un abrigo—. Esto terminará en tres semanas. Tres semanas y estarás oliendo la cabeza de tu hijo recién nacido. Te lo digo yo, que he olido dos cabezas y no hay perfume mejor.
Marcus soltó una risa seca.
—Tú sí que sabes mentir, Volkov. Tres semanas y media, si la anomalía nos deja. Y luego el viaje de regreso. Para cuando ponga un pie en la Tierra, Grace ya habrá dado a luz en brazos de su madre. Y yo estaré en una pantalla, diciendo “hola, soy tu padre” con retraso de señal.
Aiko giró lentamente su asiento de mando. El rostro de la capitana era un mapa de calma trazado a la fuerza.
—Marcus, esta misión nos eligió por una razón. Tú diseñaste el núcleo de contención cuántica. Sin ti, esta nave no podría ni acercarse al borde de la anomalía. Tu hijo sabrá eso. Y Grace lo sabe ahora. Confía en eso.
—¿Confiar? —Marcus guardó la foto y se levantó—. La confianza no me va a devolver el primer llanto. No me va a dar la primera noche sin dormir. Confianza es lo que tenía cuando firmé, pensando que un mes era suficiente margen. Pero llevamos sesenta y dos días. Y contando.
El silencio volvió a instalarse, más denso. Inés pensó en sus abuelos, en sus dos hermanos pequeños, en cómo cada mañana les escribía mensajes pregrabados por si acaso. Aiko pensó en sus padres y en su hermana, que aún creía que ser capitana era un juego de luces y medallas. Y Alexei pensó en la última videollamada con su mujer, cuando Anastasia dijo “papá” por primera vez. Aquella sílaba todavía le quemaba en el esternón.
Fue entonces cuando la alarma rompió el universo.
No fue un pitido progresivo, no fue un aviso amarillo. Fue un aullido rojo que ocupó cada rincón del Prometeo-35, como si la nave entera gritara con una sola garganta. Las pantallas se tiñeron de datos erráticos. La consola de Alexei vibró bajo sus manos.
—Capitana, fluctuación gravitacional no catalogada. Está… Dios, está justo delante de nosotros.
—No había nada en los sensores hace un segundo —Aiko ya estaba tecleando—. Activa escudos de contención.
—¡No hay tiempo! —La voz de Alexei se rompió en un alarido técnico—. ¡La firma es un colapso, no una anomalía! ¡Es un agujero…!
El resto no fue una palabra. Fue un desgarro.
En las bases aeroespaciales de Aethel y de la Tierra, los técnicos vieron la misma lectura durante una milésima de segundo: un pico de energía oscura, un pliegue en el tejido del espacio, y luego nada. La señal del Prometeo-35 se apagó como una vela bajo el agua. Los satélites de la AIC registraron una firma compatible con un agujero de gusano inestable, pero nadie quería pronunciar la palabra. “Desaparecidos”, dijeron los protocolos. “Investigación en curso”, añadieron los comunicados.
Durante veinticuatro horas, la agencia interespacial intentó todo: canales cuánticos, repetidores de emergencia, barridos de radio de banda ancha. Los altavoces de la sala de control de la Flotilla en la Tierra repetían un saludo pregrabado: “Prometeo-35, aquí Concordia Central. Respondan.” Y luego silencio. El mismo silencio del vacío, pero más cruel, porque al otro lado de ese silencio había cuatro nombres que no se podían tachar con un informe.
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Editado: 19.08.2026