Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 3: La distancia de una puerta

El hangar 7 de la base de Aethel olía a metal quemado, a ozono recalentado y a ese silencio denso que sucede a las catástrofes evitadas por un milímetro. Cuando la rampa del Prometeo-35 terminó de descender, los equipos médicos ya estaban en posición, camillas flotantes zumbando en el aire estéril, batas blancas manchadas de antiséptico y ojos que no podían creer lo que veían.

Aiko Tanaka fue la primera en salir. Caminaba erguida porque una capitana no se derrumba delante de su tripulación, pero cada paso le costaba una punzada en las costillas y la mandíbula le temblaba por el esfuerzo de no gritar. Detrás, Alexei Volkov sostenía a Marcus Chen como quien carga a un hermano herido en el campo de batalla. Marcus apenas podía mantenerse en pie; sus piernas flaqueaban, su rostro tenía el color de la ceniza y sus manos, envueltas en vendajes improvisados, gateaban un líquido claro que ya no era sudor. Inés de la Vega cerraba la comitiva, apretando su maletín médico como un escudo y murmurando para sí misma una lista de constantes vitales que no debía olvidar.

—Camillas, ahora —ladró la jefa médica, una mujer mayor de manos firmes llamada doctora Okonkwo—. Aísleme ingeniero, tiene quemaduras de segundo grado y signos de colapso metabólico.

Marcus intentó protestar. Abrió la boca para decir que estaba bien, que solo necesitaba un poco de agua, pero las palabras se le atascaron en la garganta y lo único que salió fue un vómito seco que le dobló el cuerpo. Alexei lo sostuvo por los brazos mientras las enfermeras lo depositaban en una camilla.

—No tolera nada por vía oral —explicó Inés, con la voz ronca por la fatiga—. Llevamos así desde hace tres semanas. Cada vez que intenta comer o beber, lo devuelve. Hemos probado con papillas, con suero, con estimulantes gástricos. Nada funciona.

—¿Y cómo ha sobrevivido? —preguntó Okonkwo mientras conectaba sensores al pecho hundido de Marcus.

—A base de intravenosas que se nos acabaron hace cuatro días. Ha estado bebiendo su propia reserva desde entonces.

La doctora no respondió de inmediato. Miró a Marcus, que ahora temblaba en la camilla con los ojos entrecerrados, y luego a Inés, que también necesitaba atención, pero se negaba a aceptarla mientras su tripulación estuviera peor.

—Usted también se sienta, especialista De la Vega. O la siento yo.

Inés obedeció. Por fin.

El ala médica de la base se transformó en un hervidero controlado. Los cuatro tripulantes fueron distribuidos en habitaciones separadas, conectados a monitores que pitaban con ritmos distintos: el de Aiko, estable, pero con picos de dolor; el de Alexei, sorprendentemente robusto a pesar de una fisura en el antebrazo izquierdo; el de Inés, débil pero consciente; y el de Marcus, que era una sinfonía errática de alarmas.

La doctora Okonkwo personalmente se encargó del caso más delicado. Marcus Chen presentaba un cuadro que ella solo había visto en textos antiguos: síndrome de realimentación post-desnutrición severa, agravado por una intolerancia gástrica que los médicos de la nave no habían sabido explicar. Cada vez que el equipo intentaba darle agua o alimento sólido, su estómago se contraía como un puño y devolvía todo en arcadas que lo dejaban exhausto, temblando sobre el contenedor de basura, demasiado débil para levantar la cabeza.

—Pónganle suero intravenoso de amplio espectro —ordenó Okonkwo—. Electrolitos, glucosa, vitaminas. Y busquen un acceso venoso central; las venas periféricas están colapsadas.

—¿Y las quemaduras? —preguntó un enfermero joven.

—Limpien con solución salina, apliquen apósitos de hidrogel y véndenle las palmas sin apretar. Ha estado sosteniendo cables al rojo vivo, por lo que veo. Las cicatrices serán profundas, pero las manos se salvan.

Marcus, entre la neblina del agotamiento, apenas registraba lo que sucedía a su alrededor. Sentía las agujas entrando en su piel, el frío del suero recorriéndole el brazo, las manos ardiendo como si aún estuvieran en contacto con el núcleo de contención cuántica que él mismo había diseñado. Pero lo que más sentía era una ausencia: el rostro de Grace, que no había visto en una eternidad comprimida, y el de su hijo nonato, al que jamás había llegado a conocer.

—Grace... —murmuró, con los labios agrietados.

La doctora Okonkwo se inclinó sobre él.

—No hable ahora, ingeniero Chen. Guarde fuerzas. Su familia está de camino.

Marcus giró la cabeza hacia la puerta cerrada. Al otro lado, el pasillo estaba vacío. Pero en su mente, llena de niebla y hambre, ya podía verlos.

La sala de espera de la base de Aethel era un cubo acristalado con vistas a las torres de la ciudad tecnológica. Los familiares habían sido convocados con urgencia y trasladados en transportes militares desde todos los rincones de Concordia. Allí estaban los padres de Aiko, vestidos de luto ceremonial que ya no sabían si quitarse; la hermana de Aiko, ahora madre de dos niños que correteaban sin entender la gravedad del momento; Irina Volkov con Susan y Anastasia aferradas a sus manos como si temieran que su madre también desapareciera; Moisés y Camilo De la Vega, los hermanos de Inés, sentados en un banco con las espaldas rectas y la mirada perdida en un punto fijo; y Grace Smit-Duran, flanqueada por su esposo Antonio y su hijo Luke, que dibujaba cohetes en una tableta para no aburrirse.

El consejo de Concordia había enviado a tres representantes: un diplomático de Aethel, una jueza de Qeeren y un anciano de Meijin que hablaba con proverbios. Se colocaron frente a los familiares con la solemnidad de quien sabe que va a dar noticias incómodas.

—Entendemos su desesperación —comenzó la jueza de Qeeren, cuyo nombre era Selene Kwan y cuya voz sonaba a terciopelo sobre acero—. Han esperado diez años. Diez años de duelo, de incertidumbre, de velas encendidas y oraciones sin respuesta. Y ahora que ellos han regresado, lo natural es que quieran correr a abrazarlos.




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