Concordia: Donde el Tiempo Olvida

Capítulo 4: Lo que el silencio no pudo borrar

Los días en el ala médica de Aethel transcurrían con una lentitud que no pertenecía al tiempo de los relojes, sino al tiempo del alma. La base aeroespacial, tan eficiente con las naves y los protocolos, se volvía torpe con las heridas que no sangraban. Las contusiones óseas sanaban en cuestión de días gracias a la tecnología de regeneración acelerada que Aethel había perfeccionado. Las quemaduras de Marcus, que al principio parecían graves, comenzaban a cerrar bajo los vendajes de hidrogel. Los niveles de hidratación y electrolitos de todos mejoraban con cada bolsa de suero intravenoso. Pero lo que los médicos no podían medir con sensores ni corregir con fórmulas era ese otro deterioro, el que anidaba en los silencios de los cuatro tripulantes.

La doctora Okonkwo lo anotaba cada noche en su informe: «Evolución física favorable. Evolución psicológica: lenta, con episodios de negación y confusión temporal». Aiko Tanaka y Alexei Volkov eran, dentro de la gravedad, los que mejor respondían. Sabían que sus familias los esperaban intactas, que Irina no se había vuelto a casar, que Susan y Anastasia aún dormían con las cartas de su padre bajo la almohada, que los padres de Aiko encendían incienso cada aniversario, pero jamás habían dejado de creer. Ellos tenían algo a lo que aferrarse mientras asimilaban la década perdida.

Inés de la Vega había recibido el golpe más cruel: enterarse de que sus abuelos murieron pocas semanas después del funeral ceremonial. Camilo, su hermano, se lo dijo en una videollamada con lágrimas que no pudo contener. Inés escuchó en silencio, asintiendo lentamente, con los ojos fijos en un punto invisible. Luego pidió estar sola. Pero esa misma noche, Moisés, el menor, se coló en el ala médica con la ayuda de un enfermero compasivo y se quedó dormido en una silla junto a la cama de su hermana. Al despertar, Inés lo encontró allí y lloró por primera vez desde su regreso. "Estás enorme", le dijo, y en esas dos palabras cabían diez años de ausencia. Desde entonces, Inés mejoraba despacio, apoyada en sus hermanos vivos mientras hacía el duelo por los abuelos muertos.

Pero Marcus Chen era otra historia. Una que preocupaba a los psiquiatras de la base.

Físicamente, Marcus había dejado atrás la fase crítica. Las intravenosas cumplían su función y su estómago, aunque todavía rebelde, comenzaba a tolerar papillas insípidas que las enfermeras le daban con paciencia de madre. Las manos, sin embargo, seguían vendadas. Los dedos se movían con torpeza bajo las gasas, y los médicos pronosticaban cicatrices que no impedirían la movilidad, pero que le recordarían para siempre aquel sobrecalentamiento del núcleo cuántico, aquel infierno encapsulado en el que casi pierde las manos.

Pero donde los médicos encontraban progreso, el psiquiatra de la base, un hombre mayor llamado doctor Sorensen, encontraba muros. Marcus respondía a sus preguntas con frases cortas, funcionales, vacías de toda emoción.

—Marcus, ¿cómo te sientes hoy?

—Bien.

—¿Has dormido?

—Algo.

—¿Quieres hablar de lo que ocurrió en el agujero de gusano?

—No.

—¿Hay algo que te gustaría contarme? Cualquier cosa. Tu infancia, tu familia antes de la misión...

—No tengo familia.

—Todo el mundo tiene familia, Marcus.

—Yo no. —Y aquí Marcus giraba la cabeza hacia el ventanal y dejaba que la luz azulada de Aethel le borrara la expresión del rostro.

El doctor Sorensen anotó en su tableta: "Paciente Chen presenta resistencia activa a la exploración emocional. Evasión sistemática de temas personales anteriores a la misión. Posible trauma infantil no resuelto. Estrés postraumático con tendencia al autoaislamiento. Recomiendo observación continua y no forzar el vínculo terapéutico."

Pero lo que el psiquiatra no podía medir era lo que Marcus hacía cuando se quedaba solo. Cada noche, cuando las luces del pasillo se atenuaban para simular el ciclo circadiano de Concordia, Marcus se sentaba en el borde de la camilla y miraba la puerta. Sabía que, al otro lado, en algún lugar de ese edificio, estaban Grace y su hijo. Un hijo que tenía nueve años y al que no había visto nacer. Una esposa que ya no era su esposa, porque la ley y el tiempo la habían convertido en la señora Durán.

No la culpaba. Se culpaba a sí mismo. Por haberse ido. Por haber aceptado una misión de alto riesgo cuando Grace estaba embarazada de seis meses. Por haber pensado que un mes sería suficiente. Por no haber encontrado la manera de regresar antes.

—Lo he perdido todo —murmuró una noche, con las manos vendadas apoyadas en las rodillas—. Todo menos a Luke.

Y esa certeza, la de que aún le quedaba un hijo, era lo único que lo mantenía cuerdo. O lo más parecido a la cordura que podía alcanzar un hombre que había sobrevivido al vientre de un agujero de gusano.

El consejo de Concordia, en coordinación con el equipo médico, decidió que las visitas familiares comenzaran de manera gradual. Primero, los familiares más estables emocionalmente. Luego, aquellos que requirieran más contención. Y en el caso de Marcus, dada su fragilidad psicológica y su tendencia al autoaislamiento, se decidió que la primera visita fuera de Grace. Solo Grace. Sin Luke.

—El niño tiene nueve años —explicó el doctor Sorensen a Grace en una reunión previa—. Ver a su padre biológico en este estado, con las manos vendadas, emocionalmente inestable y sin haber procesado aún la década perdida, podría ser confuso para él. Y para Marcus, el impacto de conocer a un hijo que no sabía que había nacido podría desencadenar una crisis. Debemos ser cautos.

—¿Mi hijo no va a conocer a su padre? —preguntó Grace, con los brazos cruzados y el tono gélido.

—Va a conocerlo. Se lo prometo. Pero primero necesito evaluar cómo reacciona Marcus ante usted. Si es positivo, en unos días podremos traer a Luke.

Grace aceptó. No porque estuviera de acuerdo, sino porque entendía que la fragilidad de Marcus era real y que forzar las cosas podía romperlo del todo. Antonio, que la acompañaba en la sala de espera, le apretó la mano.




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