CAPÍTULO 1: LA SOMBRA DEL DECIMOTERCERO.
El frío de la noche le calaba hasta los huesos mientras la brisa chocaba contra sus mejillas, cortando su piel de manera fina. Aunque vestía con sus mejores ropas para el clima, simplemente no era suficiente y parecía que lentamente se adentraba más en ese infierno helado que esa gente llamaba hogar. Él no había nacido para vivir algo así, aunque la verdad era que nunca había entendido por qué había nacido en primer lugar.
Algunas veces se preguntaba si él era el reflejo del último anhelo de su madre.
El hombre a su lado le ganaba por al menos dos cabezas de alto; sin embargo, su cuerpo era exactamente el doble; sus manos estaban curtidas por el trabajo y sus ojos eran de un dorado frío como la tierra a la que lo habían desterrado. No sabía cuáles eran las órdenes que le habían dado directamente a aquel hombre, pero sabía que las llevaría a cabo. Pues obedecía fielmente a la Reina y él ya no era nada en la estructura… o quizás solo era lo que siempre había sido: el último de la cadena.
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En el archipiélago de Lochlann, el valor de un hombre se medía por la fuerza de su función y su lugar dentro de este mundo. Para el Rey, sus hijos no eran carne y hueso, sino herramientas de un engranaje perfectamente aceitado que mantenía a la nación a flote sobre las aguas turquesas del Gran Canal. Erik, el primogénito, era el martillo; debía ser quien heredara su puesto y llevara la corona tal y como la había cargado por tantos años. Ivar, el segundo, era el escudo familiar, líder de la fuerza militar; se aseguraba de la seguridad de su familia y sobre todo de su hermano mayor. Sigurd, el tercero, era la balanza de la justicia, la mano derecha de Erik, quien era su consejero personal para los problemas diplomáticos y quien se encargaba de la parte logística. Los otros nueve hermanos, organizados en una jerarquía impecable, eran los clavos y los remaches que sostenían la estructura del comercio textil y la agronomía que hacían de las islas el corazón económico del mundo conocido.
Cada uno con su propio deber, su propio lugar, parte de un perfecto engranaje que era calibrado por el mismo rey. Todo en armonía, cada uno de ellos sabiendo cuál era su rol en este mundo y cuál era su destino, cómo todos debían cumplir para que el Reino fuera lo que era.
No había espacio para la avaricia, la traición o la rebeldía; todo debía ser perfecto y, para ello, cada uno debía seguir el camino otorgado. El rey se encargaba personalmente de eso.
Y luego estaba Elian.
Elian era el decimotercer príncipe, una cifra que en las leyendas locales se asociaba con los restos de una cosecha o con el último suspiro de una vela. Su nacimiento había sido un "milagro de invierno", una concepción que la Reina Madre no esperaba y que su cuerpo, ya cansado de dar herederos al trono, apenas pudo sostener. Por ello, Elian creció envuelto en la seda de la sobreprotección materna, pero bajo la sombra gélida de una indiferencia paterna que dolía más que cualquier castigo físico.
—Eres el descanso de mi alma, Elian —le decía su madre, desgastada por la enfermedad y la ausencia de un sueño, acariciando su cabello mientras observaban desde el balcón real cómo los barcos cargueros entraban al puerto de Ciudad Esmeralda.
Pero Elian no quería ser el descanso de nadie.
Quería ser el movimiento.
Tampoco quería ser parte del engranaje perfecto de su padre, incluso si este hubiera intentado colocarlo, cosa que nunca sucedió.
Él quería ser el cambio, lo inesperado. Así como había sido su nacimiento, deseaba que su vida fuera algo que nadie esperara, pero sucediera y el mundo no pudiera detener por nada del mundo.
Desde niño, Elian aprendió a leer los mapas de las rutas comerciales antes que los libros de oraciones; aprendió y perfeccionó la etiqueta para las reuniones de sociedad de mano de su madre, donde la gente siempre le ignoraba por ser "el niño simpático", pero eso mismo había generado que pudiera acceder a información que nadie más tenía. Sabía que su reino, ubicado al sur, era rico, sí, pero su riqueza era de una forma burda y aburrida: estable, si es que se debía ocupar una sola palabra. Exportaban lana de primera calidad, granos dorados y herramientas de bronce que duraban generaciones. Sin embargo, esa estabilidad tenía un límite: dependían del exterior para lo que realmente movía el mundo. Dependían del Éter.
Y el Éter solo venía de un lugar: Aethelgard, el Reino de Escarcha.
—Si Aethelgard cierra sus puertos un solo mes, nuestras forjas se apagan —escuchó decir a Erik una noche, mientras espiaba una reunión del consejo tras las pesadas cortinas de terciopelo—. Ellos tienen el fuego de los volcanes bajo el hielo. Tienen las gemas de Éter que brillan en la oscuridad y calientan una casa entera sin necesidad de leña. Nosotros somos los sastres del mundo, pero ellos son sus guardianes.
Esa noche, la semilla de la envidia geopolítica germinó en Elian, porque, aunque ellos se podían ver como un reino próspero, la verdad era que no eran más que un simple bodeguero del verdadero dueño y era como si a nadie le importara.
Por años observó a sus tres hermanos mayores discutir sobre tratados y aranceles que su padre había levantado en su juventud y que, con la muerte de los reyes de Aethelgard, estos mismos caerían en las manos de su hija mayor, lo que significa nuevas negociaciones. Erik, con su armadura de plata pulida; Sigurd, con sus túnicas de seda pesada; e Ivar, con las manos curtidas por las armas. Se reían con ligereza, compartían vino de palma y se consultaban entre sí, bajo la atenta mirada de su padre, quien parecía orgulloso de sí mismo por los avances que estaban buscando.
Parecía que no entendía la posición política en la que estaban y cómo podrían buscar la mejor negociación o cómo presionar a la joven princesa mientras el dolor estuviera fresco para mejorar sus acuerdos. Al contrario, todos parecían estar de acuerdo con esperar hasta que ella estuviera lista, fuera coronada, siguiendo los protocolos.
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Editado: 23.10.2026