Conexión artificial

Capítulo IV

En la última semana Egle se había mantenido pacífica o más bien tan tibia como solía ser antes de Rion, quería evadir los conflictos y no causarle molestias a sus progenitores y ser tan invisible como ellos esperaban que fuera. Continuaba entrenando a su pelotón y solo tuvo que hacer acto de presencia en una manifestación en la que— aunque no ejerció violencia— continuó con su deber de someter hasta cierto punto a los manifestantes.

Se encontraba en el campo de tiro junto al cabo Balton, quien a decir verdad ya era mucho mejor disparando a la diana que antes. Por ello, Egle se sintió en la obligación de hacérselo saber, no todo era intimidación y frivolidad, sentía cierta simpatía y orgullo por Balton, como para solamente decirle nada más “buen trabajo”.

-Lo has hecho excelente, Balton— le dio unas toscas palmadas en el hombro derecho—. Te felicito, has mejorado mucho.

-Muchas gracias, sargento— la timidez en Balton era palpable—. Rion me ha ayudado mucho últimamente. Es bueno escuchando y dando consejos, así que me ayudó con la presión de las crecientes expectativas— Egle enarcó una ceja y Balton añadió apenado—. Claro que también me ayudó mucho usted, sargento Quinn.

-¿Rion te ayudó?— repitió consternada y el cabo a su cargo solamente asintió—. ¿Desde cuándo?

-Hace un par de días, creo que no encontraba qué hacer y comenzó a dar consejos a los soldados.

-Eso es todo, puedes retirarte— Balton se puso firme y saludó antes de irse a comer.

La sargento decidió caminar por el campo en busca de su— aparentemente— muy altruista IA a su cargo. Daba zancadas sonoras que dejaban quietos a los soldados que la veían pasar con la tranquilidad de un volcán a punto de hacer erupción. Su entrecejo fruncido y ojos ardientes como llamas infernales debido a la cólera contenida hacía un único y mecánico ser.

Por su parte, Rion estaba plácidamente perdido en la belleza de la poca vida silvestre que aún quedaba, pensaba en qué sería ser un ser completamente orgánico como ellos o como su recién vinculada Egle. Aquellos que tenían virtudes y defectos, pero sentimientos y un próposito propio, sabía bien qué era y su fin, pero, ¿jamás tendría otra opción? Mientras observaba la belleza de aquellas plantas y mapaches resilientes, sintió una presencia iracunda que hacía temblar el ambiente; y no era cualquier presencia era de su humana para ser precisos y parecía a punto de desatar una guerra en ese momento.

-Rion— se giró a ver a aquella bestia rabiosa con una tímida sonrisa—, a mí oficina, ¡ahora!— había vuelto a utilizar su voz de mando.

Decidió no hacer más preguntas y seguirla obedientemente hasta la oficina asignada a Egle. Una vez ahí, la sargento cerró la puerta buscando el mínimo de privacidad y se giró hacía Rion que permanecía tranquilo en una silla de oficina. Vio el esfuerzo de la humana por contener su ira y no gritarle cosas sin razonar siquiera.

-Rion… necesito pedirte un favor— expresó lo más calmada que pudo.

-Claro, dime— continuaba con aquella mirada apacible y sin temor alguno.

-Necesito que no vuelvas a intervenir con mis soldados— un pequeño atisbo de inquietud se reflejó en Rion, pero lo contuvo rápidamente—. Es innecesario.

-¿Por qué lo dices, Egle?— bajó la mirada unos segundos, antes de volver a verla. Analizaba su solicitud—. Creo que todos han tenido un excelente rendimiento desde entonces.

-Es cierto— admitió Egle y comenzó a caminar de un lado a otro con las manos cruzadas por la espalda—, pero si mis superiores se enteran de esto no lo verán con buenos ojos. Es únicamente mí deber entrenarlos y convertirlos en excelentes soldados, no el tuyo. Tú fin es asistir únicamente a tu usuario y por el momento soy yo; prefiero dejarte en casa si vas a continuar interfiriendo en mis deberes— otra vez los ojos de Rion fueron demasiado expresivos, hasta para una inteligencia de su calibre.

-Egle…— susurró apenas y se levantó de inmediato intentando acercarse a Egle.

-¡Alto!— lo detuvo con una seña—. Discutiremos esto en casa, por ahora quédate aquí y no interfieras más en mi labor, Rion— sin esperar respuesta alguna salió de la oficina dejando a, un muy consternado, Rion.

Se quedó completamente quieto durante varios segundos, como si esperará a que Egle regresará, pero no lo hizo. Cuando finalmente se movió para volverse a sentar y admirar sus artificiales manos con cierto dolor al pensar si es que acaso Egle cambiaría algo de él para que entonces pudiese aceptarlo. ¡Ahí estaba!— pensó—, todo el dilema era que quizás sus características físicas no eran lo que ella necesitaba y él podía cambiar a placer el cómo se veía; de cualquier modo su usuario podía modificarlo tanto como quisiera y quizás Egle desconocía éste hecho y por eso lo consideraba un estorbo, todo lo que debía hacer es cambiar para ella y sería “perfecto”.

Por otro lado, Egle se encontraba caminando hacía el comedor mientras se recriminaba llena de culpa por regañar sin tacto alguno a Rion pues sabía que era un chico sensible… ¿chico? ¡Dios comenzaba a tratarlo demasiado humano!— volvió a recriminarse—. No obstante, eso no debía justificar el trato era cierto que tenía bastante sensibilidad y la empática por naturaleza debería ser ella. Hizo una nota mental pata hablar un tanto más tranquila en su departamento y explicarle con mejores argumentos y tacto la verdadera problemática de dicha situación y así todo se arreglaría.




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