Conexión

Capítulo 1: El Paraguas Turquesa

El segundero del reloj sobre la pizarra avanzaba con una lentitud enfermiza, como si el tiempo mismo se burlara de mí. Afuera, la lluvia llevaba semanas castigando la ciudad, pero para mí, ese clima lúgubre era el telón de fondo perfecto. Solo faltaban cinco minutos para la campana. Cinco minutos para ver a Blanca.

Cuando el timbre finalmente cortó el silencio húmedo del salón, fui el primero en salir.

La encontré en el patio, sentada en el borde de la fuente. El cielo plomizo amenazaba con soltar otra tormenta, pero ella parecía ajena a todo, envuelta en su propio mundo. Era una imagen que pedía a gritos ser enmarcada.

—¡Llegas tarde, Emanuel! —me recibió, agitando su almuerzo como si fuera un trofeo. El aroma inconfundible de su comida me golpeó de inmediato, despertando mi estómago.

—Me distraje —mentí, acercándome al recipiente—. ¿Me das un poco?

Antes de que mis dedos rozaran el plástico, sus dientes se clavaron en mi mano. Un mordisco rápido, territorial, pero sin verdadera fuerza.

—¡Aleja tus manos de mi comida! —advirtió, aunque sus ojos reían. —¡Auch! Ni que tuviera tanta hambre. —Mentiroso. Además, guárdate el apetito. Mañana comeremos más de esto. ¿O ya olvidaste qué día es?

Tragué saliva. Llevaba semanas contando los días, las horas y los malditos minutos. —Mmm... no me suena. ¿Me refrescas la memoria? Blanca rodó los ojos, esbozando esa sonrisa que marcaba sus pómulos. —Quince años de soportarte, Emanuel. Nuestro aniversario de amigos.

De amigos. Esa palabra siempre se sentía como un muro, pero mañana tenía planeado derribarlo.

Las horas restantes del día se evaporaron. A la salida, Blanca ya me esperaba en la puerta principal. Un paraguas turquesa —su color favorito— descansaba en su mano, un punto de color vibrante y saturado contra el asfalto gris y los charcos interminables.

Nos abrimos paso bajo la lluvia. El roce de nuestros hombros bajo el espacio limitado del paraguas me mantenía en tensión, así que aceleré el paso, fingiendo que solo quería evitar que sus zapatos se arruinaran.

—Has estado muy callado —dijo de pronto, deteniéndose apenas un segundo—. ¿Pasa algo? —Nada. Todo perfecto. —Más te vale, tonto. Solo estaba pensando en el regalo que te daré mañana.

La sangre se me subió a la cabeza. —¿Ah, sí? Pues no esperes ser la única con sorpresas. Blanca me dio un golpe suave en el hombro. Le devolví el gesto revolviéndole el cabello húmedo. Entre risas y empujones disimulados, llegamos a su pórtico.

—Gracias por traerla sana y salva, Emanuel —saludó Lourdes, la madre de Blanca, asomándose por la puerta entreabierta. —No es nada, señora. Nos vemos.

Regresé a casa con el pulso acelerado. Saludé a mis padres en automático, me quité los zapatos mojados y me encerré en mi habitación. Me tiré al suelo y saqué la caja escondida bajo mi cama.

Ahí estaba el trabajo de meses: una carta donde finalmente ponía mis cartas sobre la mesa, un retrato a lápiz de nuestro viaje a la playa a los trece años, y una flor turquesa, casi imposible de conseguir, descansando sobre una nota diminuta: «¿Quieres ser mi novia?».

Mañana todo iba a cambiar. Guardé el regalo en mi mochila, puse algo de música para ahogar el sonido de la lluvia contra la ventana y dejé que el cansancio me venciera.

El sueño llegó rápido. Era perfecto. El patio de la escuela, el sonido del agua de la fuente. Blanca leyendo la carta, sus ojos abriéndose con sorpresa antes de regalarme la sonrisa más cálida de mi vida. Se acercaba lentamente, cerrando los ojos. Hice lo mismo. La distancia entre nosotros desapareció...

—¡AUXILIO! ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE!

Abrí los ojos. El patio soleado desapareció, tragado por la oscuridad de un callejón estrecho y mal iluminado. Las sombras eran densas, opresivas.

Blanca corría hacia la poca luz de la calle, aterrorizada.

—¡POR FAVOR! ¡AYÚDEN...

Una mano enguantada surgió de las sombras, asfixiando sus palabras con un pañuelo. Un hombre sin rostro la arrastró brutalmente hacia la silueta de un auto oscuro. Todo era borroso, un cuadro movido y desenfocado.

—¡Vámonos de aquí, YA! —rugió una voz ronca desde el interior.

La puerta se azotó. El chirrido ensordecedor de los neumáticos quemando el asfalto me taladró los oídos, dejando solo el olor a goma quemada y un silencio mortal.



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En el texto hay: crimen, juvenil, ficcion

Editado: 21.05.2026

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