Me senté de golpe en la cama, con el eco de los neumáticos quemando asfalto aún vibrando en mis tímpanos. Tenía la camiseta pegada al cuerpo por el sudor frío. Quise convencerme de que era solo el estrés jugándome una mala pasada, una pesadilla nacida de los nervios que me carcomían el estómago.
La pantalla de mi celular se iluminó en la mesa de noche, cortando la oscuridad de la habitación.
«14 DE AGOSTO. 15 ANIVERSARIO».
El aire regresó a mis pulmones. Era hoy. Salté de la cama, me di una ducha rápida con agua casi helada para espabilarme y metí la caja con el obsequio en el fondo de mi mochila.
Las primeras horas de clase fueron una tortura de ruido blanco. Mi mente repasaba obsesivamente cada escenario posible: su sonrisa, su sorpresa, un "sí" titubeante, un abrazo. Cuando la campana del receso finalmente sonó, fui el primero en llegar a la fuente del patio.
Me aposté en nuestro rincón habitual, apretando las correas de mi mochila. Los minutos se desangraron uno a uno. El patio se llenó de un mar de uniformes, risas y empujones, pero faltaba el único rostro que estaba buscando.
Cuando el timbre anunció el final del receso, un nudo frío se instaló en mi garganta. ¿Se habría quedado atrapada en el salón? ¿Era parte de su propia sorpresa?
Al terminar las clases, corrí a la puerta principal. Nada. Le envié tres mensajes consecutivos. Un solo tic gris. Sin respuesta. La decepción y la preocupación comenzaron a pelear dentro de mi cabeza mientras caminaba solo de regreso a casa. No quería ser sofocante ni intenso, quizá solo se había sentido mal y no fue a la escuela.
Llegué a mi cuarto y me tiré en la cama, con el celular en la mano, esperando que la pantalla se iluminara con su nombre. El cansancio acumulado por las noches de insomnio planificando este día me golpeó de golpe. Mis párpados pesaban como plomo.
Entonces, la habitación desapareció.
Otra vez la oscuridad, pero esta vez el aire olía a humedad y concreto encierro. Era una escena de alto contraste, iluminada apenas por el parpadeo enfermo de una bombilla colgante.
En el centro de esa luz mortecina, había una silla.
—¿Qué significa esto? —quise gritar, pero mi voz no producía sonido.
Desde las sombras densas, fuera del alcance de la bombilla, surgió una voz rasposa, cargada de una burla sádica. —Despierta, princesa. Es hora de la segunda ronda.
Dos figuras imponentes, con los rostros cubiertos, avanzaron hacia el círculo de luz. Y entonces la vi. Blanca. Estaba atada a la silla.
—¡NO! ¡SUÉLTENME! —El grito de Blanca me desgarró las entrañas. Se retorcía, aterrorizada, mientras las figuras se abalanzaban sobre ella, bloqueando la poca luz que quedaba.
—¡Déjenla! ¡SUÉLTENLA!
Desperté gritando a mis cuatro paredes. Tenía las mejillas empapadas en lágrimas y el corazón latiendo tan fuerte que dolía. Agarré el teléfono con manos temblorosas y marqué su número.
«Buzón de voz».
Salí de mi casa corriendo, sin importarme que llevaba la ropa arrugada y el cabello revuelto. Mis pulmones ardían cuando llegué al pórtico de Blanca. Golpeé la puerta con los nudillos, desesperado.
Lourdes abrió, parpadeando confundida ante mi aspecto desquiciado. —¿Emanuel? ¿Qué pasa? —¡¿Dónde está Blanca?! —exigí, rezando por escuchar que estaba arriba, a salvo. Lourdes frunció el ceño, apretándose el suéter contra el pecho. —No ha venido desde ayer. Me dijo que pasaría la noche en casa de Ana.
El suelo pareció desaparecer bajo mis pies. —Llámele. Por favor. Ahora.
Mi tono debió asustarla, porque me hizo pasar de inmediato a la sala y tomó el teléfono fijo. Conozco esa casa de memoria, pero sentarme en ese sillón mientras Lourdes marcaba los números se sintió como estar en una sala de espera de urgencias.
—¿Ana? Hola, hija. ¿Me pasas a Blanca? —Lourdes hizo una pausa. Su postura se tensó—. ¿Cómo que no está contigo? Pero si me dijo que dormiría allá...
Desde el auricular, la voz metálica de Ana resonó lo suficiente para que yo la escuchara: —No, señora. Quedamos de vernos a las diez de la noche, pero nunca llegó. Creí que se había arrepentido.
Lourdes colgó el teléfono lentamente. Toda la sangre había abandonado su rostro. Volteó a verme con los mismos ojos cafés de su hija, ahora dilatados por el pánico. —Emanuel... ¿qué está pasando? —Tenemos que ir a la policía. Ya.
Veinte minutos después, estábamos bajo las luces blancas y estériles de la comisaría. El oficial frente a nosotros tecleaba con una lentitud exasperante.
—Mi hija está desaparecida —repitió Lourdes, con la voz quebrada. Tenía el cabello recogido hacia atrás, un gesto nervioso que Blanca heredó de ella. —Señora, calmémonos —dijo el policía sin mirarla, con una apatía burocrática que me hervía la sangre—. ¿Tienen algún indicio de dónde puede estar? ¿Se peleó con ustedes? ¿Tiene novio?
La presión en mi cabeza era insoportable. Las imágenes de la bombilla parpadeante, el olor a concreto, el grito ahogado de Blanca. La desesperación me hizo abrir la boca antes de pensar.
—¡La tienen secuestrada! —solté, golpeando el escritorio—. ¡Fueron dos hombres, la metieron a un callejón y ahora la tienen en un sótano!
El policía dejó de teclear. Lourdes me miró de golpe. —¿Cómo sabes eso, chico? —inquirió el oficial, entrecerrando los ojos—. ¿Tú estabas ahí? ¿Viste algo? —Yo... yo lo vi. Mientras dormía. Tuve un sueño, ¡pero sé que es real! Fue exactamente igual a lo que soñé antes de que desapareciera anoche.
El silencio que cayó sobre la oficina fue sepulcral. El policía me escrutó con una mezcla de lástima y sospecha, como si yo fuera un loco o, peor, el principal sospechoso tratando de desviar la atención.
Lourdes se levantó abruptamente, haciendo rechinar la silla. Estaba furiosa. —¡¿Es una broma?! —me gritó—. ¡¿Mi hija no aparece y tú vienes con visiones?! ¡¿Tú le hiciste algo, Emanuel?! ¡Dime la verdad! —¡Claro que no! ¡Se lo juro! ¡Sé cómo suena, pero no estamos haciendo nada perdiendo el tiempo aquí!
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Editado: 21.05.2026