Conexión

Capítulo 3: El Símbolo y el Disparo

Me quedé dormido sobre un colchón empapado en sudor y lágrimas, rezando por apagar mi cerebro. Pero el descanso fue solo un espejismo.

La habitación desapareció, reemplazada por un vacío denso y asfixiante. Estaba de pie en medio de la nada. Al intentar dar un paso, la planta de mi pie descalzo siseó al contacto con el suelo. Retrocedí de un salto, ahogando un grito.

Bajo la oscuridad, una luz roja comenzó a palpitar desde el asfalto. Era un símbolo grabado a fuego: una letra "M" mayúscula, gruesa y afilada, y debajo de ella, su reflejo exacto, como si estuviera posada sobre un espejo ensangrentado. El calor que emanaba de esa doble 'M' empezó a escalar por mis piernas. El aire alcanzó los cuarenta grados en segundos. Mis pulmones ardían con cada inhalación hasta que la fiebre de mi propia mente me hizo colapsar.

Desperté jadeando, con la garganta seca. El símbolo seguía quemando en mis retinas, pero no tenía idea de qué significaba. ¿Una marca? ¿Un tatuaje? ¿El logo de un lugar?

El día en la escuela fue un borrón. Me mantuve como un fantasma en mi pupitre, deslizando el dedo por conversaciones antiguas con Blanca en mi celular, leyendo sus mensajes llenos de sarcasmo y emojis que ahora parecían pertenecer a otra vida. Logré pasar desapercibido, pero el nudo en mi estómago no cedía.

Al salir, tomé la ruta de siempre. Pasar frente a la casa de Blanca era inevitable. Al mirar de reojo, noté la silueta de Lourdes detrás de la cortina de la sala. Su mirada estaba clavada en mí, fría y pesada. Sentir su rechazo me partió el alma; ella siempre había sido como una segunda madre para mí, y ahora me veía como al enemigo. Aceleré el paso, bajando la cabeza.

Cuando abrí la puerta de mi casa, el silencio me advirtió que algo andaba mal. La sala estaba a oscuras, iluminada solo por la luz pálida de la televisión en silencio. En el sillón, la silueta de mi padre me esperaba.

—Hola, pa... ya llegué —murmuré, con la intención de escabullirme hacia el pasillo. —Emanuel. Ven aquí.

El tono grave y monocorde de su voz me paralizó. Caminé hacia la sala con las piernas temblando. —Lourdes vino a buscarme esta mañana —dijo, sin apartar la vista de la pantalla—. Me dijo que su hija no aparece. Y me dijo que tú, en lugar de ayudar, te burlaste de ella inventando estupideces sobre sueños y secuestros. ¿Es verdad?

Tragué saliva. Mis cuerdas vocales se negaban a cooperar. —S-sí... pero no es... —¡Mírame cuando te hablo! —rugió, poniéndose de pie de un salto. Su sombra me cubrió por completo—. ¿Tienes idea de la vergüenza que me haces pasar?

El golpe de la hebilla del cinturón cortó el aire antes de que pudiera reaccionar. El cuero impactó contra mi brazo, dejando un rastro de fuego instantáneo en mi piel. Caí al suelo, ahogando un grito de dolor. Sabía que, si emitía un solo sonido, sería peor.

—Me das asco —escupió mi padre, mirándome desde arriba con absoluto desprecio—. Lárgate de mi vista, mentiroso.

Me arrastré hasta mi cuarto y cerré con seguro. El ardor en mi brazo no era nada comparado con la impotencia que me aplastaba el pecho. Blanca estaba en un infierno, y a mí el mundo entero me había dado la espalda.

El agotamiento me venció nuevamente, sumergiéndome en el fango de mis pesadillas.

—¡Suéltenme! ¡No me toquen! La voz de Blanca resonó en la oscuridad, rota y rasposa por tanto gritar. Trate de taparme los oídos en el sueño, cerrando los ojos con fuerza para no ver las sombras que se cernían sobre ella en aquel sótano miserable. Podía escuchar su llanto ahogado. Podía sentir su terror. —Eres nuestra, princesita. Hasta el final. —¡BASTA! —grité, despertando de golpe.

Era tarde. La luz pálida del atardecer se colaba por mi ventana. Me froté la cara con frustración. No podía seguir aquí, inútil, llorando en la oscuridad. Tenía que intentar algo.

Me escabullí de mi casa, aliviado de no cruzarme con mi padre, y caminé directamente a la comisaría. El oficial Daniel estaba llenando unos reportes en su escritorio, rodeado de tazas de café vacías y un aire de tedio absoluto.

—Oficial Daniel... —comencé, sintiéndome minúsculo bajo las luces fluorescentes de la estación. El policía levantó la vista, soltando un suspiro pesado al reconocerme. —Chico, ¿qué quieres ahora? —Solo quiero saber si... si han encontrado algo sobre Blanca Alva.

Daniel dejó el bolígrafo sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, bajando la voz. Su mirada perdió la burla de la noche anterior, reemplazada por una advertencia gélida. —Escucha bien, y te lo digo por tu propio bien. Estamos buscando. Pero no tenemos nada. Y tú... tú eres nuestra única anomalía. Eres el único que jura que esto es un secuestro violento cuando no hay evidencia de nada. —Pero yo sé que... —No —me interrumpió tajante—. Olvídate de los sueños. Para el detective a cargo, eres el último que la vio y el que está contando historias sin sentido para desviar la atención. Eres un sospechoso. Así que, si de verdad te importa tu amiga, vete a tu casa, cállate y reza para que aparezca sana y salva. Porque si sigues interfiriendo, te voy a tener que encerrar.

Salí de la estación sintiendo que me asfixiaba. Tenía las manos atadas. Si intentaba ayudar, me culparían a mí.

La noche cayó pesada sobre mi habitación. Decidí rendirme. Si no podía hacer nada en el mundo real, quizá mis sueños me dieran la última pieza del rompecabezas. Cerré los ojos, dejándome caer en el abismo.

El sótano de nuevo. Alto contraste. Solo una bombilla iluminando el centro de la habitación.

Un hombre corpulento entró en el círculo de luz. Llevaba una bandeja con un vaso de agua y algo de comida. —Debes tener hambre —dijo, con voz rasposa—. No hagas ninguna estupidez, niña.

El hombre se arrodilló frente a la silla de Blanca y comenzó a aflojar el nudo de sus muñecas. Fue un error de cálculo fatal.

En el instante en que sus manos quedaron libres, Blanca se impulsó hacia adelante, estrellando su frente contra la nariz del secuestrador. El crujido resonó en la habitación. Antes de que el hombre pudiera recuperarse, ella agarró el vaso de vidrio y se lo reventó contra la cabeza.



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En el texto hay: crimen, juvenil, ficcion

Editado: 21.05.2026

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