Dicen que es posible estar muerto por dentro. Yo siempre creí que era una metáfora barata, hasta ese momento. Sentí cómo el mundo perdía toda su saturación. Los colores desaparecieron de mi habitación, dejándolo todo en una escala de grises fría y vacía. Mi corazón latía con una lentitud dolorosa, como si cada bombeo fuera un esfuerzo inútil que solo prolongaba la tortura.
—Encontraron su cuerpo en un callejón —la voz de Lourdes al otro lado de la línea era un susurro hueco—. Tengo que ir a reconocerla. No... no creo poder hacerlo sola, Emanuel. —Voy con usted —rogué, apretando la mandíbula para que el llanto no me ahogara—. Por favor. —Te veo afuera en cinco minutos. Perdóname por haber dudado de ti.
Colgué. Me puse lo primero que encontré en el suelo y salí a la calle. La lluvia caía pesada, lavando el pavimento. Cuando el auto de Lourdes se detuvo, subí en silencio. El trayecto fue un funeral anticipado. El único sonido era el golpeteo rítmico del agua contra el parabrisas. Éramos dos fantasmas compartiendo el mismo espacio, respirando por inercia.
Al llegar al Servicio Médico Forense, las luces fluorescentes del estacionamiento parpadeaban con un zumbido eléctrico. El oficial Daniel nos esperaba en las puertas de cristal, con el rostro endurecido y una carpeta bajo el brazo.
—Señora Lourdes. Lamento mucho hacerla pasar por esto —murmuró, antes de interponerse en mi camino—. El chico no puede pasar. Es protocolo. —Déjelo —lo cortó Lourdes. Su voz no tenía fuerza, pero sí una autoridad absoluta—. Es lo único que me queda de ella. Va a entrar conmigo.
Daniel dudó, pero terminó asintiendo y nos guio por pasillos de baldosas blancas que olían a cloro y metal. Al llegar a la sala, el frío del aire acondicionado me caló hasta los huesos. En el centro, sobre una plancha de acero, había un cuerpo cubierto por una sábana azul.
El forense miró a Daniel, quien asintió. Con un movimiento clínico, retiró la tela hasta la mitad del pecho.
Lourdes se derrumbó. Sus rodillas fallaron y un sollozo desgarrador, animal, escapó de su garganta al ver el rostro de su hija. Tenía un orificio de bala en la sien.
Mis lágrimas, sin embargo, se congelaron antes de caer. Mis ojos no estaban en su rostro, sino un poco más abajo, en la piel expuesta de su clavícula.
Ahí estaba. Marcada a fuego. Una quemadura brutal, con los bordes necrosados, que formaba una "M" mayúscula sobre su propio reflejo invertido. El símbolo de mis sueños. La yerra del sótano. Mi respiración se cortó de tajo.
Daniel cubrió el cuerpo rápidamente y nos obligó a salir al pasillo, cerrando la pesada puerta de metal a nuestras espaldas.
—Sé que es un momento terrible —comenzó el oficial, bajando la voz y mirándome directamente a mí—. Pero necesito que escuches bien, muchacho. ¿Viste la marca?
Asentí, incapaz de articular palabra. —Blanca no fue víctima de un robo ni de un secuestro exprés —continuó Daniel, con tono lúgubre—. Esa marca... llevamos viéndola desde hace veinte años. Pertenece a un asesino en serie al que nunca hemos podido atrapar. Marca a sus víctimas como si fueran ganado.
El suelo pareció inclinarse bajo mis pies. —¿Veinte años? —susurré—. ¿Ustedes sabían de esto y no hicieron nada? —¡Nadie sabía que era él hasta que encontramos el cuerpo! —se defendió Daniel, endureciendo el gesto—. Escucha, me equivoqué contigo. No sé cómo demonios sabías lo del secuestro, pero esos sueños tuyos... si viste algo más, si viste su rostro o el auto, tienes que decírmelo. Ahora sí podemos atraparlo.
La ira subió por mi garganta como ácido. —¿Atraparlo? —Di un paso hacia él, temblando de furia—. ¡Se lo dije! ¡Estuve en su maldita oficina rogándole que la buscaran y me trató como a un loco! —Muchacho, entiende que... —¡No me interesa su investigación! —grité, haciendo eco en los pasillos estériles—. ¡Tuvieron su oportunidad de salvarla y la dejaron morir!
Me di la vuelta y salí corriendo. Atravesé las puertas dobles y salí a la tormenta. Corrí por la Avenida México, dejando que la lluvia empapara mi ropa y ocultara mis lágrimas. El agua encharcada en los baches salpicaba mis zapatos, pero no me importó. Mis pulmones ardían, pero la impotencia que me envenenaba la sangre me obligaba a seguir hasta que mis piernas no dieron más.
Llegué a casa empapado y destruido. —¡Emanuel! ¿Hijo, qué pasó? —preguntó mi madre desde la cocina, alarmada al verme escurriendo agua y temblando. —Déjame en paz. Quiero estar solo.
Subí las escaleras de dos en dos, me encerré en mi cuarto y pasé el seguro. Me tiré sobre la cama y grité contra la almohada hasta que la garganta me supo a sangre. Era inútil. Le había fallado. Había perdido al amor de mi vida por ser un cobarde que no supo actuar a tiempo.
El llanto me vació por completo. En algún punto de la madrugada, el agotamiento físico apagó mi cerebro y me arrastró a la oscuridad.
El patio de la escuela. El sonido del agua de la fuente. Blanca leyendo la carta. Se acercaba lentamente, cerrando los ojos. La distancia entre nosotros desapareció...
—¡AUXILIO! ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE!
El patio soleado desapareció, tragado por la oscuridad del callejón estrecho. Blanca corría hacia la poca luz de la calle, aterrorizada.
—¡POR FAVOR! ¡AYÚDEN...
Una mano enguantada surgió de las sombras, asfixiando sus palabras. Un hombre sin rostro la arrastró hacia la silueta del auto oscuro.
—¡Vámonos de aquí, YA! —rugió la voz ronca. La puerta se azotó. El chirrido ensordecedor de los neumáticos quemando el asfalto.
Abrí los ojos de golpe, aspirando aire como si me estuviera ahogando.
Mi pecho subía y bajaba frenéticamente. Estaba en mi cama. La luz de la mañana se filtraba por la ventana. ¿Por qué había vuelto a soñar exactamente lo mismo? ¿Era mi mente torturándome, recordándome el momento exacto en que fui un inútil?
#4473 en Detective
#1135 en Novela policíaca
#21728 en Fantasía
#7711 en Personajes sobrenaturales
Editado: 21.05.2026